Vías Pirineos de dificultad media, [escalada PD, AD, D (IIº/IVº, máx. Vº)]. Vivencias de montaña. Rincones desconocidos o escasamente divulgados. Y alguna que otra reflexión
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sábado, 2 de febrero de 2019

San Martín de la Bal d'Onsera, rincón con encanto.


la ermita de San Martín de la Bal d'Onsera

Sin duda, los antiguos eremitas sabían dónde encontrar un rincón escondido donde recogerse, a salvo del mundanal ruido; un paraje remoto, de difícil acceso, donde nada pudiese turbar su meditación. Desde luego, acercarse a la ermita de San Martín es como entrar en otra dimensión, insospechado remanso de paz donde la armonía con la naturaleza preside una existencia de sereno reposo; una naturaleza que, por lo demás, sabe bien cómo defenderse de intrusos indocumentados, pues tan solo brinda un artificioso punto de acceso “normal”.


en el entorno de San Julián de Banzo, punto de partida.

La Cobeta, pórtico del camino a la ermita.

No sabemos demasiado acerca del incierto origen, quizá visigótico, de este entrañable eremitorio, cuya fundación se atribuye a San Martín de Tours y del que la primera referencia data de 1075. Monasterio masculino en 1110, cenobio femenino desde mediados del siglo XII hasta 1572 y posteriormente al cuidado de un ermitaño, el lugar acuñó sólida fama de propiciar la fecundidad; así lo creyeron Pedro IV y otras gentes de la nobleza aragonesa en busca de descendencia, visitas llamativamente recompensadas con la prolongación de su linaje. Para los malpensantes, cabe añadir que en ese momento eran monjitas las regentes del cenobio y no un abad promiscuo.


así nos recibe el eremitorio, bajo un enorme desplome.

También se dice que San Úrbez pasó por aquí, en su curioso y ubicuo peregrinar por las tierras altoaragonesas. Pero lo que no deja duda es la presencia de los vándalos durante la pasada guerra civil; ¿acaso no estaba el eremitorio lo suficientemente apartado como para escapar de desmanes y expolio? Parece ser que el promotor del asalto encontró a su vez una muerte violenta no muy lejos del escenario de su hazaña. ¡Quien a hierro mata...! El edificio entonces asolado había sido remodelado en 1640, se benefició de alguna reforma posterior y aspira a ulteriores y deseables rehabilitaciones, que, de momento, se han reducido a poco más que la campana.


la recién restaurada campana.

estado actual exterior de las ruinas.

Más próximo a nuestros intereses mundanos y pireneístas, cabe también señalar la visita de Lucien Briet, el excelso trovador de Ordesa, Mascún y otras maravillas de nuestros queridos montes. Briet citó la existencia de muchos exvotos colgados en las paredes de la cueva y comentó, tanto la reverencia de los lugareños hacia la ermita como su fe en las propiedades curativas de las aguas del entorno, incluida la exigua cascada casi permanente que adorna este rincón privilegiado, a donde se celebra una romería el último domingo de mayo.


la pequeña edificación exterior esconde una gran bóveda de sorprendente tamaño.

Todos los datos consignados provienen de fuentes oscenses acreditadas, por lo que los doy por correctos aun sin contrastar demasiado.


justo delante de la ermita cae desde lo alto un hilillo de agua...

...cuyas salpicaduras heladas tiñen de blanco el entorno.

