Vías Pirineos de dificultad media, [escalada PD, AD, D (IIº/IVº, máx. Vº)]. Vivencias de montaña. Rincones desconocidos o escasamente divulgados. Y alguna que otra reflexión

jueves, 28 de marzo de 2019

Pico Royo (Formigal); una empresa relajada.

vía normal al pico Royo; también practicable la canal de la derecha, menos empinada pero probable salida en mixto (Iº)

sin embargo, su punto débil apenas se adivina desde lejos.

A quienes rondan en Formigal por la zona de Izás, no les pasará desapercibida la aérea estampa del pico Royo, ubicado a la derecha del telesquí Lanuza. Su porte majestuoso, aislado y de aspecto bronco aventuran una incursión de cierto nivel ; sin embargo, por el norte tiene su punto débil, prácticamente sin dificultad y lo que aun es más notable, con mínima exposición. Terreno de juego, pues, para la iniciación o para una jornada relajada; muy corta por lo demás, pues ni siquiera se superan los 700 metros de desnivel desde el aparcamiento Anayet, abierto durante la temporada de esquí. Su ascensión puede complementarse con la del vecino Culibillas, cuya cima se puede alcanzar con las tablas en los pies; por cierto, tanto este último pico como el Arroyetas tienen caras norte de lo más interesantes y variadas, con opciones para todos los gustos y preparación. 

Culibillas desde el aparcamiento Anayet.

primeras luces sobre el Culibillas y Arroyetas.

Decía que apenas encontraremos dificultad. Ello, por supuesto, con permiso de las condiciones, que son las que siempre mandan en la montaña invernal. Pero es que, en este caso, la zona potencialmente conflictiva es tan exigua que no deja casi espacio para la inquietud... ¡son tan pocos metros! Ni siquiera, además, se empinan mucho, aunque no falte quien cita 50º; pudiera ser... quizás bajo algunas condiciones extraordinarias, porque normalmente apenas si se sobrepasan los 40º. Por lo demás, caso de renunciar al mismo camino para el descenso, existe una vaga canal paralela un poco más hacia el oeste; alternativa que aparenta menor inclinación aunque, tal vez, con algún sencillo paso mixto (Iº) a la hora de abandonar la cresta cimera para entrar en la canal.

parece una cumbre de aspecto monolítico. Pues no. La barrera frontal se elude por la derecha; también se podría llegar bajo el corredor final por las canales orientadas al NE, a la izquierda, pero ello no tendría otro sentido que un incremento artificial de la dificultad.
En rojo la vía normal; en verde la variante indicada como potencial descenso.

camino del collado abierto entre el Royo y el Culibillas. Hay que girar a la izquierda para situarnos bajo el corredor.

cresta plagada de agudos e interesantes gendarmes hasta el collado; al fondo, Culibillas.

Desde el aparcamiento Anayet, medio oculto por suaves laderas que enmarcan el vallejo de Lapazuso, el pico Royo casi no se deja ver. Conforme remontamos la vaguada, camino del collado que lo separa del Culibillas, se hace patente y adopta un aspecto fiero, enmascarado su punto débil por un notable escarpe frontal que ha de rodearse para situarnos sobre un plano ligeramente inclinado y colgado bajo la cima. La cumbre está ahora al alcance: en mi caso, poco más de diez minutos para superar el cono bajo el corredor y otro tanto para el mismo (o sea que, para el común de los mortales, menos de un cuarto de hora en total). Y es que el desnivel a vencer asciende a 70 u 80 metros, solo unos 30 para el poco definido corredor.


el corredor visto desde arriba, sobre la plataforma del plano inclinado desde donde arranca.

Culibillas y Arroyetas desde la cima. Entre ellos, asoma el Anayet.

Leserines, Aspe, Lienas de la Garganta y  Elbozo, Bisaurín...

Ezcarra, Collarada y Pala de Ip sobre la canal de Izás

la Partacua en todo su esplendor, desde Telera a Retona. En primer plano, las Peñas del Calcín.

