Vías Pirineos de dificultad media, [escalada PD, AD, D (IIº/IVº, máx. Vº)]. Vivencias de montaña. Rincones desconocidos o escasamente divulgados. Y alguna que otra reflexión

jueves, 21 de junio de 2018

El valle de Acumuer. Retona, Puerto Rico, Pabellón

primeras luces en la pista de Zecutar.

La vertiente meridional de la Partacua es uno de los escasos parajes pirenaicos que todavía conserva cierta naturaleza virginal. Justo en la esquina más alejada del mundanal ruido, descansa apaciblemente el ibón de Bucuesa, acunado en una pradera y dispuesto a dar vida al naciente río Aurín, eje del valle de Acumuer. Será muy difícil encontrar una pepita del preciado metal bañada por sus aguas, si es que alguna vez las hubo, tal como pregona su nombre; todavía más improbable sera tropezar con un buscador de oro, ya todos desengañados, ni siquiera aquellos que anduvieron detrás del oro negro, aún no hace muchas décadas, y nos legaron esas esotéricas estructuras a la entrada del valle. Realmente, no abunda el rastro de presencia humana; quizá nos crucemos con alguno de sus escasos habitantes, pendiente de labores agrícolas o ganaderas y tal vez algún que otro excursionista despistado... es decir, que ni petroleros, ni fiebre del oro, ni siquiera indios.


el ibón de Bucuesa encerrado entre montañas; al fondo, Collarada.

el plano del ibón y circo de Canals desde la cima de Peña Retona.

El ibón de Bucuesa es un rincón perdido mágico y misterioso, un trozo de cielo azul varado entre acantilados verticales, apacible y a la vez bronco, poco accesible... lo he contemplado más veces desde arriba que desde la orilla. Vela su sueño la mole inmensa de Peña Retona (Pala de la Forca), la cota más elevada de la Partacua; un poco más al este, se alza la Punta de Puerto Rico y, enseguida, El Pabellón o Pico dera Pala. Ciertamente, un rosario de cumbres que exigen una larga marcha de aproximación desde Acumuer; sin embargo, tal paseo bien merece la pena, pues a cambio nos brinda la visita a un escenario donde se exhibe una riquísima muestra de la vida pirenaica original. La pista de acceso que parte de Acumuer está flanqueada por todos los pisos de vegetación; más arriba, pedreras y lapiaz aspiran a señorear las mismísimas cimas; de ahí vienen los nombres consagrados por la toponimia local: puerto pobre, puerto rico, que en modo alguno hace, pues, alusión al hermoso país allende el Atlántico. ¿Será que todo por aquí está más o menos relacionado con el vil metal? 


borda en la pista del Aurín.

prado de El Rincón.

La principal vía de penetración, la pista que avanza hacia el fondo del valle junto al río Aurín, tiene un más que interesante ramal que asciende por el vallejo tributario de Zecutar. No hay más, pues la osadía de atajar a través del bosque cualquier itinerario será duramente penalizada; tanto peor si, como suele ser el caso, los antiguos senderos han sido ya profusamente invadidos por la enmarañada vegetación; por fortuna, se trata de boj y matorral bajo en el que no abundan las especies espinosas, lo que no excluye la penosidad de un tránsito extremadamente arduo. 


El Huerto y Balcón de Pilatos (vertiente occidental) sobre el barranco del Cantal.

cuenca alta del barranco del Cantal.

el Paso de Canal Ancha; a la izquierda, ladera de Retona; a la derecha la de Puerto Rico.

Es factible, si bien a costa de una galopada maratoniana la realización de una travesía circular, que se iniciaría ascendiendo por el barranco de Zecutar hasta el Plan d'Igüés, en cuya cabecera se alza orgullosa Peña Gabacha, justo en la divisoria con el puerto de Biescas (Pilón de Acumuer); nos espera todavía una larga cuesta hasta el collado de Pacines, ya muy cerca de El Pabellón. Finalmente, habremos de recorrer la cresta que lo separa del Puerto Rico, y, todavía más allá, la conquista de Peña Retona, para descender más tarde por el barranco del Cantal hasta la pista paralela al río Aurín y cerrar así el bucle. Habremos trazado un círculo fascinante que tiene tanto de mágico como de misterioso, a punto de disolverse en la bruma... porque si no hay bruma, si acaso reinase un áspero sol de verano, el retorno a Acumuer podría resultar tan desolador como poco sugestivo.

 
atormentada cresta cimera de Peña Retona hacia el sur...
...y hacia el norte. Una meseta circunvalada por un muro vertical en todo su perímetro.