No existe otra vía de acceso que la utilizada por los romeros, incluida una mínima variante para eludir los escarpes del Paso dera Biñeta, a costa de remontar un desnivel superior y dar un pequeño rodeo. Esta variante, conocida como Senda de los burros, supone una más que interesante alternativa para el regreso, dado que aporta nuevas perspectivas. En cualquier caso, el camino parte de San Julián de Banzo y está bien señalizado; utiliza enseguida el propio cauce seco del barranco, el cual se abandona en un paraje denominado Puerta del Cierzo. Muy pronto se hace sentir una cuesta pronunciada a través del frondoso encinar que puebla un vallejo paralelo al barranco, hasta las proximidades del collado de San Salvador; aquí es donde deberemos optar por el escabroso Paso dera Biñeta, equipado con una linea de vida y barandillas, o la Senda de los burros. En todo caso, sea cual sea la variante escogida, pronto llegaremos al collado, desde donde la vista resulta espectacular; a un lado, las peñas conocidas como Alpargatas de San Martín; enfrente, el flanco vertical que defiende la Peña de Lenases; abajo, hacia la derecha, se adivina el recodo de la ermita. Pero ahora toca bajar de nuevo al cauce del barranco, del que nos habíamos apartado en la Puerta del Cierzo. Solo unos minutos a través de una ladera empinada; pero aquellos viajeros proclives al vértigo y que optaron por la Senda delos burros, no lo pasarán nada bien en este obligatorio descenso, también equipado con cable. Una vez en el fondo y tras remontar el barranco durante escasos metros, nos sorprenderá el encuentro con las ruinas, en un espectacular “fin del mundo” sobre el que se descuelga un tenue hilo de agua.


el camino es ya original desde su comienzo.

entre las carrascas se asciende hacia el Paso dera Biñeta.

paredones que cierran el barranco bajo la Peña Lenases. Toca bajar al fondo...

...donde se esconde la singular ermita.

el collado de San Salvador desde la Senda de los Burros.

merece la pena regresar por la Senda de los Burros: se abren las perspectivas.


He afirmado que no existe otra vía de acceso a la ermita que la ya reseñada. Hay otra posibilidad, pero únicamente de salida: por más que en su día lo intenté en acenso, nunca llegué muy lejos. Por supuesto, me estoy refiriendo al magnífico barranco, uno de los más atractivos de Guara (aunque, más propiamente, habría que hablar aquí de la Sierra de la Gabardiella). Sin embargo, es de advertir que en la actualidad está prohibido el descenso, así como el del interesante barranco de Lenases, afluente por la margen derecha. Curiosamente, no es visible ningún cartel de advertencia en este sentido, pues el único existente, en el Collado de San Salvador, hace solo referencia a restricciones temporales en la escalada. Hace algunas décadas intenté remontar la rambla, por encima de la Puerta del Cierzo. Tras un pequeño resalte y dos también mínimos saltos, me detuvo una marmita de obligado baño. Exigua y poco profunda, como podría comprobar años más tarde. También lo intenté en pleno invierno, armado de crampones y piolet, convencido de que unas temperaturas extremas en la Olla de Huesca, habrían congelado el agua del barranco. Pues no. Sea por culpa de un caprichoso microclima, sea por la circulación acuática subterránea, el barranco de San Martín no se congela. Media vuelta, pues. Por fin una Semana Santa me encontré aguas abajo de la ermita, incluso pertrechado con maza y clavos además de la imprescindible cuerda, dispuesto a realizar el descenso deportivo de un barranco “posible todo el año” según cierta guía. Bien, ciertamente es posible, desde luego. Pero desaconsejable en invierno. De verdad. Rápel inicial de doce metros (el más largo); o salgo o me sacan. Enseguida otro, en el que intentó una diagonal sobre roca resbaladiza para apartarme de la caída de agua. Vano intento; pierdo pie y nada me libra del consabido remojón. Vaya; a pesar de que el día anterior ha llovido bastante, hay tan poca agua que solo me ha cubierto hasta los tobillos, amén de alguna que otra salpicadura bajo la cascadilla. Sucesión de toboganes y pequeños resaltes, magnífico descenso; para disfrutar... ¡menos mal que ha salido buen día!, aunque en el fondo del barranco, los rayos solares se extravían: el sol nunca bebe aquí. Obviamente, no me preocupa evitar pequeños charcos, ya con los pies empapados. Un nuevo y precioso rápel; los ojos aspiran a perderse en el idílico ambiente que me rodea, pero mejor salir de aquí antes de que el frío haga estragos. Por suerte, por encima de las rodillas estoy bastante seco. Vale; intuyo la proximidad de los últimos saltos, que ya conozco en ascenso y sé cómo resolverlos sin cuerda. ¿Y qué me encuentro justo antes? ¡Una badina infranqueable! Apenas cuatro o cinco metros, paredes resbaladizas, ningún emplazamiento a la vista para montar el rápel o meter uno de esos clavos que previsoramente llevo... Esto se puede resolver en oposición, reflexiono; los pies en una pared y las manos en la otra, hasta donde pueda llegar... pues no muy lejos, la verdad; quizá me faltó un poco más de fe. Baño. De inmediato, otra badina similar, La reconozco, es la última. Así que no me lo pienso, arrojo al agua la inservible cuerda y detrás voy yo. Nuevo chapuzón. Como unos segundos antes, el agua solamente me llega al pecho. Destrepo rápidamente el muro restante y... ¡a correr! Me esperan unos largos minutos de activo ejercicio y un vehículo en el que poner la calefacción al máximo. El barranco de San Martín de la Bal d'Onsera es un rincón con encanto. Con gélido encanto, a veces.