No he prodigado mucho mi presencia por esta zona, pero aún perdura en mi memoria el idílico paraje del ibón de Lapazuso con el pico Royo al fondo, reflejado fielmente en sus aguas serenas. Creo recordar que mi última visita invernal lo fue para saborear mis esquís cortos (skiboard) en nieve polvo de verdad, muy profunda y a muchos, muchos grados bajo cero; ahora lo he hecho para comprobar la adaptación a la bota de unos nuevos crampones. Extraña estampa la mía, con un piolet recto clásico, otro auxiliar con martillo para lo que sea menester y cramponeando a la francesa, clavando todas puntas. Esto ya no se lleva, desde luego; ni tales herramientas, ni la técnica francesa, pero continúa siendo una eficiente combinación, ¡justo cuando se generaliza el abuso del doble piolet técnico y de las puntas frontales hasta para caminar por suaves laderas! Raro, raro, pues; menos mal que en esta ocasión, al menos dejé en casa los esquís cortitos... Pues resulta que para unas piernas fatigadas, tanto la técnica francesa como los esquís cortos suponen una bendición que permite prolongar la actividad montañera hasta edades avanzadas. De verdad.


Arriel, Balaitús, Palas...

atractivo corredor en la cara NE del Culibillas.

estribaciones NE del Culibillas. Su cima se esconde bastante más lejos.

cara norte del Culibillas. Esquiable, incluso.

El cordal entre el pico Royo y Arroyetas guarda muchas opciones. Próximas, variadas y dentro de un amplio rango de dificultad. Pequeñas perlas en un mar de conchas.


sábado, 2 de febrero de 2019

San Martín de la Bal d'Onsera, rincón con encanto.


la ermita de San Martín de la Bal d'Onsera

Sin duda, los antiguos eremitas sabían dónde encontrar un rincón escondido donde recogerse, a salvo del mundanal ruido; un paraje remoto, de difícil acceso, donde nada pudiese turbar su meditación. Desde luego, acercarse a la ermita de San Martín es como entrar en otra dimensión, insospechado remanso de paz donde la armonía con la naturaleza preside una existencia de sereno reposo; una naturaleza que, por lo demás, sabe bien cómo defenderse de intrusos indocumentados, pues tan solo brinda un artificioso punto de acceso “normal”.


en el entorno de San Julián de Banzo, punto de partida.

La Cobeta, pórtico del camino a la ermita.

No sabemos demasiado acerca del incierto origen, quizá visigótico, de este entrañable eremitorio, cuya fundación se atribuye a San Martín de Tours y del que la primera referencia data de 1075. Monasterio masculino en 1110, cenobio femenino desde mediados del siglo XII hasta 1572 y posteriormente al cuidado de un ermitaño, el lugar acuñó sólida fama de propiciar la fecundidad; así lo creyeron Pedro IV y otras gentes de la nobleza aragonesa en busca de descendencia, visitas llamativamente recompensadas con la prolongación de su linaje. Para los malpensantes, cabe añadir que en ese momento eran monjitas las regentes del cenobio y no un abad promiscuo.


así nos recibe el eremitorio, bajo un enorme desplome.

También se dice que San Úrbez pasó por aquí, en su curioso y ubicuo peregrinar por las tierras altoaragonesas. Pero lo que no deja duda es la presencia de los vándalos durante la pasada guerra civil; ¿acaso no estaba el eremitorio lo suficientemente apartado como para escapar de desmanes y expolio? Parece ser que el promotor del asalto encontró a su vez una muerte violenta no muy lejos del escenario de su hazaña. ¡Quien a hierro mata...! El edificio entonces asolado había sido remodelado en 1640, se benefició de alguna reforma posterior y aspira a ulteriores y deseables rehabilitaciones, que, de momento, se han reducido a poco más que la campana.


la recién restaurada campana.

estado actual exterior de las ruinas.

Más próximo a nuestros intereses mundanos y pireneístas, cabe también señalar la visita de Lucien Briet, el excelso trovador de Ordesa, Mascún y otras maravillas de nuestros queridos montes. Briet citó la existencia de muchos exvotos colgados en las paredes de la cueva y comentó, tanto la reverencia de los lugareños hacia la ermita como su fe en las propiedades curativas de las aguas del entorno, incluida la exigua cascada casi permanente que adorna este rincón privilegiado, a donde se celebra una romería el último domingo de mayo.


la pequeña edificación exterior esconde una gran bóveda de sorprendente tamaño.

Todos los datos consignados provienen de fuentes oscenses acreditadas, por lo que los doy por correctos aun sin contrastar demasiado.


justo delante de la ermita cae desde lo alto un hilillo de agua...

