Vías Pirineos de dificultad media, [escalada PD, AD, D (IIº/IVº, máx. Vº)]. Vivencias de montaña. Rincones desconocidos o escasamente divulgados. Y alguna que otra reflexión

martes, 1 de marzo de 2016

La cuenca de Bachimaña en invierno.

Sube el telón; en escena, un paisaje polar flanqueado por bambalinas colgadas del cielo, cumbres bizarras que desafían la voluntad de vencerlas, pero cuya humilde contemplación desde su pie nos proporciona también una placentera ensoñación.

sobre el dique del ibón inferior de Bachimaña

El nuevo refugio de Bachimaña ha popularizado los recorridos por esta región, sobre todo en verano; muy al contrario, cuando nieve y hielo obstaculizan el acceso, tan hermoso rincón recibe muchas menos visitas. Aun siendo un destino muy conocido para los esquiadores de travesía que frecuentan el Balneario de Panticosa, nunca resulta muy cómodo llegar a Bachimaña durante el invierno, siendo más que probable un prolongado porteo de los esquís, tanto en ascenso como, lo que se hace más duro, para el regreso… al menos si se efectúa  por el camino de ida, siguiendo el curso del Caldarés. Sin duda, el mejor descenso pasa por alcanzar el cuello de Batanes para deslizarse después bajo la cresta de Labaza, hasta el pinar por el que discurre el camino a los ibones de Brazato; habitualmente se puede llegar esquiando hasta el Balneario.

desagüe del ibón bajo; al fondo, la ladera que domina la cuesta del Fraile está plagada de placas de viento rotas.
Su efecto sobre la expuesta pala del Fraile fue en esta ocasión espectacular.


Pero volvamos al principio: ¿cómo llegar al ibón bajo de Bachimaña? Si persiste suficiente nieve, la mejor opción consiste en seguir el camino a Brazato hasta el primer paraludes, tras lo cual se asciende por la amplia pala limpia de arbolado en dirección al tubo que alimenta la central eléctrica del Balneario, conducción que atravesaremos bajo un acueducto, paso clave. Un suave descenso nos deja en el llano del Bozuelo, donde se empalma con el itinerario estival GR-11. Con un poco de suerte, alcanzaremos el pie de la cuesta del Fraile sin quitarnos los esquís de los pies. Tal cuesta es engorrosa y empinada, con abundantes restos de avalanchas; hacia la izquierda resulta algo más suave, pero es también la zona más expuesta a potenciales desprendimientos.

las Puntetas de Bachimaña, sobre el refugio.

Cuando la nieve escasea, quizá la mejor alternativa consista en seguir íntegramente el GR-11, hermoso y marcado sendero que probablemente encontraremos plagado de gélidas trampas y roca tapizada de hielo tan imperceptible como proclive al patinazo; a cambio, la huella marcada puede suavizar muchísimo el penoso transitar. Pero ya he advertido que el camino a Bachimaña nunca es cómodo, ¿verdad? Existe otro par de posibilidades, de dudosa validez. La peor, un antiguo camino por la margen izquierda del Caldarés que desemboca, casi al nivel del refugio, en el torrente que desciende de los ibones de Labaza: si ya en verano es una vía confusa y embarazosa, sembrada de hielo puede devenir delicadísima; además, para llegar al refugio será todavía preciso un rodeo con su inevitable descenso. La variante restante es más peculiar: consiste en ascender al ibón de Arnales por el clásico camino hacia las Argualas y, desde allí, atravesar la ladera en dirección a Bachimaña hasta alcanzar las pendientes que dominan la cuesta del Fraile. Largo, pero original.

el ibón bajo de Bachimaña y la presa del superior. El paso de una intrusión de polvo sahariano ha teñido la nieve.
el ibón superior; al fondo el pico de la Muga y el Grand Pic de Péterneille;
de todos los grandes picos que rodean Bachimaña, solamente el de Marcadau y la Muga son fácilmente accesibles.