El decreto del Gobierno de Aragón 133/1996 cita textualmente: "No podrá realizarse la actividad del barranquismo en el barranco de San Martín en el tramo comprendido en los cien metros aguas abajo de la ermita de San Martín de la Val de Onsera" Parece, pues, que el tramo prohibido se limitaría a esos cien metros. Por otra parte, en un decreto posterior, 204/2014 de 2 de diciembre, no está clara la restricción (el cauce del barranco es justo el límite de la ZUL 3) que, en todo caso, sería únicamente efectiva entre los meses de diciembre y junio. Sin embargo, el borroso mapa que acompaña al decreto parece incluir la cabecera del barranco dentro de la zona "de tranquilidad" y, por tanto, de prohibición absoluta. Un nuevo decreto, del 8 de febrero de 2016, hace únicamente referencia a la escalada; en el mapa, la zona de "tranquilidad" (y prohibición de toda actividad) parece dejar fuera al barranco de San Martín en su totalidad.

el sol nada sabe de esta rambla sombría.

nunca falta agua bajo los cantos rodados del angosto cauce.

desembocadura del barranco de Lenases.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Pico de Mediodía o Picón.

la agreste silueta del Picón desde Sopilata.

El muy genérico topónimo Guara da para mucho; incluye sin ningún empacho todo el inmenso territorio entre el Flumen y el Vero, con particular mención del entorno de los embalses de Belsué y Zienfuens. En el extremo occidental de estos parajes, se alza una proa imponente, imposible también de ignorar cuando se atraviesa el Monrepós, pues se trata de un pico muy característico, como también lo son sus dos famosos vecinos: las peñas de Men o San Miguel y la de Amán o Sen, que conforman el salto de Roldán, bien visible desde el somontano oscense. Sin embargo, y aunque su apariencia lo desmiente, el Picón no es la cumbre más alta de la zona; varias cotas de la Sierra de Gabardiella de la que forma parte lo superan en más de 150 metros; incluso el próximo Matapaños se alza más de 100 metros por encima, pero ninguno de estos lomos panzudos pude competir con su airosa silueta, tanto que exige alguna trepada, siquiera elemental, para conquistarlo. Sus flancos son verticales excepto por la vertiente sur, donde discurre la actual vía normal, y por la cara este, donde perduran un par de vetustas clavijas, testimonio del antiguo sendero hacia la cima, hoy también defendido por inextricable vegetación y arbustos espinosos... muy espinosos.

amanecer sobre el Salto de Roldán.

al final de la pista nace el sendero que se dirige directamente hacia As Alpargatas; izquierda, cresta de la Cobeta y a la derecha, Matapaños y barranco de San Martín de la Bal d'Onsera.

San Julian de Banzo es el punto de partida, tanto hacia el Pico del Mediodía como a la Peña de Amán y el barranco y ermita de San Martín de la Bal d'Onsera, fantástico enclave cuya visita es de todo punto recomendable. En la gran curva de la carretera entre los dos barrios de la población, Yuso (Bajo) y Suso (Alto), parte una pista que inmediatamente se divide en dos ramales, el primero hacia San Martín y el segundo hacia la Peña de Amán, que deberemos tomar; algunos metros más allá, la pista muere en un reducido aparcamiento, desde donde arranca un sendero que no tardará en cruzar el barranco de San Martín; todavía un poco más lejos, un poste indica dos direcciones posibles: a la izquierda, la Peña de Amán (1 h. 15'); a la derecha, el Picón (2 h.).


abrigo de ganado poco antes de atravesar el barranco de San Martín.