...cuyas salpicaduras heladas tiñen de blanco el entorno.

No existe otra vía de acceso que la utilizada por los romeros, incluida una mínima variante para eludir los escarpes del Paso dera Biñeta, a costa de remontar un desnivel superior y dar un pequeño rodeo. Esta variante, conocida como Senda de los burros, supone una más que interesante alternativa para el regreso, dado que aporta nuevas perspectivas. En cualquier caso, el camino parte de San Julián de Banzo y está bien señalizado; utiliza enseguida el propio cauce seco del barranco, el cual se abandona en un paraje denominado Puerta del Cierzo. Muy pronto se hace sentir una cuesta pronunciada a través del frondoso encinar que puebla un vallejo paralelo al barranco, hasta las proximidades del collado de San Salvador; aquí es donde deberemos optar por el escabroso Paso dera Biñeta, equipado con una linea de vida y barandillas, o la Senda de los burros. En todo caso, sea cual sea la variante escogida, pronto llegaremos al collado, desde donde la vista resulta espectacular; a un lado, las peñas conocidas como Alpargatas de San Martín; enfrente, el flanco vertical que defiende la Peña de Lenases; abajo, hacia la derecha, se adivina el recodo de la ermita. Pero ahora toca bajar de nuevo al cauce del barranco, del que nos habíamos apartado en la Puerta del Cierzo. Solo unos minutos a través de una ladera empinada; pero aquellos viajeros proclives al vértigo y que optaron por la Senda delos burros, no lo pasarán nada bien en este obligatorio descenso, también equipado con cable. Una vez en el fondo y tras remontar el barranco durante escasos metros, nos sorprenderá el encuentro con las ruinas, en un espectacular “fin del mundo” sobre el que se descuelga un tenue hilo de agua.


el camino es ya original desde su comienzo.

entre las carrascas se asciende hacia el Paso dera Biñeta.

paredones que cierran el barranco bajo la Peña Lenases. Toca bajar al fondo...

...donde se esconde la singular ermita.

el collado de San Salvador desde la Senda de los Burros.

merece la pena regresar por la Senda de los Burros: se abren las perspectivas.


He afirmado que no existe otra vía de acceso a la ermita que la ya reseñada. Hay otra posibilidad, pero únicamente de salida: por más que en su día lo intenté en acenso, nunca llegué muy lejos. Por supuesto, me estoy refiriendo al magnífico barranco, uno de los más atractivos de Guara (aunque, más propiamente, habría que hablar aquí de la Sierra de la Gabardiella). Sin embargo, es de advertir que en la actualidad está prohibido el descenso, así como el del interesante barranco de Lenases, afluente por la margen derecha. Curiosamente, no es visible ningún cartel de advertencia en este sentido, pues el único existente, en el Collado de San Salvador, hace solo referencia a restricciones temporales en la escalada. Hace algunas décadas intenté remontar la rambla, por encima de la Puerta del Cierzo. Tras un pequeño resalte y dos también mínimos saltos, me detuvo una marmita de obligado baño. Exigua y poco profunda, como podría comprobar años más tarde. También lo intenté en pleno invierno, armado de crampones y piolet, convencido de que unas temperaturas extremas en la Olla de Huesca, habrían congelado el agua del barranco. Pues no. Sea por culpa de un caprichoso microclima, sea por la circulación acuática subterránea, el barranco de San Martín no se congela. Media vuelta, pues. Por fin una Semana Santa me encontré aguas abajo de la ermita, incluso pertrechado con maza y clavos además de la imprescindible cuerda, dispuesto a realizar el descenso deportivo de un barranco “posible todo el año” según cierta guía. Bien, ciertamente es posible, desde luego. Pero desaconsejable en invierno. De verdad. Rápel inicial de doce metros (el más largo); o salgo o me sacan. Enseguida otro, en el que intentó una diagonal sobre roca resbaladiza para apartarme de la caída de agua. Vano intento; pierdo pie y nada me libra del consabido remojón. Vaya; a pesar de que el día anterior ha llovido bastante, hay tan poca agua que solo me ha cubierto hasta los tobillos, amén de alguna que otra salpicadura bajo la cascadilla. Sucesión de toboganes y pequeños resaltes, magnífico descenso; para disfrutar... ¡menos mal que ha salido buen día!, aunque en el fondo del barranco, los rayos solares se extravían: el sol nunca bebe aquí. Obviamente, no me preocupa evitar pequeños charcos, ya con los pies empapados. Un nuevo y precioso rápel; los ojos aspiran a perderse en el idílico ambiente que me rodea, pero mejor salir de aquí antes de que el frío haga estragos. Por suerte, por encima de las rodillas estoy bastante seco. Vale; intuyo la proximidad de los últimos saltos, que ya conozco en ascenso y sé cómo resolverlos sin cuerda. ¿Y qué me encuentro justo antes? ¡Una badina infranqueable! Apenas cuatro o cinco metros, paredes resbaladizas, ningún emplazamiento a la vista para montar el rápel o meter uno de esos clavos que previsoramente llevo... Esto se puede resolver en oposición, reflexiono; los pies en una pared y las manos en la otra, hasta donde pueda llegar... pues no muy lejos, la verdad; quizá me faltó un poco más de fe. Baño. De inmediato, otra badina similar, La reconozco, es la última. Así que no me lo pienso, arrojo al agua la inservible cuerda y detrás voy yo. Nuevo chapuzón. Como unos segundos antes, el agua solamente me llega al pecho. Destrepo rápidamente el muro restante y... ¡a correr! Me esperan unos largos minutos de activo ejercicio y un vehículo en el que poner la calefacción al máximo. El barranco de San Martín de la Bal d'Onsera es un rincón con encanto. Con gélido encanto, a veces.