Ya estamos por fin en el ibón bajo de Bachimaña. Cruzamos la presa y dejamos a la derecha el nuevo refugio. Curiosamente, este ibón no siempre llega a congelarse totalmente; la capa de hielo es muy delgada y suele desaparecer junto al desagüe del ibón superior. Por fortuna, la travesía del lago se puede eludir fácilmente por la derecha, hasta encaramarnos sobre el pretil de la presa del Gran Bachimaña, desde donde se desciende por el otro lado al nivel del agua, habitualmente bajo. Ahora toca emprender la fascinante travesía del ibón, muy rápida y placentera si está cubierto por hielo deslizante. En contraste con lo que sucede en el ibón pequeño, aquí es fácil encontrar una capa de nieve en torno a un metro de espesor, pero lo que se gana en seguridad puede perderse en viabilidad en caso de nieve profunda.

la Quijada de Pondiellos y el pico de Piedrafita al fondo
el viento y la plasticidad del manto, formidables escultores.

Realmente, el marco que nos rodea es grandioso. El valle se divide en dos ramas; la occidental lleva al collado del Infierno y Tebarrai, dominada en su margen derecha por el cresterío de los Arnales y, más allá, por la cumbre tricéfala de la Quijada de Pondiellos (Infiernos); en la otra vertiente, el pico de Piedrafita y Punta Zarre se alzan sobre los ibones Azules. Justo enfrente, al Norte, asoma la Gran Facha sobre el barranco de los Pecico; por la derecha, hacia el Este, se abre la cuenca de Bramatuero, bajo los Pics de Jumeaux y Péterneille y, al fondo, duermen en paz los de Aratille y de las Neberas. Cualquier idea es buena en semejante escenario, que bien merece varias visitas para reconocer sus inmensas posibilidades. Sin embargo, la exploración rara vez será coronada por el ascenso a una cima: todas ellas, salvo Marcadau y Muga exhiben cierta dificultad y quedan todavía algo alejadas, pues si la cúspide de la Quijada de Pondiellos se alza casi mil metros todavía sobre la cota de Bachimaña, las cimas restantes ni se encuentran mucho más próximas, ni se quedan muy por debajo de los tres mil metros. Tampoco la cumbre de O Peñon (Serrato), cuya punta emerge discreta por la derecha, es fácil, si bien menos distante. Ocultas permanecen las puntas de los Batanes y Xuans. Tras recorrer la cuenca de Bramatuero, es factible girar a la derecha en dirección a los Dientes de los Batanes, cuya cumbre Norte es muy accesible, para alcanzar el triple collado entre O Peñón, Xuans y Batanes; desde allí nos espera un gran descenso hasta el Balneario, pero la travesía de la cuenca de Bramatuero se hace algo tediosa y el rodeo total un tanto excesivo. Existe, empero, otra posibilidad: los ibones de Pecico y la contemplación de dos gallardas cimas: Punta Zarre y Gran Facha, junto a sus satélites no menos hermosos… y bien defendidos, salvo en lo que se refiere al ya mentado entorno del Marcadau. El nuevo refugio de Bachimaña facilita mucho, merced a la importante reducción de horario, el ataque a estas cumbres que, no obstante, requieren una planificación específica de asalto e incluye en el guion recursos siquiera elementales de escalada.

la Quijada de Pondiellos
de Piedrafita a Punta Zarre
la cumbre de O Peñón, asoma con timidez; a la derecha la de Xuans, aún más discreta.
la cuenda de Bramatuero; su tránsito es algo más complejo de lo que aparenta.
O Peñón, altivo y magnífico. Su vía normal transcurre por la cresta Sur.
la Gran Facha, nunca fácil pero quizá uno de los objetivos menos problemáticos de la región.