As Alpargatas.

divisoria de caminos; a la derecha, el Picón

El camino, estrecho pero bien marcado, discurre entre zarzas y matorral bajo, directo hacia As Alpargatas, singular flanco de conglomerado rojizo que muy pronto dejaremos a la derecha para cruzar el barranco de la Cobeta, entre las crestas homónimas y As Alpargatas. Continua el regular ascenso, ahora hacia el oeste, en dirección a Punta Sopilata, en cuyas inmediaciones tras un brusco giro hacia el nordeste, nos sumiremos en otro barranco, el Reguero del Águila, ya a la vista del Picón. Es factible empalmar desde aquí con el camino de la Peña de Amán, siempre y cuando el zarzal no lo impida.


la cresta de la Cobeta domina el barranco del mismo nombre.

barranco de la Cobeta.

y, por fin, el Pico del Mediodía; se deja conquistar por el centro y por la derecha.

El hasta ahora apacible sendero empieza a complicarse y exige un mínimo de atención para no perderlo; el piso, tapizado de escarcha y sombrío durante la mañana, puede estar muy resbaladizo. Se alcanza el fondo del barranco y se avanza por su margen derecha; la pendiente se acentúa trepando bajo la gran muralla del Picón. Por fortuna, el sol ha derretido el hielo matinal y únicamente hay que permanecer atentos a los mojones, suficientes mas nunca excesivos, que nos dirigen bajo la única debilidad de la muralla. Las trazas de paso nos encaminan hasta tomar contacto con la pared; justo allí se advierte una cadena que protege la travesía horizontal subsiguiente hacia la derecha, pero para alcanzar sus primeros eslabones es preciso superar un corto paso de IIIº-, apenas expuesto. Tampoco imponen demasiado los sucesivos metros amparados por la cadena, a cuyo término es preciso recorrer una cornisa descendente que nos conducirá bajo la amplia embocadura abierta en la pared y por la que se puede ya ganar la cima sin mayor obstáculo; el terreno, no obstante, es aéreo, especialmente durante el descenso, hasta que poco a poco se va dulcificando.


la Hoya de Huesca.

la cresta de la Cobeta, ahora desde arriba.

la Peña de Men y la de Sen; algo por debajo y a la derecha de esta, el Fraile.

tras la cima este del Picón, la Punta de Lenases y, más allá, Matapaños; al fondo del todo asoma Peña Guara.

La panorámica desde la cumbre es realmente espectacular en todas direcciones. Muy abajo queda el Salto del Roldán; sobre la Peña de San Miguel se advierten los restos medievales y, a la derecha, la pista a Belsué. Del otro lado queda Peña Lenases y, detrás, Matapaños; al sur, la Hoya de Huesca.


la Punta de Lenases; a la izquierda, la muralla oriental del Picón.

¿Pensamos en el regreso? Además de retornar por donde hemos venido, hay que tener en cuenta la posibilidad de visitar la Peña de Amán, a la que se accede después de una breve trepada auxiliada por tres o cuatro clavijas. Merece la pena, aun cuando no sea tan fascinante como su homóloga, al otro lado del Flumén. Claro que, bajar desde aquí, atravesar el río y ascender a la Peña de San Miguel, supone un rodeo excesivo, tanto peor si hemos de retornar de nuevo a San Julián de Banzo. Otra opción, de sumo interés, radica en recorrer el cresterío hasta Matapaños y visitar la ermita de San Martín. Por desgracia, tras el emocionante y peligroso descenso del Picón por su cara sureste, nos queda un confuso trayecto entre matorral orlado de espinos para ganar la cresta y sus puntas sucesivas; tampoco resulta nada cómodo el descenso del Matapaños, supuesto incluso que acertemos con el itinerario correcto, lo que no es demasiado probable. Una vez más, el matorral espinoso nos pondrá a prueba.


a la izquierda, el Picón; en el centro As Alpargatas; a la derecha, Matapaños y San Martín de la Bal d'Onsera.