Cuando el objetivo es únicamente Peña Retona, es preciso seguir la pista del Aurín hasta su final, en los campos d'a Costera. Desde allí, ascenderemos unos metros al oeste por la ladera ahora desprovista de arbolado hasta encontrar un sendero ascendente en diagonal. Enseguida llegaremos a un hermoso prado cercado, El Rincón, desde donde se abren varias posibilidades; la más recomendable sigue próxima al vallado hasta internarse en la cuenca del barranco del Cantal; el bosque, fugazmente reaparecido se desvanece definitivamente según vamos ganando altura próximos a la vaguada. Nos espera un escarpe tumbado, donde puede ser cómodo usar las manos. Tras varios taludes y alternancias de franjas menos inclinadas pero colmadas de escombros, se entra en un tramo más cerrado y casi llano de la quebrada, coronado por el paso de la Canal Plana o Ancha, escarpado enlace con el Valle de Tena; por cierto, la salida de la canal por el norte no carece de cierta emoción; para su descenso suele montarse un rápel por la chimenea más próxima a la Punta de Puerto Rico, lo cual desmiente la presunta facilidad de este corredor. Pero, como hemos llegado por el sur, ni siquiera tendremos que asomarnos al provocativo despeñadero; simplemente, avanzaremos por la ladera de Peña Retona, primero hacia la izquierda, para superar un resalte horizontal, y después hacia la proa de aspecto inexpugnable que la altiva cumbre lanza hacia el norte. No hay tal, desde luego, pues justo en el bisel del muro vertical que rodea toda la alargada meseta cimera descubriremos una vaga y corta canal por la que se superan los últimos metros mediante una trepada elemental (Iº). Curiosa y enigmática cumbre, la más elevada del macizo. 


cresta desde El Pabellón; Tríptico y, al fondo, Telera

Desde el entorno del Paso de la Canal Ancha, es factible ascender sin ninguna dificultad hacia el este  hasta la Punta de Puerto Rico; un poco más allá, nos espera El Pabellón. Para el regreso, tal vez prefiramos descender hacia el Plan d'Igüés, para retornar por la pista de Zecutar y completar una travesía circular, perfectamente válida en cualquiera de ambos sentidos. El acceso al Plan d'Igüés por la pista de Zecutar es particularmente hermoso al amanecer, como también lo es la estampa pastoril que ofrece la pradera bajo los acantilados de Peña Gabacha. 


el Plan d'Igüés; al fondo vertiente oriental del Balcón de Pilatos.

Plan d'Igüés, Peña Gabacha al fondo, derecha.

la altiva silueta de Peña Gabacha; escalada (D) por cualquiera de sus vías, en roca muy descompuesta y peligrosa.

salida de la Canal de Pacines.

alguien dijo que la Partacua es como una ola a punto de romper sobre el valle de Tena.

desde El Pabellón hasta Telera... incluso la Corona del Mallo.

Peña Retona desde la cima de la Punta de Puerto Rico. Se advierte claramente el punto débil de la meseta cimera.

complicada salida de la Canal Ancha.

estribaciones de El Huerto sobre el Cantal.

¿Quién dijo que en este valle no había oro? Seguramente se trataría de alguien excesivamente preocupado por las cosas que se pueden comprar con dinero. Pero tales especímenes no abundan por la montaña. Demasiado esfuerzo sin recompensa material.


amanecer en el Aurín; al fondo Semola Baja y Semola Alta.

domingo, 8 de abril de 2018

Ibonciecho y la Cubetilla


el antaño rincón virginal, apenas hollado... ya no es tan solitario. Al fondo, los pasos de Puy Arcol

Nevada reciente, elevado riesgo de aludes, condiciones meteorológicas inestables... Hay días en los que resulta absolutamente temerario iniciar cualquier recorrido por la montaña y es preciso desistir de cualquier proyecto, por muy seguro que parezca. Se dan también otras muchas jornadas que, sin implicar un compromiso extremo, tampoco son propicias para encuentros serenos con la montaña. ¿Renunciamos? No necesariamente, pero en tal caso será preciso calcular muy bien y con prudencia el riesgo asumible. Se imponen, pues, recorridos que razonablemente no supongan un claro desafío a nuestra integridad. Por fortuna, no escasean las opciones; eso de contemplar nuestros propios huesos ferozmente desorganizados es un espectáculo nada recomendable...

 
embalse de La Sarra al amanecer. Bueno, aún faltaba un poco para que saliera el sol...

