Vías Pirineos de dificultad media, [escalada PD, AD, D (IIº/IVº, máx. Vº)]. Vivencias de montaña. Rincones desconocidos o escasamente divulgados. Y alguna que otra reflexión

jueves, 6 de febrero de 2014

Peña Roya y Peña Blanca

Sabocos
Hoy, toca monte, ¿no?… Sin embargo, la predicción meteorológica indica una elevada probabilidad de aludes, pongamos que incluso roza el 4. ¿Dónde ir? 

bello amanecer sobre la Partacua
Cualquier salida a la montaña exige asumir un determinado nivel de riesgo que, en el caso del esquí de travesía, se concreta esencialmente en la posibilidad de caer atrapados por una avalancha. Particularmente peligrosas son esas insidiosas placas que construye la ventisca a sotavento del relieve y que solo esperan el peso de nuestro cuerpo para desprenderse; placas erigidas por el capricho del viento y no siempre fáciles de detectar, sobre todo cuando quedan enmascaradas por nevadas posteriores a su formación.

...y sobre las Argualas
 Las estadísticas muestran que la mayor parte de los accidentes provocados por aludes tienen lugar con riesgo 3, quizá por exceso de confianza. En cualquier caso, cuando el nivel señalado por la predicción asciende hasta un 4, es preciso extremar las precauciones y, en caso de optar por la realización de cualquier actividad, elegir cuidadosamente el trazado más protegido. Obviamente, nunca desaparecerá totalmente el riesgo, inherente a la práctica del propio montañismo; al fin y al cabo, también subir al vehículo que nos llevará desde el fondo del valle al pie de la montaña entraña ciertos y no nada despreciables peligros.

la montaña del Verde ¿o Fazeras?, vigía del ibón de Sabocos 
 En fin, sea como fuere, hemos decidido calzarnos los esquís. Entre los muchos recorridos posibles, la ascensión a Peña Roya y Peña Blanca, en la Sierra de Tendenera, suele mostrarse razonablemente segura, ya que la mayor parte del recorrido transcurre sobre las pistas de la estación de Panticosa. El itinerario parte del mismo pueblo, en la terminal inferior del telecabina, desde donde cruza el puente sobre el Bolática y aprovecha la pista de servicio de las instalaciones. Por el margen de las pistas se alcanza la estación superior y, por encima de ella, hacia los 2.100 metros, las inmediaciones del ibón de los Asnos; con un poco de suerte contemplaremos un hermoso amanecer. Justo a la salida del remonte Corona de Aragón, abandonaremos la cómoda nieve pisada para internarnos en una pequeña vaguada, casi siempre cubierta de incómodos ventisqueros muy profundos, antes de afrontar el resalte empinado (¿Faja Mandilar?) que flanquea toda la ladera por debajo de la cresta entre Sabocos y el Portielllo Chetro. Estamos ante el primer punto conflictivo del recorrido, aunque no recuerdo haber visto rastros de avalanchas por su costado oriental; todo lo contrario de lo que sucede en su extremo opuesto, bajo la arista Arbex, que desciende de Peña Roya por el norte hasta el Cuello Bozuelo, casi siempre surcada por numerosas trazas de pequeños desprendimientos. Tampoco suele faltar allí otro alud, este ya importante, que atraviesa la rinconada en la cabecera del ibón de los Asnos para depositar enormes bloques sobre el agua helada. Resulta, pues, del todo desaconsejable, rodear el ibón por este lado, mediante una travesía desde el Cuello Bozuelo, tentación muy atractiva si, por su menor desnivel, hubiéramos decidido partir de Hoz de Jaca. En tal caso, la mejor opción pasaría por enlazar con el itinerario descrito en la estación superior del telecabina.

Peña Roya desde lo alto de la Faja Mandilar. Nos colaremos bajo sus pie hasta el Portiello Chetro, a la izquierda
Obviamente, para llegar bajo la Faja Mandilar, queda otra llamativa solución, que tampoco recomendaré, muy a pesar de ser cómoda, fácil y rápida: pasar por caja y dejarse llevar cómodamente por los remontes de la estación. ¡Eso no vale!