En cualquier caso, la cuenca de Bachimaña es un objetivo por sí mismo. Mas, si no sabemos vivir sin cumbre —algo que se aprende con los años—, tanto O Peñón como Xuans son dos picos próximos que nos brindan excelentes corredores no excesivamente largos ni demasiado complicados, siempre que los encontremos en buenas condiciones. Ambas cimas se pueden alcanzar directamente desde el refugio de Bachimaña, bien por la ruta del ibonet de Coanga o desde el embalse superior. Queda, en fin, una última cumbre muy interesante y accesible en invierno: el pico de Tebarrai,aunque muy alejado ya.

el refugio de Bachimaña. A la derecha, el lomo que permite el acceso al ibón de Labaza y al Cerro Gascón.

jueves, 22 de octubre de 2015

La utilidad de los bastones en montaña

No pretendo dar lecciones a nadie: son estas líneas exclusivamente un testimonio de mis vivencias; pero si, además, resultan útiles para alguien, tanto mejor: puesto que cargamos con un trasto más en el equipo, aprendamos a sacarles el máximo partido.

la Partacua desde Panticosa
Con los bastones de montaña he experimentado una larga relación de amor y odio. O, quizá, sería más apropiado hablar de odio-amor, a la vista de la evolución que puede apreciarse en mi opinión. Desde luego, los bastones son imprescindibles en las actividades relativas al esquí de montaña, con especial alusión a los descensos caminando con las incómodas botas rígidas cuando desaparece la nieve. Pero en la época estival jamás los había utilizado hasta que las rodillas así lo exigieron, tras tantos y tantos episodios de descensos brutales con evidente desprecio hacia mis articulaciones.

camino del ibón de Estanés

Dos serias objeciones planteaba hacia la utilización masiva de bastones: por un lado, su incompatibilidad con el desarrollo del equilibrio e incluso la conservación de buenos hábitos adquiridos; por otro, su engorro y peligrosidad en los pequeños pasos de escalada si se renuncia a plegarlos y guardarlos en la mochila. Sobre este segundo punto, se puede aducir una refutación inmediata: todo es cuestión de perder un par de minutos en recogerlos, a poco que el terreno lo aconseje, tal y como, por supuesto, hacemos al pie de una vía de escalada. ¿Todavía es preciso recordar que las maniobras de colocar y recoger crampones, bastones o esquís hay que realizarlas en terreno cómodo, fácil y seguro, antes de vernos obligados a penosos y acrobáticos ejercicios sobre escarpadas laderas?

Por el contrario, perdura la vigencia de la primera objeción, si bien conviene precisar algunos matices. El equilibrio es una cualidad esencial para trepar, pero solo resulta realmente indispensable en la escalada de alto grado, pues en los niveles inferiores de dificultad la fuerza bruta, decisión y otros recursos pueden subsanar con relativa eficacia las carencias técnicas y de equilibrio. ¿Y qué le importa esto a los senderistas? Obviamente, nada, aunque la UIAA recomienda no abusar de los bastones, pues el equilibrio también es importante para caminar y supone un pequeño ahorro de esfuerzo en cada paso, con lo que ello implica tras muchos, muchos, muchos pasitos… Un detalle suplementario: la percepción inducida por nuestro sistema propioceptivo puede ser notablemente alterada por el apoyo en un bastón y, en consecuencia, la noción de equilibrio también resultara afectada; pero cuando el bastón se usa para proporcionar impulso, el equilibrio que interviene es de carácter dinámico. Otro mundo, vamos.

bloque en Caussiat (Candanchú); el paso podría ser de V-

Insisto en que he llegado al uso generalizado de los bastones por imposición de unas rodillas quebrantadas y como única solución válida para solventar los fastidiosísimos descensos. ¿Vale? Pues ahora llega lo bueno: descubrir una tras otra las ventajas que los palitos en cuestión me han ido revelando y que, desde luego, compensan sobradamente sus inconvenientes. Podría empezar por el cruce de torrenteras y arroyos crecidos (¡geniales!), tanteo del terreno inestable (menudas antenas), utilidad sobre nieve y hielo (¡ojo!, la autodetención con bastones es factible, pero de éxito siempre dudoso)… Obviamente, también sirven para otras muchas cosas, como atrapar un higo fuera de nuestro alcance, amedrentar a un chucho pendenciero o encauzar nuestra ira hacia algún colega impertinente (ingenio y habilidad de cada uno, así como las exigencias de cada caso, han de marcar la diferencia).

