Vías Pirineos de dificultad media, [escalada PD, AD, D (IIº/IVº, máx. Vº)]. Vivencias de montaña. Rincones desconocidos o escasamente divulgados. Y alguna que otra reflexión

lunes, 26 de mayo de 2014

Pico y Diente de Soques


llegando al collado de Soques, presidido por la enhiesta corona del Diente
     El macizo de las Ferraturas se desarrolla entre el paso del Portalet y el circo de Arrémoulit; su máxima altura se alcanza en el pico de Soques (2.716 metros) y, muy próximo a él, se alza la osada silueta del Dent de Soques, ligeramente más bajo (2.692 metros) y con el aspecto de una pequeña muela asentada sobre la cresta. Esta cadena, cuya primera cima por el oeste sería el pico de Estrémère es poco conocida y aún  menos visitada, muy a pesar de algunos de los sorprendentes atractivos que exhibe, como la extraña arquitectura del Pic de L’Ouradé.

el Pico de Soques desde el collado homónimo
     Para conquistar tanto el pico de Soques como su apéndice, el Diente, es posible partir del aparcamiento del Caillou de Soques, ubicado en pleno descenso del Portalet. Un difuso sendero siempre próximo al Ruisseau de Soques se introduce en el hayedo para desembocar poco después en un amplio circo herboso, de cuyos escarpes se escapa por la derecha para deslizarnos en una vaguada abierta al collado de Soques (2.487 metros). Pero alcanzarlo exige superar una cuesta más larga de lo que aparenta. El rincón es muy hermoso y apacible en invierno.

Pico, collado y Diente de Soques, vertiente francesa
     Otra alternativa, en la que me voy a centrar, parte del embalse de La Sarra y se vale de un sendero balizado que nace poco antes del paso del Onso, donde toma, siempre próximo al barranco de Garmo Negro, dirección noroeste; después de dejar atrás el bosque, nos acogen unas suaves praderas cerradas al fondo por los recortados Dientes de Scie y el Pico de la Soba; a la derecha queda el pico de Arriel. Hemos de cruzar el torrente y virar a la izquierda, pleno oeste, donde ya se adivina el Pico de Soques; aunque existen otras opciones para ganar la divisoria fronteriza, la más cómoda y atractiva pasa por su arista noreste, con intención de franquear la cumbre en travesía. Alguna pendiente empinada y pequeños graderíos rocosos serán las únicas dificultades que opondrá el camino a la cumbre. Sin embargo, el descenso por la arista occidental hasta el collado de Soques es algo más accidentado, con algún que otro paso de IIº, antecedente de las complicaciones que surgirán a la hora de vencer al Diente.

los altivos Dientes de Scie
el pico de Soques por el sur; al fondo, poco más que un garbanzo, el Diente
     Ya en el collado de Soques, queda muy visible la cara oriental del Diente. Resulta obvio que será preciso recurrir a la escalada, exigua por lo demás. A pesar de todo, existe una vía de mínima dificultad a través de su cara noroeste, itinerario que será de gran utilidad para el descenso, si bien obliga a perder un poco más de altura de lo necesario para retornar a la cresta. En esta cara oriental, varias chimeneas, diedros y fisuras sugieren otras tantas opciones de ascenso; sin embargo, ninguna de ellas resulta muy atractiva, dada la desintegración de la roca en ciertos puntos. Tampoco la que yo escogí, ya muy próxima a la arista Sur tiene mejor desenlace: aunque tan apenas cuenta con un somero paso de IIIº, la chimenea deviene pronto en desagradable angostura terrosa de delicada superación. Pude constatar que las presuntas vías vecinas tampoco están libres de idénticos inconvenientes, en especial la salida de la marcada chimenea situada más hacia la derecha. También junto al propio collado parten otras posibles vías de mayor dificultad; quizá la mejor opción pase por recorrer la arista en su integridad.

el Diente desde el pico de Soques
cara oriental del Diente de Soques; a la izquierda, chimenea seguida.
La marcada canal que aparece más o menos en el centro tiene una desagradable salida terrosa.
el pico de Soques desde la cima del Diente
     El descenso típico del Diente discurre a través de la cara norte, si bien tengo entendido que también aquí será preciso usar las manos, aunque de forma muy comedida. Por mi parte, intenté abreviar el camino y bajé directamente hacia el sur, muy próximo a la arista; pronto, un muro vertical me cortó el paso, obligándome a improvisar un pequeño rápel (unos diez metros). La cuerda se atascó y hube de retroceder para recuperarla:
     —¿Va todo bien? —me preguntó con asombro un testigo, integrante de la casta de los escasos senderistas que rara vez frecuentan estos parajes, al contemplar tan atareado sube y baja, cual araña despistada.
     —Sí, hombre; cómo no. Esto solo son gajes del oficio —más o menos, le respondí algo así. El paso, en roca aceptable, es más fácil de lo que aparenta (IVº) y puede servir como directa e interesante alternativa para ganar la cumbre.
     Todavía ignoraba que la parte más interesante del proyecto, el retorno por el para mí inédito barranco de Balsaroleta me iba a deparar una dosis superlativa de naturaleza salvaje. Ya de por sí, el descenso a la cubeta superior del barranco se realiza a través de unas pendientes en extremo inclinadas y de piso inestable. Cuando por fin se alcanzan los llanos verdes bajo la silueta del Ferraturas, aún nos queda el incómodo recorrido del propio barranco, áspero y desprovisto de agradecidos hitos indicadores. Todo pinta bien al principio, pero enseguida nos sumergiremos en áridos escarpes que alternan la roca desnuda con hierba resbaladiza. Un terreno de cabras en el que no resulta fácil acertar con la ruta correcta que, poco a poco, nos acercará al camino de acceso a Respomuso. Algo antes de alcanzarlo y de internarnos en el arbolado, es preciso abandonar el barranco de Balsaroleta: tras cruzar el cauce en un punto quizá indicado por mojones, nos espera un entorno cubierto por frondosa vegetación donde, una vez más, resultará difícil moverse. Poco a poco, la espesura se aclara y el caminar se hace más cómodo, antes de llegar al llano Tornadizas donde se conecta con el camino hacia La Sarra.