Peña Roya: abundantes restos de placas desprendidas y huellas de avalancha por todas partes.
Sin embargo, a la fábrica de aludes aún le queda abundante munición
Afirmaba antes que nunca he visto rastros de aludes en el extremo oriental del resalte, justo en dirección a Peña Sabocos. ¿Seguro, pues? Nunca se sabe. Los primeros metros son muy empinados, si bien suelen aflorar algunas grandes rocas hacia la izquierda, que, además de fijar la nieve movilizable, indican el trazado de mayor seguridad. Enseguida, la pendiente se suaviza y asciende en dóciles ondulaciones, por las que habremos de encaminarnos hacia el oeste para coronar el lomo del resalte, limitado al otro lado por una leve hondonada con nieve muy profunda que conviene eludir. Ya en las proximidades de la cresta Arbex y suficientemente apartados de la ladera, giraremos a la izquierda para ascender por la vaguada que conduce en suave pendiente en dirección al Portiello Chetro (2.525 metros).

huellas de avalancha sobre el ibón de los Asnos, entre el extremo de la franja Mandilar y la arista Arbex
Aquí afrontaremos el segundo punto conflictivo del recorrido. La pala que defiende el Portiello, a nuestra derecha, se empina progresivamente y puede estar coronada por una cornisa más o menos marcada. Además, por su orientación, idéntica a la de las amenazadoras placas de la arista Arbex, es marcadamente sospechosa, aunque las huellas de aludes suelen interrumpirse en sus proximidades. No obstante, la zona peligrosa es muy pequeña y puede soslayarse ascendiendo muy pegados a la roca, hasta aprovechar la primera brecha que la corta; probablemente, será mejor subir sin esquís, excepto si creemos que arriba vamos a encontrar nieve muy profunda.

la arista norte de Peña Blanca (Arbex), desde Mandilar
Desde el Portiello Chetro, la cima de Peña Roya (2.575 metros) está muy próxima; un poco más allá se alza Peña Blanca, también al alcance tras salvar mínimos desniveles. En cuanto al descenso, por el mismo itinerario, será un placer surcar esta nieve profunda: si hay suerte, también encontraremos nieve virgen en la propia estación, hasta la zona de servicios Selva Verde; allí retomaremos la pista de acceso a la estación desde el pueblo, generalmente agradable de esquiar, aunque puede estar cortada en varios puntos; también es frecuente que existan incómodas placas de hielo en los últimos metros. Pero todo esto lo sabremos ya de antemano, puesto que estaremos recorriendo en sentido inverso el camino de ida.

sábado, 4 de enero de 2014

¿Esquí de montaña o montaña con esquis?

Reproduzco un artículo escrito para el anuario de Montañeros de Aragón de un ya lejano 2004. Desde entonces, mi experiencia con los esquís cortos es bastante dilatada, pues siempre los llevo en montaña. Cerraré esta entrada con las conclusiones derivadas de esa mayor experiencia.

Esquí corto... ¿más medio que fin?

Unas tablas cuya longitud no supera el metro, una fijación muy simple, que permite la liberación del talón para ascender y la retiene (sin mecanismo de seguridad) en los descensos. Todo, incluyendo pieles y cuchillas, por un peso que ronda los tres kilogramos y que, sobre todo, tiene un momento de inercia muy inferior al de los esquís convencionales...

¿Esquí de montaña o montaña con esquís? Esta es la cuestión clave. Si soñamos con amplias laderas de nieve polvo fresca, cuánto más profunda mejor, muchos grados bajo cero y una estela surcando el blanco infinito como huella de un descenso ideal... ¡seguiremos soñando mucho tiempo! en pos de una ilusión casi utópica, empapados en nieves embarazosas, costras que se aplastan e intentos malogrados de giros imposibles. La frustración será, demasiadas veces, nuestra infatigable compañera, pero, por si aún no fuera suficiente, resulta muy duro abrir huella en esa nieve tan profunda y el riesgo de aludes en tales condiciones supera con facilidad lo aceptable.

bajo las Foratulas (Brazato, Panticosa)

Existe otro punto de vista: cualquier terreno, cualquier nieve. Lo importante es estar allí; llegar, volver... desenvolvernos aceptablemente en unas condiciones en las que osar esquiar parece poco sensato. Olvidar (o casi) las engorrosas vueltas maría y descargar más de un kilo de cada pie (al menos quienes disfrutábamos de equipos catalogables en el rango de reliquias); descender por los espacios más estrechos y vencer los corredores más inclinados, por el módico precio de renunciar a la velocidad... En tal caso, lo nuestro puede ser el esquí corto.