Estos detalles apenas lindarían en lo puramente anecdótico, ¿verdad? Tal vez, pero más allá de la banalidad, es un placer descubrir la diversidad de usos que los bastones pueden brindar. En todo caso, he dejado para el final la discusión del punto clave: la aportación de los bastones como impulso durante el ascenso. ¡Ahí es nada; ahí, sí que sí! He leído en alguna parte que pueden suponer en torno a un 15% de ahorro en el esfuerzo requerido; resulta muy aventurado evaluar tal economía, pero, desde luego, puede llegar a ser muy relevante, quizá bastante superior a ese porcentaje sugerido. Sin embargo, buena parte de quienes sienten querencia por la montaña y con los que me cruzo por esos senderos de Dios, se sirven de los bastones únicamente como apoyo, mientras que si nos impulsamos con ellos, buena parte del esfuerzo se desvía hacia los infrautilizados brazos y tronco, con una distribución más armónica y eficiente del trabajo; el empuje, además, puede aprovecharse no solamente en terreno propicio, sino en múltiples circunstancias, descartando a la vez muchos gestos de sobresfuerzo, que tan molestas secuelas suelen legar. En suma, es tal el beneficio aportado que me he reconciliado con las antaño vituperadas trancas. Y ello aun a pesar de algunos trastornos que también he padecido, como su repentino plegado justo cuando más los necesitas (y, por tanto, más les exiges) o esas malditas rodelas rígidas para nieve polvo que impiden el clavado de la punta en el hielo de una pendiente empinada.

valle de Aspe

En fin, que ya se han hecho un hueco indispensable en mi equipo. Y no solo lo agradecen mis rodillas.

martes, 1 de septiembre de 2015

La tercera Marmolera: Infierno occidental, cara oeste.


Infierno occidental y su marmolera oeste desde el valle de Pondiellos
Me colocó el arnés y distribuyo el material. Me encuentro a 2.550 metros, al pie de la marmolera occidental del Pico del Infierno, la más visible desde Formigal (y la de mayor superficie, casi 16 hectáreas). Los primeros metros de moderada inclinación se ascienden sin ninguna dificultad, a pesar de que la roca es muy lisa y dotada de solo presas redondeadas. El aspecto de la placa es ciertamente marmóreo, con un porte extremadamente lavado por la erosión; de hecho, aunque afirmaba lo contrario en la entrada del blog dedicada a la mamolera suroeste, es esta occidental la que con mayor razón ostenta su nombre. Una roca harto peculiar y fascinante que nos seduce de inmediato.

el labio inferior de la marmolera semeja el frente de un glaciar pétreo
marmolera oeste: tramo superior del itinerario descrito, a partir de la zona plana intermedia
Observo aquí y allá hilillos de agua que manan de fisuras imperceptibles; pienso que de estar la piedra húmeda la ascensión se complicaría notablemente, pues la adherencia deja mucho que desear sobre esta roca tan pulida; enseguida alcanzo un rellano casi plano que se atraviesa andando y desde el que puedo estudiar sosegadamente la continuación de la escalada, ya que la pared se empina enfrente de mí formando un pequeño circo: he seguido hasta aquí una veta de mineral oscuro que se desvía a la derecha hasta alcanzar casi la vertical; parece disponer de abundantes presas pero esta opción nos hurtaría la mitad de la marmolera, e implica culminar la ascensión por el roto y desagradable terreno que conforma la faz oscura del macizo, en los lindes de sus afamadas marmoleras. En cuanto a la atractiva y probablemente más difícil continuación por el eje central de la placa, se adivina allí mucha humedad, pues no deja de constituir el desagüe natural de la vertiente, con el grave inconveniente suplementario de canalizar también cualquier potencial desprendimiento de piedras. 