praderas en lo alto del barranco de Balsaroleta.
     Puede parecer algo desatinado e imprudente recomendar semejante itinerario, pero… ¿acaso el auténtico sentido de la montaña se forja en la molicie de los caminos trillados?

martes, 22 de abril de 2014

Las cumbres menores de Ip

Otra antigua pieza rescatada de los anuarios de Montañeros de Aragón.

El circo de Ip es uno de esos lugares mágicos de nuestras queridas montañas, un espacio del pireneísmo, plácido y salvaje a la vez, de visita siempre recomendable; un apartado rincón de dúctiles praderas que ciñen las aguas de un hermoso ibón y en cuyas alturas reina un anillo de cumbres poco accesibles, entre las que todavía destacan en el flanco oriental, un tanto oprimidas por las moles masivas que las rodean, dos almenas consecutivas conocidas como los Campaniles de Ip; algo más al Sur, justo entre la Punta del Águila y La Pala de Bucuesa, se levanta un afiladísimo obelisco de estimulante aspecto: Los Piquez, explorado ya en un temprano 1927 por Jean Arlaud.

los dos Campaniles, desde la vertiente de Ip
los Piquez o Picu Lava, contemplado también desde Ip
Más pequeñas y menos altas que las magnas cumbres del circo, presumen estos tres resaltes de cierta dificultad para su conquista; quizá no sea para tanto, pero cuando, además, entrañan una sensación de inseguridad real y tangible, no sorprende la ausencia de turistas, senderistas, excursionistas y otras etiquetas de nuevo cuño en las que se divide hoy el segmento menos audaz de lo antaño englobado bajo la entrañable calificación de “montañero”. Tampoco estas cumbres chicas han merecido mucho espacio en la literatura, excepción hecha del colectivo Beturian Ara, que trata con cierto detalle sus vías normales. El nivel técnico de estos escarpes no sobrepasa en ningún caso el IIIº por su itinerario de menor resistencia, exponiéndonos, sin embargo, a un riesgo nada desdeñable: los tres se caen a pedazos, cuyos minúsculos e inestables fragmentos cubren casi por completo cualquier terracilla o cornisa sobre la que afirmar los pies. Desde luego, no son objetivos para inexpertos, ni tampoco para grupos numerosos, cuyos integrantes estarían expuestos a la lapidación propiciada por ellos mismos. ¿Por qué, pues, recomendar su ascensión? Pues porque están ahí; ya lo dijo Mallory, ¿no? Y porque su aspecto es una provocación, especialmente en lo que a Los Piquez se refiere. No hay mucho más e, ineludiblemente, tras su conquista terminaremos preguntándonos: ¿realmente ha merecido la pena?

itinerarios de ascensión a los dos Campaniles de Ip 
Hace ya bastantes años que visité Los Piquez (Picu Lava en algunas publicaciones); jamás he repetido la escalada ni he sentido la menor tentación para ello, ya que la reincidencia está poco justificada una vez aplacada la sed de victoria. Dicen, y es gente seria quien así lo afirma, que la dificultad técnica de la vía normal de esta agujita es elevada (D) pero, a despecho de lo descrito por Marcos Feliu o Beturian al respecto, en mis recuerdos apenas surge algún que otro paso de IIIº, ciertamente sobre un terreno ingrato y descompuesto. Quien desee dirimir tal cuestión, se obligará a remontar una canal poco empinada que asciende desde los aledaños del ibón hasta una brecha entre la Punta del Águila y la Pala de Bucuesa; allí aflora este incisivo monolito, cuyo zócalo meridional se prolonga mediante un enorme peñasco de faz prismática lindante con la brecha; un diedro abierto y tumbado de roca aún razonablemente sólida (podría ser la parte técnicamente más difícil de la ascensión, aunque también la menos expuesta) permite alcanzar el remate horizontal del prisma, desde donde será preciso encaramarse por la pared, casi siempre cerca de su arista, entre bloques y mezquinas cornisas; el terreno es muy escabroso y carente de solidez, en tanto que la propia cumbre, una piedra afilada sobre la que resulta harto complicado poner el pie, hace gala de una servidumbre subrayada en casi todas las guías: se corona únicamente con la mano, lo que supone algo más que una tópica y reiterada anécdota. El descenso no requiere necesariamente rápel pero, de usarlo, será inexcusable prevenir con casco los inevitables desprendimientos que podría provocar la propia cuerda, un riesgo patente que en modo alguno conviene menospreciar.