Mis argumentos se basan en una experiencia más bien breve, de sólo tres salidas a final de temporada, la última en pista, en la que tuve la oportunidad de distribuir mi tiempo entre los esquís convencionales y los cortos. Y, además, la comparación se establece entre unos Rossignol Free Venture recién estrenados y unas tablas con más de dos décadas de solera, equipadas con fijaciones Silvreta 400. A pesar de todo, las conclusiones parecen claras: el esquí corto se ha mostrado claramente superior en casi todo, especialmente en situaciones comprometidas y nieves difíciles, salvo en presencia de hielo y al precio anunciado de renunciar a la velocidad.

ascenso a Garmo Negro (Panticosa)
Dos excursiones tuvieron como escenario al Balneario de Panticosa; en la primera, durante la ascensión al pico de Algas, encontré nieve primavera, con una costra ligera y pequeñas zonas de hielo que desaparecieron durante la bajada. El ascenso fue una delicia y el descenso una sorpresa continua, que me invitaba a abordar con seguridad las pendientes más escarpadas. Únicamente pude constatar cierta inestabilidad (perfectamente soportable a velocidades reducidas), ligera dificultad para mantener diagonales y una difusa tendencia al clavado de las espátulas... nada grave. Por el contrario, la excelente maniobrabilidad de las tablas fue un estímulo para intentarlo todo, incluso giros en el reducido espacio de los zig zag que describe el sendero de verano, ya en las proximidades del Balneario. Durante mi segunda visita a las Argualas, la nieve se presentó húmeda y muy profunda, con una costra muy ligera e irregular, en la que el bastón se hundía sin esfuerzo más de un metro. En tales condiciones no llegué muy lejos. Abrir huella se mostró tan duro o más que con los esquís tradicionales, pues me sumergía en la nieve hasta los tobillos y cualquier movimiento en falso incrementaba el hundimiento. La facilidad en las vueltas maría (tanto porque apenas son necesarias como por que cuando se realizan resultan muy cómodas) nunca compensó el mayor hundimiento; en cambio, el descenso por esta nieve desastrosa fue muy satisfactorio. La huella corresponde a la de un esquí conducido, casi sin derrapaje y las sensaciones que trasmiten las tablas son muy similares a las del esquí tradicional, sólo que se experimentan de forma muy dosificada, como a cámara lenta... lo que todavía permite disfrutar más de ellas. Ciertamente, las espátulas llegan a desaparecer por completo y, en ocasiones, la nieve sube casi hasta las rodillas: no hay problema, puesto que basta con mantener una mínima separación de piernas para evitar un intempestivo cruce de las tablas y éstas se controlan perfectamente, incluso en estas condiciones bastante excepcionales (hacía muchos años que no encontraba una nieve tan profunda y, a la vez, tan alejada de ese polvo fresco y liviano que tanto ambicionamos).

el esquí corto
Por fin, en Candanchú, con nieve primavera, tuve ocasión de realizar una comparación de mayor entidad. Durante las primeras horas de la jornada, calcé las tablas largas. Las condiciones eran excelentes en las pistas preparadas, pero mis incursiones en nieve virgen, con algunas huellas todavía heladas, resultaron poco estimulantes. Ya con los esquís cortos, el primer descenso sobre unas placas relativamente duras fue decepcionante, con una clara mejoría en nieve más profunda. En la misma zona virgen donde poco más de media hora antes dispuse de escasas concesiones, los esquís cortos se desenvolvieron de forma muy aceptable. Aún fue mejor el descenso del corredor de la Zapatilla: francamente, creo que con las tablas largas apenas habría disfrutado y, desde luego, el esfuerzo requerido para los virajes, necesariamente por salto, hubiera sido muy superior. Más tarde, pude también constatar una rápida adaptación a la nieve de pista, sobre la que también es posible alcanzar cierta velocidad; algo poco aconsejable con este tipo de esquí, pues la velocidad resalta todas sus carencias, las cuales apenas se manifiestan en caso de un comportamiento más adaptado a las características del esquí corto.