En cualquier caso, la conquista del Picón o Pico del Mediodía es motivo suficiente para llenar una mañana de otoño. No nos defraudará.

el Salto de Roldán desde Chibluco; en medio, El Fraile.

domingo, 18 de diciembre de 2016

El bosque encantado de San Cosme.

recóndito y enigmático, el bosque encantado parece invitarnos a reconocer su entorno... nos engaña: no piensa dejarse.
el entorno de Vadiello está plagado de rincones mágicos... casi siempre de engorrosa exploración.

Vadiello es una de mis más entrañables querencias, un rincón que guarda celosamente sorpresas maravillosas, bien defendidas por vegetación inextricable y muros inexpugnables de pudinga. De hecho, tan solo la obstinada curiosidad de algunos iniciados ha conseguido abrir el acceso a parajes inexplorados y, a menudo, enmascarados por obstáculos infranqueables, pues el tiempo hizo pronto mella en la ya dudosa persistencia de los antiguas veredas trazadas por carboneros y las escasas vías de penetración que comunicaban valles y vallejos; algunos de estos senderos han sido felizmente recuperados y nos brindan la oportunidad de visitar enclaves que, de otra forma, se hubieran desvanecido en el olvido.

la Peña de San Cosme y el paso Nartesa, desde los añedaños de la Cruz Cubierta; el tramo rojo es el único punto delicado.

Una constante en los senderos de Guara es la exigencia de atención y prudencia, pues el precio de desatender tales recomendaciones puede ser una emboscada, sea vegetal o rocosa, de difícil evasión; otra característica muy habitual es la necesidad de superar cortos pasos de escalada, trepadas que, no obstante, pueden llegar a ponernos a prueba, en especial si aparecen como secuela de la falta de previsión. Con algo de todo ello toparemos en nuestra visita al bosque encantado de San Cosme. 

los primeros pasos tras abandonar la pista que desciende a San  Cosme y San Damián

Desde la presa del embalse de Vadiello, hemos de seguir la pista cerrada al tránsito rodado que termina por cruzarse con la que proviene del embalse de Calcón para acceder a la finca privada de San Cosme, al pie de la Peña homónima, cuya cumbre también hollaremos. Desde esta pista se disfruta una perspectiva excepcional sobre los paredones de la Peña, los cuales caen en absoluta verticalidad sobre uno de los enigmáticos recovecos del pantano; el muro está orlado con numerosas bandas horizontales, las clásicas panzas de conglomerado que, a veces, solo a veces, permiten vencer el escarpe imposible.
Pues sí; por ahí precisamente nos daremos un garbeo. Pero solo por la cornisa más alta y amplia, donde únicamente un par de metros obligan a usar las manos. Eso sí, el vacío también está ahí, bien presente y no admite concesiones.

el límite septentrional del bosque. Llegar hasta allí es más complicado de lo que cabe suponer.

En fin; tornemos a la pista. Hemos llegado al cruce con el ramal que proviene del Calcón y de Aguas; seguimos el trazado hacia la izquierda, en dirección a San Cosme. El camino, horizontal desde el cruce hasta el desvío hacia la Predicadera, inicia un suave descenso; pronto, en una curva, encontraremos a la derecha el sendero señalizado que lleva al Huevo de San Cosme, junto con un rótulo que advierte sobre las restricciones de escalada en la zona. Tras unas empinadas lazadas nos internaremos en un esotérico robledal que atravesaremos ahora en continuado descenso. El lugar, húmedo y sombrío, adquiere tintes mágicos, cualquiera que sea la época de la visita; no hay cielo ni roca, solo troncos tapizados de musgo y la densa fronda por bóveda. Tampoco observaremos muchos signos de vida; quizá resida en tal carencia de vitalidad el germen que proporciona al bosque su halo misterioso. Parece fácil explorar esta cárcel vegetal y husmear en busca del tesoro escondido, pero no podremos apartarnos muy lejos del sendero, apenas marcado; será entonces cuando percibamos que estamos atrapados en una jaula verde de la que solo hay una salida, justo aquella de la que nos hemos servido para entrar.

frente a la Peña de San Cosme y el Huevo, el mallo Quillán y Punta Negra.