el Campanil Sur visto desde su compañero septentrional
En cuanto a los Campaniles, se trata de dos siluetas vecinas algo amazacotadas y separadas por un grácil collado, susceptible de alcanzarse en unas cuatro horas desde el Puente de los peregrinos en Canfranc; el Campanil ubicado junto al Hombro de Escarra o Pico Balsera presenta una silueta atrevida y es de conquista muy rápida, si bien algo más exigente que su colega situado al Sur. Aunque parece accesible a través de toda su vertiente oriental, con obstáculos que probablemente sólo superarán ocasionalmente el IVº, la seguridad debería primar por delante de cualquier criterio deportivo o estético, lo que aconseja restringir la actividad a las zonas más sólidas y de menor compromiso. Conviene también resaltar las limitadas opciones que ofrecen ambas peñas para el recurso a técnicas de oposición, tan eficaces sobre terreno descompuesto; por lo demás, será habitual una ardua tarea de limpieza de escombros previamente al desplazamiento de los miembros, sobre todo en este Campanil, pues su homónimo es más fácil y, sobre todo, más estable. La vía más sensata y, en todo caso, la de descenso, parte del citado collado entre los dos Campaniles y remonta la corta arista Sur por su borde oriental; el itinerario de menor resistencia sólo impone un brevísimo paso de IIIº

la cresta entre la punta del Águila (izquierda) y el pico de Bucuesa (a la derecha)
Confieso que, tras la vivencia sufrida en este Campanil, estuve a punto de rehusar al asedio del otro; sin embargo, me aventuré con cierta timidez a explorarlo para, con gran sorpresa, hallarme diez minutos después en su cumbre. Estamos ante una muela alargada y defendida por una peana que rodea todo su perímetro a modo de pequeño zigurat de dos pisos; sobre ella y en el flanco de Ip, una fácil terraza inclinada, ligeramente ascendente y susceptible de recorrerse caminando, busca el punto débil de la torre superior, más o menos a mitad de la cara Oeste, para alcanzar así la cresta cimera. El perfil de la arista Norte prometería una ascensión hermosa y divertida, pero la calidad de la roca se mantiene poco propicia a tal experiencia. Eludiendo los obstáculos más engorrosos, este Campanil no llega a presentar nada que supere el IIº, por lo que la calificación que ostenta —AD— parece exagerada; ciertamente, el recorrido sobre la cornisa que ciñe la cara de Poniente es algo vertiginoso, pero puede efectuarse junto al muro vertical que la delimita y que ofrece una continuidad de excelentes presas para las manos; el piso, integrado por algunas losas, hierba y tierra, es, por otra parte, relativamente estable, al menos siempre que se mantenga en buenas condiciones (en cualquier caso, lo que falta en dificultad abunda en peligrosidad).

los Cuchillares. Otra cumbre "menor" de Ip, a la que no he tenido ocasión de ascender, desde el Este...
... y desde la cresta noroccidental del pico de Bucuesa
Como apunte final, conviene evocar una sugerente excursión recogida en la obra de Jesús Vallés dedicada a la Partacua: el periplo de toda la cresta, de Norte a Sur entre Punta Escarra y los Cuchillares, inaugurado por los Ravier y Michel Souverain en 1991, y del que parecen desconocerse repeticiones.

Bucuesa...
Águila...
y Escarra.

viernes, 14 de marzo de 2014

Aludes


Hace algunos años fui testigo de cómo cuatro grandes helicópteros de transporte del Ejército sobrevolaban con gran estrépito el Balneario de Panticosa; realizaron varios vuelos circulares con la evidente intención de comprobar la estabilidad del manto nivoso; después de su insistente y confortador  reconocimiento desaparecieron para regresar un poco más tarde y perseverar en la tentativa de desprender cualquier potencial alud, gracias al ruido, vibración y ondas transmitidas por sus potentes motores de doble rotor: nada se movió y, finalmente, los aparatos depositaron sobre la nieve un nutrido grupo de esquiadores. El riesgo oficial consignado durante aquella jornada se elevaba a 4 (en la escala oficial de cinco puntos).

En enero de 2011, un invierno de escasa nieve, dos montañeros eran sorprendidos por un alud de placa en la vía normal del pico de Sabocos. Descendían de la cima tras haberla logrado por el corredor Panticosa ICE; ambos eran experimentados y estaban bien equipados, aunque no portasen ARVA. Uno de ellos pereció en el accidente. A lo largo de toda la semana anterior no había caído ni un solo copo y un marcado anticiclón propició continuadas horas de insolación, transformando en profundidad la nieve; los riesgos de la actividad en montaña parecían concentrarse en deslizamientos por una superficie marcadamente helada, nunca en potenciales avalanchas. De hecho, en la misma zona donde se produjo el desprendimiento, otro montañero, pister de la estación, había informado apenas unas horas antes sobre la inexistencia de placas. El riesgo consignado por la AEMT era mínimo.

el pico de Sabocos; en primer plano el corredor Panticosa ICE; a la derecha, la rampa de la vía normal, donde cayó el alud
Sin embargo, a lo largo de esa misma jornada previa, soplaron vientos muy fuertes en todas las direcciones. Aunque el patrón general dominante procedía del noreste, se registraron rachas muy fuertes en cualquier orientación, según varios informes procedentes de diversos puntos del Pirineo; al parecer, en la sierra de Tendenera, los vientos del sur fueron particularmente intensos.