Me gustaría aludir al paraje del Ibonciecho como un rincón olvidado y paradisíaco, pero diríase que ya está bien implantado en la memoria del colectivo montañero; de hecho es fácil encontrar aquí reconfortante compañía. No, no suele pesar la soledad; pero incluso para los solitarios recalcitrantes, se trata de un rincón amable, que bien merece una visita invernal, la cual parte del embalse de La Sarra, en las proximidades de Sallent de Gállego.


el Formigal y Escarra desde la pista al Ibonciecho

macizo de las Ferraturas: desde el Peyralun a la Soba, pasando por Soques.

la inolvidable Foratata... ¿la echábamos de menos?

Peña Retona, Pararayos, Semola Alta, Bucuesa, Águila... Punta Escarra.

Dientes de Scie, Soba, Pequeño Arriel...

No todo van a ser ventajas, por supuesto, que esto, aunque no muy altas, no dejan de ser montañas de verdad; sin embargo, es fácil encontrar buena nieve durante mucho tiempo en los vallejos aledaños al Ibonciecho; además, será factible trazar itinerarios bastante seguros cuando el riesgo de aludes es elevado, si bien en este caso podría quedar vedado el asalto final a las cumbres. ¡Qué le vamos a hacer! También es probable que la pista quede cortada o sea intransitable en los últimos metros por debajo del chalet del Ibonciecho; todo se reducirá a padecer cierta incomodidad y descalzar los esquís en más de una ocasión... ¿fastidioso?; ¡tampoco es para tanto! ¿Algo más prosaico?; particularmente, me pesa el acceso viario; dado que es un destino idóneo para épocas de buena innivación, llegar a La Sarra puede ser complicado, en especial en las proximidades de la presa; tampoco será fácil encontrar... ¡aparcamiento!; pero no desesperemos: la alternativa pasa por acceder desde Sallent enlazando con la pista de ascenso muy cerca de la presa. Ya que se trata de un sencillo paseo, el rodeo, muy hermoso, es una solución plenamente válida, pues el pertinente retraso en el horario carece de trascendencia. Durante el descenso, la pista desde el chalet suele ser esquiable, salvo con nieve pesada; no es ninguna delicia, no obstante, suele resultar bastante cómoda.


las Ferraturas; a la derecha, chalet y repetidor

el repetidor, un poco más cerca...

...y el chalecito. El mural que preside la fachada es un homenaje a los trabajadores del complejo de La Sarra.
 Al menos, eso dice un texto rotulado en el muro; la firma del artista es tan abstracta como su obra.

En cualquier caso, el acceso hasta el chalet del Ibonciecho tiende a permanecer relativamente exento del riesgo de avalanchas; a partir de esta curiosa construcción se abren varias posibilidades. El pico de Musales es la opción más directa y cuando menos merece la pena asomarse al collado, paso clásico hacia Respomuso para eludir las peligrosas avalanchas en el camino de verano que bordea el río Aguas Limpias. Alguna que otra pala más inclinada alterna con zonas casi llanas para consumar un ascenso afable y un retorno delicioso. 


Puy Arcol. Al fondo, presidiendo, Garmo Negro y Algas.

en plena ruta hacia el Musales, al fondo.

Como alternativa, hacia el este, podemos acercarnos al pico de Sanchacollons o contemplar las perspectivas del valle de Pondielos desde los pasos del Puy Arcol. Ahí duermen serenas, las altivas cumbres de Tebarray, Infierno, Garmo Negro, Algas... Y, puesto que las perspectivas justifican de por sí el esfuerzo de la excursión, siempre nos quedarán hermosas imágenes para el recuerdo.


curioso artefacto en las proximidades del chalet

las Ferraturas, entre el Portalet y Arriel.

Foratata.

Si algo me han enseñado los años, es a liberarme del obsesivo camino hacia la cumbre, cuando el encanto de un apacible paseo sustituye a la satisfacción de la conquista. Claro está, todavía no he conseguido plenamente tal propósito, pero sigo en ello. Parece que la zona de la Cubetilla es una buena escuela y algo he debido aprender... porque hasta hoy no he pisado ninguna de sus emblemáticas cimas, sea Musales, Sanchacollons o Puy Arcol.


ya de regreso en La sarra...