El decreto del Gobierno de Aragón 133/1996 cita textualmente: "No podrá realizarse la actividad del barranquismo en el barranco de San Martín en el tramo comprendido en los cien metros aguas abajo de la ermita de San Martín de la Val de Onsera" Parece, pues, que el tramo prohibido se limitaría a esos cien metros. Por otra parte, en un decreto posterior, 204/2014 de 2 de diciembre, no está clara la restricción (el cauce del barranco es justo el límite de la ZUL 3) que, en todo caso, sería únicamente efectiva entre los meses de diciembre y junio. Sin embargo, el borroso mapa que acompaña al decreto parece incluir la cabecera del barranco dentro de la zona "de tranquilidad" y, por tanto, de prohibición absoluta. Un nuevo decreto, del 8 de febrero de 2016, hace únicamente referencia a la escalada; en el mapa, la zona de "tranquilidad" (y prohibición de toda actividad) parece dejar fuera al barranco de San Martín en su totalidad.

el sol nada sabe de esta rambla sombría.

nunca falta agua bajo los cantos rodados del angosto cauce.

desembocadura del barranco de Lenases.

martes, 25 de septiembre de 2018

Infierno, arista oriental (Arnales)

la cresta oriental del Infierno; de izquierda a derecha, cima oriental, brecha, Aguja de Arnales y collado de Arnales.

El asalto al pico del Infierno por la cresta que proviene del collado de Arnales supone una opción rápida e interesante, cuyo único obstáculo reseñable estriba en el cruce de la angosta brechita ubicada de tal forma que divide la cresta en dos mitades bien diferenciadas. El primer sector, entre el collado y ese presunto tres mil fantasma ya conocido como Aguja de Arnales, es una arista sumamente estrecha que se cabalga justo por el filo, lo que puede entrañar algún problema en caso de fuerte vendaval; el acceso desde el collado implica unos metros de mínima dificultad (III-), eludibles entrando directamente un poco más allá. Pero, ¿por qué molestarse?; es una agradable trepada sobre roca fiable. Enseguida nos espera un inmenso paseo de primer grado, cuando no simplemente andando; muy agradable y cómoda progresión, salvo que el viento se obstine en amenizar la jornada. En tal caso, nos sacudirá de lo lindo, pues no parece que existan muchas opciones para resguardarse un poco por debajo del borde la cresta. Miau, miaau: tal vez sea preciso gatear algunos metros que, de otra forma, se recorrerían simplemente andando. 


primeras luces sobre las Argualas y Garmo Negro.

Tendenera: Ripera, Forato, Sabocos...

espolón sur de Garmo Negro; al fondo, Argualas.