A pesar de la siempre peligrosa combinación de viento y baja temperatura, cabría pensar que apenas existía nieve movilizable, consecuencia del buen tiempo que precedió al accidente. ¿Cómo pudieron formarse en tan solo unas horas la multitud de placas que se llegó a detectar el día del suceso? La fatal avalancha tenía unos cien metros de ancho por setecientos de recorrido e, integrada por grandes bloques, se desprendió solo con el peso de dos personas andando, en una ladera orientada al oeste.

aunque no sea una situación tan insólita, nunca había visto tal profusión de placas en la vertiente norte de la Partacua. 
A escasa altura (2000 metros) y en pendientes no demasiado empinadas (abril 2011).
detalle de una línea de fractura; el alud fue también de fondo
Tanto este trágico suceso, envuelto en circunstancias que podríamos considerar extraordinarias, como el infructuoso ensayo de los helicópteros, vienen a confirmar la dificultad para la previsión de aludes, por mucho que se haya avanzado durante los últimos años en el estudio de la formación y desencadenamiento de avalanchas. Obviamente, no me estoy refiriendo a las purgas naturales que experimentan los escarpes empinados durante o inmediatamente después de una gran nevada, ni a los grandes aludes de fusión que caen cada primavera tarde o temprano, casi siempre por un recorrido fijo. Quien realice actividades de montaña en evidentes condiciones desfavorables, como, por ejemplo, internarse en un corredor en horarios desaconsejables, debería ser consciente del riesgo que asume, por más que, en ocasiones, incidencias difíciles de eludir puedan empujarnos a ello.

la presencia de cornisas hace suponer la presencia de placas a sotavento, sean o no visibles sus huellas; 
sin embargo, la inexistencia de cornisas no garantiza la ausencia de placas.
 En todo caso, es relativamente  improbable padecer los efectos de un alud de origen espontáneo; al menos, tal probabilidad es muy poco significativa frente a la de resultar sepultado por una avalancha que nosotros mismos hayamos provocado. Y aquí entran en juego las ineluctables, insidiosas, traidoras y fatídicas placas esculpidas por el viento. He leído en más de un manual juiciosas instrucciones para detectarlas, pero nunca hago demasiado caso de tan presuntamente útil conocimiento: podemos sospechar la presencia de placas a sotavento de cualquier relieve más o menos marcado, a veces enmascaradas por nevadas posteriores, pero una y otra vez observaremos huellas de alud en emplazamientos insólitos. Test de avalanchas y análisis de cristales y capas, por muy ilustrativos que puedan llegar a ser, pierden su validez según nos alejamos del punto y ocasión en el que se han realizado; tampoco son definitivos los indicios que permiten estimar la dirección desde dónde ha soplado el viento, por más que la presencia de cornisas y otras pistas acostumbre a ser esclarecedora. Y tanto una fundada intuición como la experiencia tampoco llegan a implicar excesivas garantías.

justo desde la cima de Garmo Negro. Es de suponer que se desencadenaría un alud de grandes proporciones, 
capaz de alcanzar la majada de las Argualas.
 ¿Qué hacer, pues? Resulta que las actividades de montaña son imprudentes, como también lo es vivir. Dicho de otra forma, se trata de introducir un poco de cordura en ese tan insensato como maravilloso delirio que nos impulsa hacia la cima. Tomar cuantas precauciones seamos capaces de asumir, vestirnos de prudencia; estudiar los partes, incluidos los de varios días antes de la excursión, trazar itinerarios con el nivel más bajo posible de exposición… ¡Y tener muy claro que puede no ser suficiente!

en pleno ascenso de Garmo Negro es frecuente cruzar vastas huellas de avalancha. Tantas veces va el cantarico a la fuente...
A tal respecto, es muy de agradecer el esfuerzo institucional, el de algunas organizaciones y el propiciado por iniciativas privadas para arrojar un poco de luz sobre la prevención de aludes. A lurte, Montañas seguras, FAM; textos, informes y boletines, señalización en los valles y puntos estratégicos, consejos y advertencias de expertos y guardas de refugios…

A todos ellos, gracias.

Algunos enlaces interesantes:
http://www.aemet.es/es/eltiempo/prediccion/montana?w=2&p=arn1
http://www.meteofrance.com/previsions-meteo-montagne/bulletin-avalanches/pyrenees-atlantiques/avdept64
http://lameteoqueviene.blogspot.com.es/
http://www.montanasegura.com/aludes/visor.php

jueves, 6 de febrero de 2014

Peña Roya y Peña Blanca

Sabocos
Hoy, toca monte, ¿no?… Sin embargo, la predicción meteorológica indica una elevada probabilidad de aludes, pongamos que incluso roza el 4. ¿Dónde ir? 

bello amanecer sobre la Partacua
Cualquier salida a la montaña exige asumir un determinado nivel de riesgo que, en el caso del esquí de travesía, se concreta esencialmente en la posibilidad de caer atrapados por una avalancha. Particularmente peligrosas son esas insidiosas placas que construye la ventisca a sotavento del relieve y que solo esperan el peso de nuestro cuerpo para desprenderse; placas erigidas por el capricho del viento y no siempre fáciles de detectar, sobre todo cuando quedan enmascaradas por nevadas posteriores a su formación.

...y sobre las Argualas
 Las estadísticas muestran que la mayor parte de los accidentes provocados por aludes tienen lugar con riesgo 3, quizá por exceso de confianza. En cualquier caso, cuando el nivel señalado por la predicción asciende hasta un 4, es preciso extremar las precauciones y, en caso de optar por la realización de cualquier actividad, elegir cuidadosamente el trazado más protegido. Obviamente, nunca desaparecerá totalmente el riesgo, inherente a la práctica del propio montañismo; al fin y al cabo, también subir al vehículo que nos llevará desde el fondo del valle al pie de la montaña entraña ciertos y no nada despreciables peligros.