...no faltan pretextos, bien a tono con la época, para un merecido descanso.


viernes, 5 de enero de 2018

Las marmoleras del Infierno.

marmolera suroeste, filón oscuro

¿Pero son de mármol o no son de mármol? Para los amantes de la montaña, cada pico, cada cumbre tiene una personalidad —¿o deberíamos decir “montañidad”?— que lo distingue del resto. Pues, sin duda, lo que caracteriza al pico del Infierno son sus famosas marmoleras, esas placas que semejan nieve vieja y que ni el calentamiento global ha sido capaz de fundir, cosa, por cierto, que nada tendría de extraño si de mármol se tratare.

He de advertir que no soy muy adicto al apetito tresmilero (vaya, otro vocablo nuevo), por lo que, en mi opinión, se trata de una sola cumbre con dos antecimas; por otra parte, su nombre más antiguo conocido sería el de Quijada de Pondiellos, a despecho de cómo pudieran denominarlo (si es que lo hacían) las tribus que habitaban estos valles en la prehistoria. Más recientemente, todo el mundo lo conoce como Pico del Infierno, nombre de incierto origen, muy a pesar de su pertinaz atribución al Conde Russell (sí, sí; yo también he caído en ese error); al parecer, Henry Russell se limitó a llevar a sus textos “un nombre anterior a 1866 de una broma montañesa que hizo fortuna; seguramente, trasladada por alguno de sus guías sallentinos o panticutos” (Alberto Martínez Embid, quien constató que la apelación ya existía antes de la visita del conde).

Bien; ahora toca introducir una aclaración que debe leerse despacico; ahí va:

“...los Picos de Infiernos se ubican en esa aureola de contacto, y en sus laderas se hace evidente la actuación de los procesos de metamorfismo, alternando las metapelitas esquistosas fuertemente plegadas y fracturadas con los mármoles calizos diapíricos eodevónicos que se inyectan en ellas como consecuencia de la acción termodinámica inducida por el batolito.” (Serrano, 1991).

¿Y bien?; tales placas, ¿son de mármol o no son de mármol? Después de leer y volver a leer el párrafo, las cosas, poco a poco, eso sí, van quedando tan claras como las propias marmoleras: la presión y el calor del batolito granítico dieron origen a las tan características placas de los picos del Infierno. O sea, que sí; ¡es mármol!, aunque lo duden quienes atraviesan (algunos con el estómago encogido) la aérea cresta entre la antecima occidental y la cumbre. Para muchos de ellos, lo que pisan en nada se diferencia del vulgar calcáreo común. Y es que la presencia de roca cristalizada solo se hace de verdad evidente en la mitad inferior de estas fascinantes placas (tal vez menos en la Occidental). Bueno, ¿y qué? Pues... que, además de cautivadora, la roca tiene una solidez y adherencia excepcionales, muy proclive a experiencias satisfactorias; por otra parte, la inclinación de las vertientes tan solo es moderada, lo que favorece la ausencia de dificultades notables. Y, por si aún fuera poco, el marco es realmente excepcional; todo un desafío para quien aspiré a profundizar un poco más en el conocimiento de las marmoleras. ¡Lástima que el glaciar...! Ahí sí, ahí sí que se ensaña el calentamiento global.

No voy ahora a abundar en detalles sobre algunas posibles líneas de ascensión a cada una de las tres marmoleras (Suroeste, Oeste y Norte) que circundan el pico del Infierno, cuya descripción pormenorizada de mi visita puede encontrarse en este mismo blog:

https://rondapyrene.blogspot.com.es/2015/06/infierno-marmolera-suroeste.html
https://rondapyrene.blogspot.com.es/2015/09/la-tercera-marmolera-infierno.html
https://rondapyrene.blogspot.com.es/2017/08/infierno-marmolera-norte.html


marmolera suroeste

marmolera oeste

marmolera norte

Sin embargo, sí quiero, fruto de mi idilio con las marmoleras, extenderme un poco acerca del carácter (eso es, la “montañidad”) de mis novias. De la primera, la Suroeste —¿quién puede olvidar el primer amor?—, destacaría el poderoso influjo de los filones oscuros que la atraviesan en diagonal; el más elevado conduce casi directo desde la base hasta la mismísima cima. Sea o no la más bella, fue un amor a primera vista y por eso le perdono que se dejara seducir con demasiada facilidad, con menos resistencia de la previsible. Todo mesura, proporción, franqueza, sin rudos obstáculos; ¡que la ansiedad no frustre el amable camino hacia la cumbre! Pero hay que tantearla con mucho respeto; si nos propasamos, tampoco perdonará la osadía. Cualquier error en estas empinadas laderas...