la veta oscura que he seguido inicialmente se desvía hacia la derecha y se desvanece en el esquisto
Cuando proyecté la salida, omití un significativo factor a tener en cuenta: estamos en agosto y a pesar de estar aún lejano el fin de semana, numerosos montañeros atacan la vía normal que proviene de Brachimaña, la cual cruza justo por el borde superior de la marmolera, lo que supone un peligro nada despreciable de lapidación inmisericorde; de hecho oigo caer numerosas piedras lejos de mí, a la derecha; tal vez incluso algunas se desprendan por sí solas, sin ayuda humana. Así pues, no dudo en decantarme por las vetas de la margen derecha, donde existe mayor protección.

viniendo de Tebarray, se abordaría la marmolera a media altura y se podría continuar por el perfil recortado en el cielo
otra perspectiva más amplia de la placa, captada durante el retorno
La máxima inclinación de la pared coincide con un cambio en la naturaleza de la roca, ahora similar a la de la marmolera suroeste, con notable mejoría de la adherencia y con mayor presencia de presas, si bien no diviso apenas ningún potencial emplazamiento para ningún tipo de seguro, salvo que se disponga de los históricos clavos extraplanos, concretamente las pitonisas de acero duro… ¿dónde quedaron las mazas de la época gloriosa del alpinismo? Pero es ahora cuando echaremos de menos esa seguridad imposible: continuidad de pasos de IIIº con algún que otro IVº-, hasta que desaparece el impulso vertical y la dificultad disminuye: en adelante, solo IIº con algún esporádico y breve IIIº- intercalado y eludible sin gran contratiempo, sobre una roca ya característica del típico calcáreo gris claro; bastante roto, con numerosas presas y considerable adherencia, mas no demasiado fiable. Finalizo la ascensión de la placa directamente, muy a la izquierda de las líneas oscuras que dibujan las vetas que me han servido de guía en la parte más difícil de la ascensión. Aún queda un trecho nada despreciable hasta la antecima occidental de la Quijada de Pondiellos, más conocida como Infierno Occidental.

la cima y la marmolera suroeste,  desde el Infierno occidental
La placa oeste tiene un desnivel próximo a los 400 metros, bastante superior, pues, en longitud a su vecina suroeste; si bien, en mi opinión, no tiene la belleza de la vía descrita en la entrada de junio, su dureza, compromiso, dificultad e interés deportivo son mayores. Creo que bien merece una cotación de AD+ merced sobre todo a la complejidad del aseguramiento… si es que resultara factible. El punto de partida será Sallent, con un desnivel acumulado en absoluto despreciable, cercano a los 2.000 metros; también parece posible partir de Brachimaña e iniciar una travesía desde Tebarray, si bien en este caso abordaríamos la marmolera por su margen derecho a media altura, pues el descenso hasta su base se antoja excesivo.

el glaciar del Infierno aún existe ¿perdurará todavía en mi próxima visita?
Infierno occidental y panorama desde la cima central
Apenas si recuerdo mi ascensión por la cara norte clásica, hace ya muchos años. Sin embargo en aquella vía tan solo se roza la marmolera septentrional, ya que el itinerario discurre en su mayor parte por la intersección con los esquistos. Así que nada tiene de extraño que aquella excursión no consiguiera cautivar mi interés por las marmoleras, lo que, evidentemente, no ha ocurrido este año: no es muy habitual que ascienda a una misma cima dos veces en menos de un par de meses.
Pero en ambos viajes al Infierno, he encontrado el cielo.