Al otro lado de la brecha, la cresta es amplia, sin ningún obstáculo hasta la cima, a la que se llega casi sin darnos cuenta. En esta ocasión, por desgracia, no tuve oportunidad de divisar el espléndido panorama que brinda la cuenca de los lagos Azules, ni tampoco de contemplar el estado del glaciar, justo en la entrada del otoño. Pero si la niebla me escamoteó el panorama, al menos el viento no quiso complicarme la vida en lo que fue mi novena vía al pico del Infierno.


los sugerentes ibones de Pondiellos.

el tan olvidado como interesante pico de Pondiellos; tanto la cresta sur como la occidental son un regalo.

la imponente silueta de Garmo Negro se apodera del paisaje. Y las nubes, del entorno.

Antes de entrar en detalle sobre los pormenores del paso de la brecha, queda por indicar que el descenso de la cima oriental del Infierno debe hacerse pasando por el colladito que forman las cimas central y oriental, y por la margen derecha del corredor sur, nunca por la izquierda, a pesar de que algunas trazas parecen sugerir tal posibilidad. Se trata de una insinuación taimada que esta fascinante montaña sugiere, quizá como desquite por nuestra victoria. 

inquietante salida del corredor norte...

...y un vistazo del mismo. ¿El glaciar? Pues casi no se dejó ver en todo el día

cima central del Infierno. Esa pareja fue la única señal humana en toda la excursión.

En fin, veamos lo que la brecha da de sí. Existen bastantes referencias en la Red, pero no se detalla la singularidad del paso, que casi siempre se solventa mediante rápel, por más que en muchos casos se haya buscado con insistencia la posibilidad de destreparlo. Apenas circulan fotografías suficientemente expresivas (que tampoco yo llegué a hacer), ni los vídeos aclaran cuál es la fórmula para superar la brecha. Sin embargo, efectivamente, la cuerda no es estrictamente necesaria; en todo caso, no quisiera que este texto suponga en modo alguno una invitación a la temeridad: ¡que no falte esa cuerda en la mochila! Por si acaso.


la famosa brecha. ¿Y eso de la derecha es un "tres mil"? Desde luego, tiene mucho de fantasma.

Desde la cumbre de la aguja, el descenso se inicia bordeando en plena cara sur el fino espolón que delimita la brecha (II); todo se complica un poco más tras atravesar al otro lado del espolón, introduciéndonos propiamente en el ámbito de la brecha. Es ahora cuando avistamos su fondo, antes oculto, y se constata que no será fácil acceder al umbral (III); para ello utilizaremos una cornisa descendente y escalonada, siempre con la ayuda de excelentes presas. El piso de la brecha está ocupado por un gran dado apaisado, anclado en medio del umbral y separado de las paredes por un estrecho pasillo a cada lado. Pero la cornisa desaparece antes de que podamos descolgarnos sobre el dado y para ello solo existe una presa, útil aunque mal dispuesta. Será preciso confiarse a tal presa y separar el cuerpo lo suficiente de la pared para hacer pie en la extremidad del dado mediante una zancada decidida (en sentido inverso, tampoco existen demasiadas facilidades para alcanzar la cornisa). En el otro costado de la brecha, que aquí, en el fondo, no mide mucho más de un metro de ancho, el muro extraploma ligeramente, aunque queda muy cerca y lo que podía ser más complicado está por debajo de nuestros pies (no hay por qué bajar del dado), Así, no es ningún problema tantear el muro y advertir numerosas presas "buzón" sobre las que es muy fácil encaramarse un poco, lo suficiente para realizar una travesía horizontal a la izquierda de un par de metros, también gracias a buenas presas (III+), hasta alcanzar el pie de un diedro apenas marcado; seguidamente, debemos ascender por el diedro, que un poco más arriba se va tumbando (III y enseguida II) hasta salir al curioso tinglado de rápel instalado. Pocos metros y nunca difíciles, sí, pero también impresionantes cuando se atisba desde lo alto el posible descenso en cualquiera de los dos sentidos. No es en absoluto de extrañar el recelo que suscita este paso hasta el punto de que suele resolverse mediante rápel. Por cierto, en el flanco oriental ha desaparecido el tinglado que casi todas las referencias señalan; por lo demás, siempre es una garantía reemplazar el material existente por otro de confianza. 


la brecha en toda su omnipotencia; de cerca no se deja fotografiar bien.
En naranja el itinerario aproximado para superarla.