De la marmolera Oeste, ¡qué decir! Un tanto rarilla... inmensa; muy presente y muy oculta a la vez. La zona inferior es de veras peculiar, en extremo pulida; tanto que a pesar de ser casi plana se atraviesa con prudencia. Algunos hilillos de agua manan de fisuras imperceptibles, mientras que apenas ofrece resquicios para escarbar bajo su piel... y, de paso, anclar un fisurero. Su conquista obliga, si partimos de Sallent, a un vasto coqueteo a lo largo del cual casi no se dejará ver: solo desde muy cerca nos descubre íntegra su intimidad. Y también en este caso, lo único que vislumbran quienes se acercan al borde superior de la placa desde la vía normal al Infierno apenas se distingue del calcáreo. Claro que tampoco en la falda divisaremos muchos puntitos brillantes propios de la cristalización; lo suyo es una vocación de encimera para la cocina.

La marmolera norte, tan a la vista, desafía a senderistas y turistas con un aspecto bronco, fiero. ¡No hagáis caso! Ni siquiera está enfadada; solo lo hace para amedrentar y alejar a los imprudentes que, aun declarándose devotos, aspiran a desposarla sin dote. Pero... no debe de haber muchos de estos, ya que casi todos pasan de largo. ¿Qué se pierden?; pues la mayor acumulación de roca cristalizada del macizo; un mármol purísimo que llega casi hasta la mitad de la placa. Más arriba, también se disfraza de vulgar calcáreo, quizá para despistar, ¿o no? Lo cierto es que resulta una verdadera delicia transitar por el mármol que se alza justo encima del glaciar; más arriba todo se vuelve más vulgar... y no tan seguro.

Amores para compartir, sería insensato flirtear con las marmoleras sin más ni más. Hace falta un poco más que buenas intenciones para camelarlas; al menos, una sólida experiencia en estos lances. Sin embargo, a los afortunados que posean el arte y peculio necesario para afrontar la conquista de los Infiernos por las marmoleras les espera el paraíso.


miércoles, 6 de diciembre de 2017

Pico de Mediodía o Picón.

la agreste silueta del Picón desde Sopilata.

El muy genérico topónimo Guara da para mucho; incluye sin ningún empacho todo el inmenso territorio entre el Flumen y el Vero, con particular mención del entorno de los embalses de Belsué y Zienfuens. En el extremo occidental de estos parajes, se alza una proa imponente, imposible también de ignorar cuando se atraviesa el Monrepós, pues se trata de un pico muy característico, como también lo son sus dos famosos vecinos: las peñas de Men o San Miguel y la de Amán o Sen, que conforman el salto de Roldán, bien visible desde el somontano oscense. Sin embargo, y aunque su apariencia lo desmiente, el Picón no es la cumbre más alta de la zona; varias cotas de la Sierra de Gabardiella de la que forma parte lo superan en más de 150 metros; incluso el próximo Matapaños se alza más de 100 metros por encima, pero ninguno de estos lomos panzudos pude competir con su airosa silueta, tanto que exige alguna trepada, siquiera elemental, para conquistarlo. Sus flancos son verticales excepto por la vertiente sur, donde discurre la actual vía normal, y por la cara este, donde perduran un par de vetustas clavijas, testimonio del antiguo sendero hacia la cima, hoy también defendido por inextricable vegetación y arbustos espinosos... muy espinosos.

amanecer sobre el Salto de Roldán.

al final de la pista nace el sendero que se dirige directamente hacia As Alpargatas; izquierda, cresta de la Cobeta y a la derecha, Matapaños y barranco de San Martín de la Bal d'Onsera.

San Julian de Banzo es el punto de partida, tanto hacia el Pico del Mediodía como a la Peña de Amán y el barranco y ermita de San Martín de la Bal d'Onsera, fantástico enclave cuya visita es de todo punto recomendable. En la gran curva de la carretera entre los dos barrios de la población, Yuso (Bajo) y Suso (Alto), parte una pista que inmediatamente se divide en dos ramales, el primero hacia San Martín y el segundo hacia la Peña de Amán, que deberemos tomar; algunos metros más allá, la pista muere en un reducido aparcamiento, desde donde arranca un sendero que no tardará en cruzar el barranco de San Martín; todavía un poco más lejos, un poste indica dos direcciones posibles: a la izquierda, la Peña de Amán (1 h. 15'); a la derecha, el Picón (2 h.).


abrigo de ganado poco antes de atravesar el barranco de San Martín.