que no, que no; que no me había olvidado de una foto del alba
las cimas de Ip desde Pondiellos
el desagüe de los ibones de Pondiellos
la marmolera suroeste durante el descenso
el comienzo de la vía que recorre la marmolera suroeste
los ibones de Pondiellos, ya sin rastro de hielo
Track: http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=12808191

miércoles, 19 de agosto de 2015

Pico de Lecherín, cresta suroeste.

naranja, vía reseñada (D); azul, canal sur (PD); verde, vía normal (F)

Todavía es de noche en Canfranc cuando me calzo las botas e inicio la caminata. Aún no lo sé, pero las cosas no saldrán exactamente como estaban previstas y la excursión al pico de Leserín (que no Lecherín, como se refleja en todos los mapas y es de uso común, y también Pico de la Garganta de Borau) se prolongará hasta acumular un desnivel superior a los dos mil metros; por su parte, el breve asalto a la cara sur del pico, una escalada corta pero interesante, entrañará pasos bastante serios. A pesar de ello, culminé mi proyecto, así que el regreso fue muy feliz; esta vía, sin embargo, no tiene excesivo sentido, pues la proximidad a las dos normales resulta evidente: sobre todo prevalece el interés deportivo, del que, por fortuna, no carece; además esconde alguna curiosa sorpresa. En cuanto a la roca, resulta sólida y fiable, si bien no se distingue por su adherencia; encontré la pared todavía con abundantes restos de humedad, secuela de un fuerte chaparrón y de la boira que había arropado la montaña durante la tarde anterior, pero no creo que totalmente seca experimente una notable mejoría.


que no falte la correspondiente foto del amanecer; ¿para eso sirve madrugar tanto, no?
...y ya puestos, la alborada sobre el circo de Ip

Pero tornemos al principio: partí por el camino del barranco de los Meses (GR 11), el cual asciende hasta la majada de Gabardito tras conectar con la pista que proviene de Villanúa; un sendero franco y bonito que cuando alcanza la zona abierta de pastos, y enseguida un primer refugio forestal, se interna en un fastidioso sube y baja, culpable en parte del desnivel que terminaré acumulando. Realmente, en muy pequeña parte, ya que la visita a la Cueva helada de Lecherines se llevó el gran premio en cuanto a esa cuesta suplementaria. Tras sobrepasar la majada de Lecherín Bajo, habremos de continuar hasta las proximidades del refugio militar López Huici, desviándonos algo antes de alcanzarlo hacia nuestro objetivo por el camino más evidente que nos resulte cómodo. Existen vestigios de senda hasta el collado, ubicado a 2.400 metros, entre los Mallos de Lecherín y el pico; así pues, desde aquí únicamente 170 metros nos separan de la cumbre, de los cuales solo unos cien serán de escalada.

la majada baja de Lecherín; ¡Leserín!

Desde el collado se advierte una canal que escinde la cara sur por su mitad y sube hasta las dos puntas gemelas que conforman la cima, donde se distingue un pequeño forato. Por este corredor transcurrió mi primera ascensión al pico, a finales de los años setenta. Es más fácil de lo que aparenta, tal y como también se verifica en el espolón que desciende justo a la derecha y por el que transcurre la vía normal, así como el camino de descenso (apenas requiere el apoyo de las manos). Quizá influido por estas peculiaridades entendí como muy accesible el resto de la cara sur, con excepción del zócalo de roca más clara en el que se sustenta y que llega al extraplomo en su base.

los Mallos de Leserín, durante la aproximación desde la Majada Alta; a la derecha, el pico
...y con un poquito más de detalle desde las proximidades del collado
el pico de Leserín; ya se advierten los detalles
...y se puede apreciar que la canal sur es bastante tumbada; también, la supuesta facilidad de los espolones.
La vía normal parece menos escarpada de lo que es.