la montaña del Verde ¿o Fazeras?, vigía del ibón de Sabocos 
 En fin, sea como fuere, hemos decidido calzarnos los esquís. Entre los muchos recorridos posibles, la ascensión a Peña Roya y Peña Blanca, en la Sierra de Tendenera, suele mostrarse razonablemente segura, ya que la mayor parte del recorrido transcurre sobre las pistas de la estación de Panticosa. El itinerario parte del mismo pueblo, en la terminal inferior del telecabina, desde donde cruza el puente sobre el Bolática y aprovecha la pista de servicio de las instalaciones. Por el margen de las pistas se alcanza la estación superior y, por encima de ella, hacia los 2.100 metros, las inmediaciones del ibón de los Asnos; con un poco de suerte contemplaremos un hermoso amanecer. Justo a la salida del remonte Corona de Aragón, abandonaremos la cómoda nieve pisada para internarnos en una pequeña vaguada, casi siempre cubierta de incómodos ventisqueros muy profundos, antes de afrontar el resalte empinado (¿Faja Mandilar?) que flanquea toda la ladera por debajo de la cresta entre Sabocos y el Portielllo Chetro. Estamos ante el primer punto conflictivo del recorrido, aunque no recuerdo haber visto rastros de avalanchas por su costado oriental; todo lo contrario de lo que sucede en su extremo opuesto, bajo la arista Arbex, que desciende de Peña Roya por el norte hasta el Cuello Bozuelo, casi siempre surcada por numerosas trazas de pequeños desprendimientos. Tampoco suele faltar allí otro alud, este ya importante, que atraviesa la rinconada en la cabecera del ibón de los Asnos para depositar enormes bloques sobre el agua helada. Resulta, pues, del todo desaconsejable, rodear el ibón por este lado, mediante una travesía desde el Cuello Bozuelo, tentación muy atractiva si, por su menor desnivel, hubiéramos decidido partir de Hoz de Jaca. En tal caso, la mejor opción pasaría por enlazar con el itinerario descrito en la estación superior del telecabina.

Peña Roya desde lo alto de la Faja Mandilar. Nos colaremos bajo sus pie hasta el Portiello Chetro, a la izquierda
Obviamente, para llegar bajo la Faja Mandilar, queda otra llamativa solución, que tampoco recomendaré, muy a pesar de ser cómoda, fácil y rápida: pasar por caja y dejarse llevar cómodamente por los remontes de la estación. ¡Eso no vale!

Peña Roya: abundantes restos de placas desprendidas y huellas de avalancha por todas partes.
Sin embargo, a la fábrica de aludes aún le queda abundante munición
Afirmaba antes que nunca he visto rastros de aludes en el extremo oriental del resalte, justo en dirección a Peña Sabocos. ¿Seguro, pues? Nunca se sabe. Los primeros metros son muy empinados, si bien suelen aflorar algunas grandes rocas hacia la izquierda, que, además de fijar la nieve movilizable, indican el trazado de mayor seguridad. Enseguida, la pendiente se suaviza y asciende en dóciles ondulaciones, por las que habremos de encaminarnos hacia el oeste para coronar el lomo del resalte, limitado al otro lado por una leve hondonada con nieve muy profunda que conviene eludir. Ya en las proximidades de la cresta Arbex y suficientemente apartados de la ladera, giraremos a la izquierda para ascender por la vaguada que conduce en suave pendiente en dirección al Portiello Chetro (2.525 metros).

huellas de avalancha sobre el ibón de los Asnos, entre el extremo de la franja Mandilar y la arista Arbex
Aquí afrontaremos el segundo punto conflictivo del recorrido. La pala que defiende el Portiello, a nuestra derecha, se empina progresivamente y puede estar coronada por una cornisa más o menos marcada. Además, por su orientación, idéntica a la de las amenazadoras placas de la arista Arbex, es marcadamente sospechosa, aunque las huellas de aludes suelen interrumpirse en sus proximidades. No obstante, la zona peligrosa es muy pequeña y puede soslayarse ascendiendo muy pegados a la roca, hasta aprovechar la primera brecha que la corta; probablemente, será mejor subir sin esquís, excepto si creemos que arriba vamos a encontrar nieve muy profunda.

la arista norte de Peña Blanca (Arbex), desde Mandilar
Desde el Portiello Chetro, la cima de Peña Roya (2.575 metros) está muy próxima; un poco más allá se alza Peña Blanca, también al alcance tras salvar mínimos desniveles. En cuanto al descenso, por el mismo itinerario, será un placer surcar esta nieve profunda: si hay suerte, también encontraremos nieve virgen en la propia estación, hasta la zona de servicios Selva Verde; allí retomaremos la pista de acceso a la estación desde el pueblo, generalmente agradable de esquiar, aunque puede estar cortada en varios puntos; también es frecuente que existan incómodas placas de hielo en los últimos metros. Pero todo esto lo sabremos ya de antemano, puesto que estaremos recorriendo en sentido inverso el camino de ida.

sábado, 4 de enero de 2014

¿Esquí de montaña o montaña con esquis?

Reproduzco un artículo escrito para el anuario de Montañeros de Aragón de un ya lejano 2004. Desde entonces, mi experiencia con los esquís cortos es bastante dilatada, pues siempre los llevo en montaña. Cerraré esta entrada con las conclusiones derivadas de esa mayor experiencia.

Esquí corto... ¿más medio que fin?

Unas tablas cuya longitud no supera el metro, una fijación muy simple, que permite la liberación del talón para ascender y la retiene (sin mecanismo de seguridad) en los descensos. Todo, incluyendo pieles y cuchillas, por un peso que ronda los tres kilogramos y que, sobre todo, tiene un momento de inercia muy inferior al de los esquís convencionales...