As Alpargatas.

divisoria de caminos; a la derecha, el Picón

El camino, estrecho pero bien marcado, discurre entre zarzas y matorral bajo, directo hacia As Alpargatas, singular flanco de conglomerado rojizo que muy pronto dejaremos a la derecha para cruzar el barranco de la Cobeta, entre las crestas homónimas y As Alpargatas. Continua el regular ascenso, ahora hacia el oeste, en dirección a Punta Sopilata, en cuyas inmediaciones tras un brusco giro hacia el nordeste, nos sumiremos en otro barranco, el Reguero del Águila, ya a la vista del Picón. Es factible empalmar desde aquí con el camino de la Peña de Amán, siempre y cuando el zarzal no lo impida.


la cresta de la Cobeta domina el barranco del mismo nombre.

barranco de la Cobeta.

y, por fin, el Pico del Mediodía; se deja conquistar por el centro y por la derecha.

El hasta ahora apacible sendero empieza a complicarse y exige un mínimo de atención para no perderlo; el piso, tapizado de escarcha y sombrío durante la mañana, puede estar muy resbaladizo. Se alcanza el fondo del barranco y se avanza por su margen derecha; la pendiente se acentúa trepando bajo la gran muralla del Picón. Por fortuna, el sol ha derretido el hielo matinal y únicamente hay que permanecer atentos a los mojones, suficientes mas nunca excesivos, que nos dirigen bajo la única debilidad de la muralla. Las trazas de paso nos encaminan hasta tomar contacto con la pared; justo allí se advierte una cadena que protege la travesía horizontal subsiguiente hacia la derecha, pero para alcanzar sus primeros eslabones es preciso superar un corto paso de IIIº-, apenas expuesto. Tampoco imponen demasiado los sucesivos metros amparados por la cadena, a cuyo término es preciso recorrer una cornisa descendente que nos conducirá bajo la amplia embocadura abierta en la pared y por la que se puede ya ganar la cima sin mayor obstáculo; el terreno, no obstante, es aéreo, especialmente durante el descenso, hasta que poco a poco se va dulcificando.


la Hoya de Huesca.

la cresta de la Cobeta, ahora desde arriba.

la Peña de Men y la de Sen; algo por debajo y a la derecha de esta, el Fraile.

tras la cima este del Picón, la Punta de Lenases y, más allá, Matapaños; al fondo del todo asoma Peña Guara.

La panorámica desde la cumbre es realmente espectacular en todas direcciones. Muy abajo queda el Salto del Roldán; sobre la Peña de San Miguel se advierten los restos medievales y, a la derecha, la pista a Belsué. Del otro lado queda Peña Lenases y, detrás, Matapaños; al sur, la Hoya de Huesca.


la Punta de Lenases; a la izquierda, la muralla oriental del Picón.

¿Pensamos en el regreso? Además de retornar por donde hemos venido, hay que tener en cuenta la posibilidad de visitar la Peña de Amán, a la que se accede después de una breve trepada auxiliada por tres o cuatro clavijas. Merece la pena, aun cuando no sea tan fascinante como su homóloga, al otro lado del Flumén. Claro que, bajar desde aquí, atravesar el río y ascender a la Peña de San Miguel, supone un rodeo excesivo, tanto peor si hemos de retornar de nuevo a San Julián de Banzo. Otra opción, de sumo interés, radica en recorrer el cresterío hasta Matapaños y visitar la ermita de San Martín. Por desgracia, tras el emocionante y peligroso descenso del Picón por su cara sureste, nos queda un confuso trayecto entre matorral orlado de espinos para ganar la cresta y sus puntas sucesivas; tampoco resulta nada cómodo el descenso del Matapaños, supuesto incluso que acertemos con el itinerario correcto, lo que no es demasiado probable. Una vez más, el matorral espinoso nos pondrá a prueba.


a la izquierda, el Picón; en el centro As Alpargatas; a la derecha, Matapaños y San Martín de la Bal d'Onsera.

En cualquier caso, la conquista del Picón o Pico del Mediodía es motivo suficiente para llenar una mañana de otoño. No nos defraudará.

el Salto de Roldán desde Chibluco; en medio, El Fraile.