Estaba convencido de que se podía realizar un trazado a la medida de cada cual, de acuerdo con el estado físico y anímico, con la posibilidad de rectificar la línea de ascenso siempre que se desease. ¡Pues nada de eso! Ataqué el primer muro mediante una corta y desdibujada chimenea, eludiendo el mentado zócalo, complicado y dotado de presas redondeadas. Ya estos primeros metros (III/IV) anuncian que el pico de Lecherín sabe cómo defenderse. Y el augurio tiende a ir de mal en peor, alternando relajantes plataformas con pasos duros que obligan a rastrear continuamente la trayectoria de menor resistencia.

desde el collado se aprecian bien las diferentes líneas de ataque

Hacia la mitad de la ascensión se alcanza lo que desde abajo semeja una gran terraza desde donde parece factible elegir la continuación de la escalada entre varias opciones, ninguna de ellas demasiado complicada. Pero lo que encontré fue el enorme brocal (unos quince o veinte metros de largo por cuatro o cinco de ancho) rigurosamente rectangular y de muros verticales de una enorme sima, de profundidad insondable; ¡Dios mío, esta montaña está hueca! Claro que, deslumbrado por el sol, no se advertía el fondo, pero el apagado y lejano sonido de una piedra que arrojé para comprobar la magnitud del abismo tardó una eternidad en volver hasta mí… una espeluznante eternidad, al constatar que la única salida viable hacia la cima progresa justo a través de una cornisa ascendente sobre la negra boca del agujero. Para mayor emoción, la cornisa se interrumpe poco más de un par de metros por debajo de una grada que será preciso alcanzar mediante el paso más complicado y expuesto de la vía (IV+). La continuación es más sosegada, si bien manteniendo siempre un apreciable nivel de dificultad (III/IV) hasta la cima, en la cual perdura un simpático buzón que ya estaba allí durante mi primera ascensión.

edición, febrero 2021: La entrada de la gruta tiene exactamente 14 metros de fondo por 4 de ancho; la profundidad vertical alcanza los 70 metros en el pozo inicial, prolongándose después hasta los 150 metros, con un desarrollo total de 210. Corresponde al nombre de Grallera del Libro, según el Centro de Espeleología de Aragón (el pico es también conocido como del Libro). Referencia: Aragón Subterráneo, número 2, 2019 p. 36 (revista del CEA).

el vecino Aspe desde la cima
al Este, el circo de IP: la Pala de Ip, Ezcarra, Águila, Bucuesa y Collarada
los Mallos desde la cima
la antecima oriental; abajo, a la izquierda, Rioseta
el simpático buzón de la cumbre, hoy sin tarjetas
perfil del espolón ascendido

La Cueva helada de Lecherines no está muy lejos. ¿Por qué no visitarla? Pero un inmenso lapiaz nos separa de su boca; el intento de atravesar este atormentado glaciar de piedra sin perder altura implica una ingrata tarea de incierto desenlace. Es más aconsejable descender hasta la senda que une la caverna con el refugio López Huici, si bien cuando tomé esta decisión pensaba que la pérdida de altitud iba a ser menor de lo que realmente es. En compensación, desde la gruta desciende un bien marcado camino hasta la majada baja de Lecherín. La visita fue un tanto decepcionante, ya que ha desaparecido la gran columna central de hielo y en su lugar existe un curioso hueco elaborado trabajosamente por el goteo del techo, ese goteo que ya no persiste congelado en estío. Tampoco perdura el lago ni la cascada de hielo.

la gran boca de la Cueva helada de Lecherín desde su interior
justo aquí se formaba una gran columna de hielo, sustituida por este agujero cuando el goteo ya no se congela 
la cavidad lateral junto a la entrada, con su lucarna superior

Y por fin, para el retorno a Canfranc, puede utilizarse el sendero que desciende por el barranco del Aguaré; se toma justo cuando se desvanecen los pastos y aflora la pista de Villanúa. Allí, un prudente letrero nos advierte: “Clavijas, difícil”. Pero no hay tal.