fijación... sin seguridad alguna. ¿De verdad prescindible?
En resumen: cuanto peores son las condiciones y más estrechos, pendientes y comprometidos los pasos, mejor comportamiento del esquí corto, al precio, ya referido, de desenvolvernos a escasa velocidad, algo a lo que, por otra parte, invita este tipo de esquí, especialmente si cargamos con una pesada mochila y las piernas están ya fatigadas por el ascenso. Entonces, la inestabilidad inherente a las tablas cortas se compensa de forma ventajosa con su excelente maniobrabilidad. Una difusa sensación de pérdida queda ahí, a pesar de todo. El esquí corto, más una herramienta que un fin en sí mismo, supone algo de renuncia, de abdicación; a cambio, nos proporciona una ilusión renovada y nos abre la puerta a un nuevo mundo en el que sólo la imaginación establece límites; quizá, también, un peligroso estímulo para nuestra osadía.

traza sobre nieve profunda. A la derecha, la huella de ascenso: el "punteado" denuncia el hundimiento de cada paso
Existen, al menos, dos opciones de esquí corto disponibles en el mercado: Los Rossignol y los Kong, estos últimos algo más pesados y dotados de fijación metálica. Ambos se sirven con pieles ajustadas a la suela y cuchillas para hielo; también podemos encontrar una versión intermedia, en torno al metro treinta, sobre la que podemos aplicar fijaciones de seguridad, pero, en mi opinión, los extremos son preferibles: o menos de un metro o tradicionales. En cualquier caso, sería deseable que las versiones actuales fueran todavía un poco más ligeras y puede mejorarse mucho la adaptación a las botas de montaña, ya que una de las funciones típicas del esquí corto es, sin duda, la de facilitar la aproximación a objetivos más relevantes.

Bien; hasta aquí el artículo. Lo primero que he de añadir es que han dejado de comercializarse los Free Venture de Rossignol (aunque, al parecer, se siguen vendiendo bajo otra marca: STC Snow Venture); tampoco será fácil encontrar unos Kong y he visto cómo desaparecían rápidamente excelentes propuestas de otras marcas como Hagan (Nanook). Al parecer, el esquí corto no goza de mucho éxito, pues tampoco me he cruzado con otros esquiadores equipados con "snowblade" o "bigfoot", como también se conoce a este tipo de esquí. Ciertamente, se ofertan hoy excelentes fijaciones de una gran ligereza y tablas largas adaptadas a las cotas "carving"  contra los que resulta difícil competir y que proporcionan maravillosas experiencias en todo tipo de nieves. Sin embargo, por mi parte, me ratifico en casi todo lo afirmado anteriormente, si bien podría subrayar que el esquí corto se desenvuelve especialmente mal sobre hielo, hasta el punto que en alguna ocasión he tenido que sustituirlos por los crampones; también se mueven con escasa soltura en terreno llano y pendientes muy suaves con nieve profunda. Pero, cuando viajan en la mochila o se deslizan sobre una melaza profunda, pueden resultar una bendición.
Quienquiera que desee profundizar sobre el esquí corto, deberá sumergirse en internet y armarse de paciencia. Algunas de las palabras claves podrían ser: skiboard: gaspo, summit y revel8; luego quedará investigar, entre otras cuestiones, cómo adaptar a un determinado modelo una fijación que permita liberar el talón para los ascensos. Haberlas, haylas; más complicado será encontrar cuchillas o focas previamente adaptadas, aunque para estas últimas siempre se pueden cortar a la medida unas con anchura previa suficiente.


descenso del Pico Royo (Formigal, Culibillas)
Y una advertencia final: quien no posea previamente una mínima técnica de esquí, no solucionará sus problemas merced al esquí corto, por muy manejables que sean estas tablas.
Ampliando las advertencias, diré que no, que no funcionan las botas de montaña. Lo he intentado un par de veces, siempre con resultado negativo. Son demasiado blandas, incluso las más rígidas y provistas de suplementos "ad hoc"; ya encontraremos muchas limitaciones con buenas condiciones... ¿qué se puede esperar en hielo, cuando hasta la bota de travesía no llega a proporcionar un apoyo lateral suficiente? Además, para escalar en hielo, mejor la bota de travesía que la de montaña, que solo puede ser superior en roca y mixto.