Globalmente, el paso está bien valorado en III+, pues el insignificante malabarismo en torno a la roca del umbral no justifica mayor graduación. Pero lo que falta en dificultad, sobra en espectacularidad; en sentido descenso partiendo de la cima del Infierno, la apariencia de la brecha todavía es más sobrecogedora y más intrincado adivinar el punto exacto para abordar un descenso que se realiza con garantías gracias a su accesible dificultad y donde es de gran ayuda saber de antemano que es factible. Por otra parte, no creo que exista en la vertiente norte alguna alternativa, aunque la niebla me impidió cualquier confirmación a este respecto. 


Pondiellos y Garmo Negro.

la cresta sureste del pico de Pondiellos, interesantísima escalada.
(https://rondapyrene.blogspot.com/2016/08/pondiellos-cresta-sur.html)

Como alternativa para el retorno al Balneario, puede optarse por el collado Sarette y la cuenca del ibón de Arnales. Añadiremos nuevas perspectivas al recorrido, si es que hemos venido por el collado de Pondiellos. Pero mejor no contar con un sendero, del que no encontraremos el menor rastro, ni tampoco apenas hitos orientadores; iluso de mí, pensaba que la proximidad del nuevo refugio de Bachimaña habría incrementado notablemente las visitas a esta zona, con el consabido rastro más o menos marcado. Pues nada de eso.


el ibón de Arnales.


sábado, 18 de agosto de 2018

Infierno, marmolera norte 2


en rojo, la presente vía; en verde la de 2017 y en azul la variante de la norte original.

Hasta ahora, todas mis ascensiones a las tres marmoleras del Infierno tuvieron en común una dificultad muy por debajo de lo previsto, algo hasta cierto punto decepcionante, pues el interés deportivo devino casi banal. Sin embargo, lo que realmente buscaba era una relación intensa con esa roca tan peculiar que muchos rechazan confundiéndola con el vulgar calcáreo gris. Y eso, claro, porque nunca entablaron con las marmoleras un diálogo tan entrañable y cordial como el mío, propio de un apasionado romance todavía vigente.


la marmolera suroeste sobre los ibones de Pondiellos.

la marmolera oeste vista desde la vía normal al Infierno.

Pero en esta ocasión todo ha cambiado. Se trataba de ascender una vía que llama desde muy lejos la atención, marcada por una singular veta de mineral oscuro que escinde la marmolera norte justo por la mitad. Un sendero vertical tan sugerente como irresistible, incluido en mis proyectos para el apacible veroño pasado que tan buenas oportunidades meteorológicas brindó, ninguna de la cuales pude aprovechar por diversas circunstancias.


Infierno cara norte; corredor y marmolera; morrena lateral de la Pequeña edad del Hielo.

De acuerdo con mis anteriores vivencias en las marmoleras, decidí atacar la vía sin material de aseguración. Vale, si algo sale mal, me escapo por la derecha hacia terreno conocido, ¿no? Son nada menos que casi tres kilitos menos en la espalda, argumento nada desdeñable, sobre todo si acostumbran a viajar dentro de la mochila, casi siempre sin utilizar. Como único instrumental de escalada llevé un cordino de 20 metros para resolver un corto y eventual rápel “a lo Dulfer” ¿Pero qué es eso del Dulfer? Pues un remedio antiguo, muy antiguo, que consiste en recibir la cuerda entre las ingles, para después dar la vuelta en torno del pecho y salir por encima de un hombro rodeando la espalda. Sin arnés, sin mosquetones, sin anillos… Funciona, y lo hace muy bien en distancias cortas. Doy fe. Es lo que tiene más de medio siglo subiendo y bajando montañas (muy importante hacerlo con todos los huesos íntegros y en su sitio habitual). Pero en esta ocasión tampoco necesité tal recurso, aunque fue reconfortante contar con él, ya que el exceso de confianza tuvo su protagonismo.


el ibón inferior de Bachimaña y refugio.

cola del embalse de Bachimaña Superior.

La montaña en general y las marmoleras del Infierno en particular no dejan de sorprenderme, lo cual es maravilloso, ¿verdad? Por fortuna el susto fue pequeño, pues en todo momento tuve la situación bajo control, si bien con notable tensión, pendiente de que la providencial línea de presas proporcionada por el filón de roca oscura pudiese llegar a interrumpirse. Ansiedad creciente según se iba desvaneciendo la posibilidad de abandono, pronto impensable a pesar de ese tranquilizador cordino de 20 metros.


Arnales e Infierno; Azul Inferior.

Arnales e Infierno desde el Azul Superior.