¿Esquí de montaña o montaña con esquís? Esta es la cuestión clave. Si soñamos con amplias laderas de nieve polvo fresca, cuánto más profunda mejor, muchos grados bajo cero y una estela surcando el blanco infinito como huella de un descenso ideal... ¡seguiremos soñando mucho tiempo! en pos de una ilusión casi utópica, empapados en nieves embarazosas, costras que se aplastan e intentos malogrados de giros imposibles. La frustración será, demasiadas veces, nuestra infatigable compañera, pero, por si aún no fuera suficiente, resulta muy duro abrir huella en esa nieve tan profunda y el riesgo de aludes en tales condiciones supera con facilidad lo aceptable.

bajo las Foratulas (Brazato, Panticosa)

Existe otro punto de vista: cualquier terreno, cualquier nieve. Lo importante es estar allí; llegar, volver... desenvolvernos aceptablemente en unas condiciones en las que osar esquiar parece poco sensato. Olvidar (o casi) las engorrosas vueltas maría y descargar más de un kilo de cada pie (al menos quienes disfrutábamos de equipos catalogables en el rango de reliquias); descender por los espacios más estrechos y vencer los corredores más inclinados, por el módico precio de renunciar a la velocidad... En tal caso, lo nuestro puede ser el esquí corto.

Mis argumentos se basan en una experiencia más bien breve, de sólo tres salidas a final de temporada, la última en pista, en la que tuve la oportunidad de distribuir mi tiempo entre los esquís convencionales y los cortos. Y, además, la comparación se establece entre unos Rossignol Free Venture recién estrenados y unas tablas con más de dos décadas de solera, equipadas con fijaciones Silvreta 400. A pesar de todo, las conclusiones parecen claras: el esquí corto se ha mostrado claramente superior en casi todo, especialmente en situaciones comprometidas y nieves difíciles, salvo en presencia de hielo y al precio anunciado de renunciar a la velocidad.

ascenso a Garmo Negro (Panticosa)
Dos excursiones tuvieron como escenario al Balneario de Panticosa; en la primera, durante la ascensión al pico de Algas, encontré nieve primavera, con una costra ligera y pequeñas zonas de hielo que desaparecieron durante la bajada. El ascenso fue una delicia y el descenso una sorpresa continua, que me invitaba a abordar con seguridad las pendientes más escarpadas. Únicamente pude constatar cierta inestabilidad (perfectamente soportable a velocidades reducidas), ligera dificultad para mantener diagonales y una difusa tendencia al clavado de las espátulas... nada grave. Por el contrario, la excelente maniobrabilidad de las tablas fue un estímulo para intentarlo todo, incluso giros en el reducido espacio de los zig zag que describe el sendero de verano, ya en las proximidades del Balneario. Durante mi segunda visita a las Argualas, la nieve se presentó húmeda y muy profunda, con una costra muy ligera e irregular, en la que el bastón se hundía sin esfuerzo más de un metro. En tales condiciones no llegué muy lejos. Abrir huella se mostró tan duro o más que con los esquís tradicionales, pues me sumergía en la nieve hasta los tobillos y cualquier movimiento en falso incrementaba el hundimiento. La facilidad en las vueltas maría (tanto porque apenas son necesarias como por que cuando se realizan resultan muy cómodas) nunca compensó el mayor hundimiento; en cambio, el descenso por esta nieve desastrosa fue muy satisfactorio. La huella corresponde a la de un esquí conducido, casi sin derrapaje y las sensaciones que trasmiten las tablas son muy similares a las del esquí tradicional, sólo que se experimentan de forma muy dosificada, como a cámara lenta... lo que todavía permite disfrutar más de ellas. Ciertamente, las espátulas llegan a desaparecer por completo y, en ocasiones, la nieve sube casi hasta las rodillas: no hay problema, puesto que basta con mantener una mínima separación de piernas para evitar un intempestivo cruce de las tablas y éstas se controlan perfectamente, incluso en estas condiciones bastante excepcionales (hacía muchos años que no encontraba una nieve tan profunda y, a la vez, tan alejada de ese polvo fresco y liviano que tanto ambicionamos).

el esquí corto
Por fin, en Candanchú, con nieve primavera, tuve ocasión de realizar una comparación de mayor entidad. Durante las primeras horas de la jornada, calcé las tablas largas. Las condiciones eran excelentes en las pistas preparadas, pero mis incursiones en nieve virgen, con algunas huellas todavía heladas, resultaron poco estimulantes. Ya con los esquís cortos, el primer descenso sobre unas placas relativamente duras fue decepcionante, con una clara mejoría en nieve más profunda. En la misma zona virgen donde poco más de media hora antes dispuse de escasas concesiones, los esquís cortos se desenvolvieron de forma muy aceptable. Aún fue mejor el descenso del corredor de la Zapatilla: francamente, creo que con las tablas largas apenas habría disfrutado y, desde luego, el esfuerzo requerido para los virajes, necesariamente por salto, hubiera sido muy superior. Más tarde, pude también constatar una rápida adaptación a la nieve de pista, sobre la que también es posible alcanzar cierta velocidad; algo poco aconsejable con este tipo de esquí, pues la velocidad resalta todas sus carencias, las cuales apenas se manifiestan en caso de un comportamiento más adaptado a las características del esquí corto.

fijación... sin seguridad alguna. ¿De verdad prescindible?
En resumen: cuanto peores son las condiciones y más estrechos, pendientes y comprometidos los pasos, mejor comportamiento del esquí corto, al precio, ya referido, de desenvolvernos a escasa velocidad, algo a lo que, por otra parte, invita este tipo de esquí, especialmente si cargamos con una pesada mochila y las piernas están ya fatigadas por el ascenso. Entonces, la inestabilidad inherente a las tablas cortas se compensa de forma ventajosa con su excelente maniobrabilidad. Una difusa sensación de pérdida queda ahí, a pesar de todo. El esquí corto, más una herramienta que un fin en sí mismo, supone algo de renuncia, de abdicación; a cambio, nos proporciona una ilusión renovada y nos abre la puerta a un nuevo mundo en el que sólo la imaginación establece límites; quizá, también, un peligroso estímulo para nuestra osadía.