domingo, 1 de diciembre de 2013

La Predicadera. Jabalí errante.

los mallos de Ligüerri desde el embalse de Vadiello
Si bien Vadiello es una conocida escuela de escalada deportiva, algunas zonas en su órbita, como San Cosme y la Predicadera apenas son frecuentadas. El Huevo de San Cosme fue escenario de viejas batallas y su conquista se remonta al año 1951; la historia de la Predicadera es más corta y la que tal vez fuera su primera vía, Jabali errante,  fue abierta hacia 1984 por Max Garralaga y Jesús Estaún. Sea como fuere, se trata de un hermoso y accesible itinerario, que discurre sobre un conglomerado calizo (tillita) muy sólido y de excelente adherencia.

pista de San Cosme; a la derecha, la Predicadera y, al fondo, Montidinera
La Predicadera, donde la escalada está sometida a restricciones durante los seis primeros meses del año, se alza bajo el Tozal de Guara, a caballo de las cuencas del Calcón y Guatizalema, y forma un espléndido contrafuerte del pico Montidinera; es un soleado rincón protegido de los vientos del norte, por lo que resulta un excelente destino de invierno. Se llega en poco más de una hora desde Vadiello, pero los comodones pueden servirse de la pista (sin asfaltar) que conduce al eremitorio de San Cosme y San Damián desde la carretera de Loporzano a Aguas; en tal caso, la aproximación se reduce a escasos minutos.

la Predicadera, flanco occidental
No es la Predicadera una escuela de escalada deportiva, sino más bien de itinerarios clásicos. De hecho, una de sus características más sobresalientes es la separación entre seguros; en la actualidad, Jabalí errante, 140 metros, está reequipada, pero incluso ahora, la distancia entre uno y otro parabolt es notable y muy superior a lo acostumbrado en las vías de escalada deportiva. No obstante, el paso clave (6a ó A0/V) está bien protegido, excepto si se toma la variante original, que es la que voy a recomendar, pues aquí no hay seguros que valgan y, además, resulta muy complicada la autoprotección. Tampoco es sencillo llegar a pie de vía; desde la pista, es preciso tomar un sendero ascendente, nada más sobrepasar la cerrada curva que describe para cruzar el barranco Os Muertos. Tras ascender unos metros, siguiendo la desdibujada línea de mojones y veredas que pronto se pierden, existe una variada gama de opciones, si bien todas ellas sin apenas huellas de paso. Todo a la izquierda, por el cauce del propio barranco, discurre la alternativa más hermosa, pero también la de mayor dificultad, especialmente si alguno de sus tramos húmedos está helado. Todo a la derecha no existe otro impedimento salvo el muy enojoso de sortear la vegetación a través de un vasto rodeo. Y, entre ambos extremos, diversas posibilidades de sortear los muros que nos salen al encuentro; la alternativa más directa solventa el problema mediante un bonito paso sobre el muro final, más fácil de lo aparente.

itinerario naranja, vía actual; en magenta la variante original
Emprenderemos la ascensión por una pared que se empina progresivamente (IIº al principio, hasta IVº- después). Muy arriba ya, se encuentra el primer obstáculo serio de los dos que cuenta la vía; se trata de un enhiesto resalte que se atraviesa de derecha a izquierda, según dicta la intuición. En algunas reseñas, está cotado en Vº; en la original, IVº. A mi juicio, un IVº+ se ajusta bien a la realidad; también se puede superar directamente, en cuyo caso sí podría hablarse de Vº, aunque en su límite inferior. Encima, nos esperan unos metros fáciles, hasta un pronunciado nicho equipado para la consecuente reunión.