El sendero, en constante descenso por la vaguada, finaliza bruscamente al pie del Huevo, del que solo habremos llegado a vislumbrar previamente una fugaz estampa. El lugar, conocido como “mirador del Huevo” es un punto y final; debemos, pues, retroceder por el mismo camino, hasta una bifurcación que fácilmente pasa inadvertida. Es el pasaporte hacia la Peña de San Cosme, pero también precisaremos visado: el paso Nartesa.

el paso Nartesa; el punto clave está junto a los arbolitos del fondo que, en parte, también ocultan el abismo.

¡Huy!, ¿un paso con nombre propio... qué sugiere? Complicaciones, claro. Y eso es lo que encontraremos. Sin embargo y a pesar del fatal presagio que suscita una vieja y deshilachada cuerda colocada como pasamanos, el trance apenas supone problema, concentrado en un par de metros que tan solo requieren una trepada elemental, incluso basta una zancada decidida. Después, una larga travesía en la que el abismo permanece suficientemente alejado, seguida de algunos escarceos sobre suaves y redondeadas lorzas de conglomerado, prácticamente sin dificultad, que nos conducen a la cima. El itinerario esta bien marcado con mojones, pero es fundamental no perderlos para el regreso: también ahora hay una sola puerta de entrada y salida. Por cierto, el desnivel entre la Peña y el pantano es de 300 metros; eso sí, bajo el paso Nartesa, algo menos: no llegará a los 200 de absoluta verticalidad...

los mallos de Liguerri, San Jorge y La Mitra desde nuestro privilegiado balcón.
el Borón y sus crestas.
Barranco del Diablo.
el Huevo de San Cosme, mítico monolito en décadas pasadas, fue vencido el 23 de abril de 1951.
el Huevo desde "el mirador"
las casas de San Cosme desde las proximidades del paso Nartesa.
Vadiello desde las cornisas superiores de la Peña de San Cosme.

Tras disfrutar de inmejorables vistas sobre el embalse y sobre el Huevo, retornaremos por el camino de ida hasta la pista, pero, en lugar de retroceder por ella, la seguiremos hasta la ermita de San Cosme y San Damián, actualmente sin opción de visita. El camino esta jalonado de eremitorios arruinados; también encontraremos un rincón muy especial: la Fuensanta, manantial de aguas fresquísimas, veneradas desde muy antiguo. Una vez en San Cosme, tomaremos el sendero señalizado que desciende hasta cruzar el barranco y asciende por la vertiente opuesta para culminar en la Cruz Cubierta, donde se empalma con el camino de ida hasta la presa de Vadiello. Este sendero entre la ermita y la Cruz Cubierta carece en parte del misterioso encanto propio del entorno del Huevo, pero rivaliza con él en gracia y belleza, sobre todo durante el otoño. Quizá la mayor diferencia estribe en que aquí es fácil topar con presencia humana, en tanto que en los alrededores del Huevo solo nos acompañará el vuelo plácido del buitre y, si hay suerte, de algún quebrantahuesos solitario.

la Fuensanta de San Cosme...
...es poco habitual verla con tanta agua.
el primer eremitorio que encontraremos...
...y otro de los oratorios en estado de total abandono que jalonan la pista. Los conocí en mejores días.
el caserío de San Cosme bajo la pared de la Peña de San Cosme.
otra hermosa alternativa de Vadiello: el camino recuperado a Nocito rodea el pantano bajo las estribaciones del Borón.

Bosque encantado, bosque sin vida... el bosque de San Cosme apenas cuenta con la presencia de seres vivos; es un bosque joven, de repoblación, que no ha sido colonizado por la biodiversidad de especies; solo árboles adultos, sin sotobosque. No escucharemos piar de pajarillos... que no encuentran qué comer, ni insectos que propaguen las semillas; tampoco otros depredadores que se alimentarían de las avecillas.  De ahí el silencio, una paz que sobrecoge porque es una paz de cementerio; de lugar apartado del mundo. Lástima. La explicación científica, el síndrome del bosque vacío, no armoniza con la poesía...