traza sobre nieve profunda. A la derecha, la huella de ascenso: el "punteado" denuncia el hundimiento de cada paso
Existen, al menos, dos opciones de esquí corto disponibles en el mercado: Los Rossignol y los Kong, estos últimos algo más pesados y dotados de fijación metálica. Ambos se sirven con pieles ajustadas a la suela y cuchillas para hielo; también podemos encontrar una versión intermedia, en torno al metro treinta, sobre la que podemos aplicar fijaciones de seguridad, pero, en mi opinión, los extremos son preferibles: o menos de un metro o tradicionales. En cualquier caso, sería deseable que las versiones actuales fueran todavía un poco más ligeras y puede mejorarse mucho la adaptación a las botas de montaña, ya que una de las funciones típicas del esquí corto es, sin duda, la de facilitar la aproximación a objetivos más relevantes.

Bien; hasta aquí el artículo. Lo primero que he de añadir es que han dejado de comercializarse los Free Venture de Rossignol (aunque, al parecer, se siguen vendiendo bajo otra marca: STC Snow Venture); tampoco será fácil encontrar unos Kong y he visto cómo desaparecían rápidamente excelentes propuestas de otras marcas como Hagan (Nanook). Al parecer, el esquí corto no goza de mucho éxito, pues tampoco me he cruzado con otros esquiadores equipados con "snowblade" o "bigfoot", como también se conoce a este tipo de esquí. Ciertamente, se ofertan hoy excelentes fijaciones de una gran ligereza y tablas largas adaptadas a las cotas "carving"  contra los que resulta difícil competir y que proporcionan maravillosas experiencias en todo tipo de nieves. Sin embargo, por mi parte, me ratifico en casi todo lo afirmado anteriormente, si bien podría subrayar que el esquí corto se desenvuelve especialmente mal sobre hielo, hasta el punto que en alguna ocasión he tenido que sustituirlos por los crampones; también se mueven con escasa soltura en terreno llano y pendientes muy suaves con nieve profunda. Pero, cuando viajan en la mochila o se deslizan sobre una melaza profunda, pueden resultar una bendición.
Quienquiera que desee profundizar sobre el esquí corto, deberá sumergirse en internet y armarse de paciencia. Algunas de las palabras claves podrían ser: skiboard: gaspo, summit y revel8; luego quedará investigar, entre otras cuestiones, cómo adaptar a un determinado modelo una fijación que permita liberar el talón para los ascensos. Haberlas, haylas; más complicado será encontrar cuchillas o focas previamente adaptadas, aunque para estas últimas siempre se pueden cortar a la medida unas con anchura previa suficiente.


descenso del Pico Royo (Formigal, Culibillas)
Y una advertencia final: quien no posea previamente una mínima técnica de esquí, no solucionará sus problemas merced al esquí corto, por muy manejables que sean estas tablas.
Ampliando las advertencias, diré que no, que no funcionan las botas de montaña. Lo he intentado un par de veces, siempre con resultado negativo. Son demasiado blandas, incluso las más rígidas y provistas de suplementos "ad hoc"; ya encontraremos muchas limitaciones con buenas condiciones... ¿qué se puede esperar en hielo, cuando hasta la bota de travesía no llega a proporcionar un apoyo lateral suficiente? Además, para escalar en hielo, mejor la bota de travesía que la de montaña, que solo puede ser superior en roca y mixto.

domingo, 1 de diciembre de 2013

La Predicadera. Jabalí errante.

los mallos de Ligüerri desde el embalse de Vadiello
Si bien Vadiello es una conocida escuela de escalada deportiva, algunas zonas en su órbita, como San Cosme y la Predicadera apenas son frecuentadas. El Huevo de San Cosme fue escenario de viejas batallas y su conquista se remonta al año 1951; la historia de la Predicadera es más corta y la que tal vez fuera su primera vía, Jabali errante,  fue abierta hacia 1984 por Max Garralaga y Jesús Estaún. Sea como fuere, se trata de un hermoso y accesible itinerario, que discurre sobre un conglomerado calizo (tillita) muy sólido y de excelente adherencia.

pista de San Cosme; a la derecha, la Predicadera y, al fondo, Montidinera
La Predicadera, donde la escalada está sometida a restricciones durante los seis primeros meses del año, se alza bajo el Tozal de Guara, a caballo de las cuencas del Calcón y Guatizalema, y forma un espléndido contrafuerte del pico Montidinera; es un soleado rincón protegido de los vientos del norte, por lo que resulta un excelente destino de invierno. Se llega en poco más de una hora desde Vadiello, pero los comodones pueden servirse de la pista (sin asfaltar) que conduce al eremitorio de San Cosme y San Damián desde la carretera de Loporzano a Aguas; en tal caso, la aproximación se reduce a escasos minutos.