una cordada en la reunión previa al paso clave, por encima del primer muro
en el paso clave; mi propuesta transcurre por el perfil de la izquierda
salida en libre; vía original un par de metros por detrás del asegurador
Nos encontramos ante el paso clave de la vía, si bien el resalte anterior supone un punto de no retorno por su dificultad para destreparlo —en caso de no disponer de cuerda, claro—; ni en mi primera ascensión, allá por mediados de los noventa, ni en posteriores repeticiones, salvo la realizada esta semana, la llevaba; quizá eso explique por qué me atreví con el muro que domina al nicho. Hoy en día, la vía describe un quiebro hacia la derecha y se sirve de varios seguros (A0/Vº; en libre 6a); antaño, el quiebro se realizaba hacia el lado opuesto para superar el hombro panzudo que obstruye la progresión. Durante aquella primera ascensión, efectué un rodeo en travesía, sin duda impulsado por la exposición y la evidencia de carecer de seguro; tal rodeo fue excesivo, sin percibir una salida convincente, y me vi envuelto en una de las situaciones, más delicadas que he experimentado, muy escasas por fortuna. Por lo demás, su satisfactoria superación me brindó también la más gratificante vivencia que la montaña me ha proporcionado. Descubrí la solución en la siguiente ascensión, pocos días después: no es preciso ningún rodeo, simplemente se afronta la panza justo donde el nicho llega a desaparecer, merced a unas excelentes presas de mano poco visibles que requieren unos movimientos precisos y la técnica adecuada. Encima nos espera otro lomo, con presas redondeadas y menor adherencia (antiguamente existía aquí una laminilla suelta, el único punto descompuesto de la vía, que ha desaparecido; presa fácil, pero peligrosa, como el tiempo ha demostrado). En definitiva, un paso de IVº+ o, más prudentemente, un Vº-, que, aun careciendo de seguros y de muy difícil protección, es más interesante en mi opinión que el recurso a la escalada artificial de la variante actual.

la cornisa final de la vía; paso final justo a la derecha del reguero de agua
desde arriba: perfil de la mitad superior de la vía 
desde la cornisa superior, último paso de la vecina Espolón starlux
El resto de la ascensión apenas opone algún que otro paso de IVº-, así como una pequeña rampa final en IVº, sin exposición. Para alcanzarla, hemos de trazar una travesía horizontal hacia la izquierda bajo un enorme y espectacular techo. Esta cornisa se prolonga al otro lado casi hasta la Gran chimenea; puede recorrerse andando, aunque exige máxima prudencia, y puede utilizarse para llegar hasta el rápel de descenso por La boa de Manolo, caso de no bajar andando o montar el rápel desde la reunión superior de esa vía. Estos últimos metros nada difíciles, destacan por su espectacularidad estética. Lástima: apetece sentarse unos minutos en la cornisa, pero el gran techo impide su limpieza natural y el lugar parece ser también objetivo predilecto de la fauna rupícola.

la Gran chimenea
flanco inferior de la margen izquierda de la Gran chimenea
Ya he citado que el descenso suele hacerse por La boa de Manolo mediante dos rápeles, tengo entendido que de 60 y 50 metros, opción aconsejable si se desea hacer alguna otra vía de similares características, por ejemplo el Espolón starlux o Guanchinflú. En otro caso, es factible el descenso andando por el barranco del Pito, curiosa y enorme roca redondeada plantada a la altura del contrafuerte occidental de la Predicadera. Este descenso es incómodo y salvaje, pero también muy hermoso; en buena concordia con la aproximación desde Vadiello. Por cierto, en tal caso tampoco es desdeñable la visita a San Cosme y San Damián; para retornar a nuestro punto de partida sin retroceso, existe un bellísimo sendero que comunica la ermita-santuario con la pista de Vadiello, a la altura de la cruz cubierta.

flanco oriental de la Predicadera; centro izquierda, Jabalí errante
otra perspectiva del itinerario y su variante
Recuerdo final: escasos seguros y muy difícil autoprotección.


viernes, 1 de noviembre de 2013

Pic d’Arri (cresta oriental), Arlet, Gabedaille.

el pico de Gabedaille, a la izquierda, y el de Arri, a la derecha, desde Somport
Desde Somport, se divisan hacia el noroeste las siluetas de dos cumbres; la más elevada, el pico de Gabedaille (Acué), domina el paso de l’Escalé en la cabecera de Aguas Tuertas; a la derecha de esta montaña (cuya antecima norte figura en algunos mapas españoles como Gabedallo) y al otro lado del collado de Couecq o de la Contende (también Acué, muga 279), se alza una meseta de laderas escarpadas que lanza hacia el noroeste un suave cresterío hasta el Pic d’Arlet. Se trata del Pic d’Arri, también dotado de varias antecimas, regaladas con un fárrago de topónimos según la fuente consultada. Nuestros vecinos del norte se complican menos la vida y solo mencionan tres cimas principales en los mapas del IGN galo: Gabedaille, Arri y Arlet, si bien a la primera la denominan también como Signal de Espelunguère.