Azul Superior; picos de Bachimaña.

la marmolera norte, que el filón oscuro de la vía parte por la mitad.

La vía es increíblemente sostenida: un inmenso paso de IIIº, con marcada vocación de IIIº+ y con abundantes aunque breves incursiones en el IVº, alguna asimismo en su límite superior. No hay tampoco terracillas ni emplazamientos adecuados para una reunión cómoda; por lo demás y aunque a veces escasean, buscando un poco siempre aparece alguna presa sólida y fiable. El terreno es también propicio para la colocación de toda clase de fisureros (esos que no llevaba).


la cresta noreste del Infierno con su aguja Bicolor, de acuerdo con el bautizo de Jean Arlaud.
Otro proyecto dormido que tal vez... sin embargo, un  dato a tener en cuenta: Arlaud encontró aquí muchos problemas.

Quizá alguno de los pasos más serios sea eludible, pero no deberíamos contar mucho con esa posibilidad. ¿Y qué pasa cuando por fin la protectora veta de mineral sombrío, que primero forma una vaga canal estrecha para después mudar a protuberancia sobresaliente de la pared, se desvanece cerca de la cima? Pues que allí aparecen mínimas cristalizaciones, similares a esponjas fósiles, oportunidad para finalizar la ascensión sin ulteriores emociones. ¡Qué suerte!


la marmolera norte desde la cumbre; al fondo, el Balaitús.

Aventuraba, en una entrada anterior, el potencial problema de la zona superior de la marmolera, donde la mala disposición de los estratos y la ausencia de presas podía comprometer el final de la ascensión y propiciar graves enriscamientos. Tal inconveniente se ha confirmado plenamente en la presente vía, donde la roca clara ha constituido siempre una pésima opción, lisa, frágil y con presas escasas e invertidas, constante en todo el tercio superior de la pared.


final de la vía desde la cresta cimera.

El rifirrafe surgió ya desde el primer momento, pues la entrada a la vía estaba obstaculizada por irreverentes neveros helados; no obstante, normalmente no existirá inconveniente para alcanzar el pie de vía sin obstáculos reseñables. En todo caso, si los primeros metros son apacibles y relajados, pronto empieza la fiesta; la pared siempre aérea se orienta a la verticalidad, aunque no la alcanza nunca, y un pensamiento alarmante se adueña de la mente: ¿hasta cuándo perdurarán las presas en este filón de roca enlutada que escinde en dos la marmolera? La respuesta, en la cumbre. Entretanto, la canal azabache tiende a cerrarse, ocasión que aprovecho para probar suerte en el mármol de la izquierda. Mala idea; así que no tardo en retornar a la redentora veta.


la marmolera norte y sus vetas de mineral oscuro.

No echo en falta el material de escalada; la características de una ascensión en solitario limitan el aseguramiento a pasos aislados; de otro modo tras superar el largo es preciso bajar a recuperar todo lo instalado y después tornar a subir… ¡menudo desperdicio de tiempo y esfuerzo!, suponiendo que se disponga de ambas cosas y se puedan montar reuniones adecuadas y multidireccionales, algo nada fácil. No es mi caso, desde luego. Y en esta vía, tan sostenida, menos. Tampoco hubiera servido de mucho el cordino de 20 metros, pero fue reconfortante llevarlo. Al menos, por una vez me he alejado mucho de los casi diez kilos habituales sobre la espalda.


en esta imagen se aprecia perfectamente el recorrido de la vía.

Por lo demás, los pasos más complicados son de longitud exigua, apenas unos pocos movimientos de carácter técnico, forzando oposiciones y adherencia a la que la roca responde muy bien. Poco mármol, pues, pero una magnífica y segura ascensión que, globalmente, bien merece una calificación de Difícil inferior. Era esta mi séptima vía al pico del Infierno, que he completado con la octava durante el descenso por la vía normal, curiosamente todavía sin recorrer. Lo cierto es que este descenso hasta el ibón de Tebarray es muy enmarañado e incómodo, además de largo. También conflictivo en caso de mala visibilidad. La mejor opción es bajar por la corta cara sur y ganar el collado de Pondiellos, para regresar a Panticosa por las Argualas.


la cumbre.

ibón de Tebarray.

Garmo Negro e ibones de Pondiellos.

la cresta noreste... ¿quizá escenario de mi novena vía al pico del Infierno?