la Predicadera, flanco occidental
No es la Predicadera una escuela de escalada deportiva, sino más bien de itinerarios clásicos. De hecho, una de sus características más sobresalientes es la separación entre seguros; en la actualidad, Jabalí errante, 140 metros, está reequipada, pero incluso ahora, la distancia entre uno y otro parabolt es notable y muy superior a lo acostumbrado en las vías de escalada deportiva. No obstante, el paso clave (6a ó A0/V) está bien protegido, excepto si se toma la variante original, que es la que voy a recomendar, pues aquí no hay seguros que valgan y, además, resulta muy complicada la autoprotección. Tampoco es sencillo llegar a pie de vía; desde la pista, es preciso tomar un sendero ascendente, nada más sobrepasar la cerrada curva que describe para cruzar el barranco Os Muertos. Tras ascender unos metros, siguiendo la desdibujada línea de mojones y veredas que pronto se pierden, existe una variada gama de opciones, si bien todas ellas sin apenas huellas de paso. Todo a la izquierda, por el cauce del propio barranco, discurre la alternativa más hermosa, pero también la de mayor dificultad, especialmente si alguno de sus tramos húmedos está helado. Todo a la derecha no existe otro impedimento salvo el muy enojoso de sortear la vegetación a través de un vasto rodeo. Y, entre ambos extremos, diversas posibilidades de sortear los muros que nos salen al encuentro; la alternativa más directa solventa el problema mediante un bonito paso sobre el muro final, más fácil de lo aparente.

itinerario naranja, vía actual; en magenta la variante original
Emprenderemos la ascensión por una pared que se empina progresivamente (IIº al principio, hasta IVº- después). Muy arriba ya, se encuentra el primer obstáculo serio de los dos que cuenta la vía; se trata de un enhiesto resalte que se atraviesa de derecha a izquierda, según dicta la intuición. En algunas reseñas, está cotado en Vº; en la original, IVº. A mi juicio, un IVº+ se ajusta bien a la realidad; también se puede superar directamente, en cuyo caso sí podría hablarse de Vº, aunque en su límite inferior. Encima, nos esperan unos metros fáciles, hasta un pronunciado nicho equipado para la consecuente reunión.

una cordada en la reunión previa al paso clave, por encima del primer muro
en el paso clave; mi propuesta transcurre por el perfil de la izquierda
salida en libre; vía original un par de metros por detrás del asegurador
Nos encontramos ante el paso clave de la vía, si bien el resalte anterior supone un punto de no retorno por su dificultad para destreparlo —en caso de no disponer de cuerda, claro—; ni en mi primera ascensión, allá por mediados de los noventa, ni en posteriores repeticiones, salvo la realizada esta semana, la llevaba; quizá eso explique por qué me atreví con el muro que domina al nicho. Hoy en día, la vía describe un quiebro hacia la derecha y se sirve de varios seguros (A0/Vº; en libre 6a); antaño, el quiebro se realizaba hacia el lado opuesto para superar el hombro panzudo que obstruye la progresión. Durante aquella primera ascensión, efectué un rodeo en travesía, sin duda impulsado por la exposición y la evidencia de carecer de seguro; tal rodeo fue excesivo, sin percibir una salida convincente, y me vi envuelto en una de las situaciones, más delicadas que he experimentado, muy escasas por fortuna. Por lo demás, su satisfactoria superación me brindó también la más gratificante vivencia que la montaña me ha proporcionado. Descubrí la solución en la siguiente ascensión, pocos días después: no es preciso ningún rodeo, simplemente se afronta la panza justo donde el nicho llega a desaparecer, merced a unas excelentes presas de mano poco visibles que requieren unos movimientos precisos y la técnica adecuada. Encima nos espera otro lomo, con presas redondeadas y menor adherencia (antiguamente existía aquí una laminilla suelta, el único punto descompuesto de la vía, que ha desaparecido; presa fácil, pero peligrosa, como el tiempo ha demostrado). En definitiva, un paso de IVº+ o, más prudentemente, un Vº-, que, aun careciendo de seguros y de muy difícil protección, es más interesante en mi opinión que el recurso a la escalada artificial de la variante actual.

la cornisa final de la vía; paso final justo a la derecha del reguero de agua
desde arriba: perfil de la mitad superior de la vía 
desde la cornisa superior, último paso de la vecina Espolón starlux
El resto de la ascensión apenas opone algún que otro paso de IVº-, así como una pequeña rampa final en IVº, sin exposición. Para alcanzarla, hemos de trazar una travesía horizontal hacia la izquierda bajo un enorme y espectacular techo. Esta cornisa se prolonga al otro lado casi hasta la Gran chimenea; puede recorrerse andando, aunque exige máxima prudencia, y puede utilizarse para llegar hasta el rápel de descenso por La boa de Manolo, caso de no bajar andando o montar el rápel desde la reunión superior de esa vía. Estos últimos metros nada difíciles, destacan por su espectacularidad estética. Lástima: apetece sentarse unos minutos en la cornisa, pero el gran techo impide su limpieza natural y el lugar parece ser también objetivo predilecto de la fauna rupícola.

la Gran chimenea
flanco inferior de la margen izquierda de la Gran chimenea
Ya he citado que el descenso suele hacerse por La boa de Manolo mediante dos rápeles, tengo entendido que de 60 y 50 metros, opción aconsejable si se desea hacer alguna otra vía de similares características, por ejemplo el Espolón starlux o Guanchinflú. En otro caso, es factible el descenso andando por el barranco del Pito, curiosa y enorme roca redondeada plantada a la altura del contrafuerte occidental de la Predicadera. Este descenso es incómodo y salvaje, pero también muy hermoso; en buena concordia con la aproximación desde Vadiello. Por cierto, en tal caso tampoco es desdeñable la visita a San Cosme y San Damián; para retornar a nuestro punto de partida sin retroceso, existe un bellísimo sendero que comunica la ermita-santuario con la pista de Vadiello, a la altura de la cruz cubierta.

flanco oriental de la Predicadera; centro izquierda, Jabalí errante
otra perspectiva del itinerario y su variante
Recuerdo final: escasos seguros y muy difícil autoprotección.