Somport desde Couecq; al fondo, las cimas de Ip y Collarada 
Siempre me he mostrado muy sensible a las luces de otoño y a sus colores deslumbrantes. Por ello, acostumbro a realizar alguna salida en octubre que transite por hayedos; el bosque de Espelunguère, sobre las Forges d’Abel, justo a la salida norte del túnel internacional de Canfranc, constituye una seductora empresa. Y un interesante proyecto consiste en recorrer la cresta extendida entre la punta conocida como Sommet de Couecq (2012 m., junto a los collados de Lapachouau y d’Arrouy) y el Pic d’Arri (2157 m.), para descender al Col de Couecq (2019 m) y ganar el Gabedaille; el descenso para tornar al bosque de Espelunguère discurre por el paso de l’Escalé de Aiguë Torte (1635 m., muga 280), cerrándose así un hermoso periplo circular. Además, como una extensión muy recomendable, es posible incluir también la visita al Pic d’Arlet.

el Pic d'Arri desde la cresta  que proviene de Couecq; a la derecha el de Arlet
la cresta desde la cumbre; en primer plano la última serie de gendarmes
otra perspectiva de la cresta, ahora por su vertiente norte
Pocos metros después de atravesar el túnel internacional, ha de tomarse un desvío a la izquierda hacia Les Forges d’Abel; la pista asfaltada y un tanto confusa en su inicio cruza bajo la vía del ferrocarril por un angosto paso, para trazar de inmediato un pronunciado giro a la izquierda seguido de otro a la derecha, junto a una instalación eléctrica. Poco después inicia un fuerte ascenso que incluye un par de horquillas, avanza hacia el fondo del valle y, tras cruzar el torrente, llega a la central eléctrica d’Estaens (1268 m.) donde muere el asfalto y se abre un pequeño estacionamiento. Un kilómetro más arriba existe otro aparcamiento, más amplio; allí, la pista queda cerrada al tráfico no autorizado, si bien prosigue de uso restringido para los granjeros hasta las cabañas de Grosse en el vallejo de Couecq.

el pico de Gabedaille desde la cresta oriental al Pic d'Arri
En cualquier caso, conviene iniciar la excursión en la central eléctrica y atajar el último kilómetro de pista a través de un sendero a través del bosque; será el primer contacto a pie con el hayedo. A la altura del aparcamiento superior nace un camino señalizado que, de inmediato, pasa junto a una bella cascada: su mejor fotografía tiene lugar cuando el sol enciende las hojas de los árboles, a primera hora de la tarde.

la coqueta cascada de Espelunguère. Lástima: olvidé el trípode y no pude
 tomar la imagen con una velocidad mucho más lenta para "sedar" el agua
Sobrepasado el salto de agua, hemos de abandonar el sendero remontando la pradera hacia la derecha para enlazar de nuevo con la pista, que podemos seguir atajando próximos al límite del hayedo eludiendo algunos de sus zig-zag, hasta que se interna en el bosque donde, poco más tarde y después de un tramo horizontal, deviene angosta vereda. Tras un empinado repecho, el camino termina por unirse a un ramal secundario de la pista, única opción en la actualidad para alcanzar las granjas con vehículo y que también constituye una alternativa atractiva para acceder a pie al vallecillo de Couecq (puede tomarse partiendo del aparcamiento, único desvío a la derecha, después de un kilómetro aproximadamente). Tenemos ahora a la vista una larga cresta sensiblemente horizontal que enlaza el collado de Arrouy (1961 m.) y el Pic d’Arri, al oeste. La cresta, a unas dos horas del inicio, está salpicada de varias series de gendarmes, cuya superación íntegra resultaría muy laboriosa y difícil, sino inexpugnable en algún caso, pero todos pueden evitarse con escasa complicación, preferiblemente por la vertiente sur, pues la opuesta suele estar muy húmeda y resbaladiza. En cualquier caso, aquí o allá será preciso echar las manos, quedando al gusto de cada uno el tiempo y esfuerzo invertido en tal menester. Realmente, no existe mucha justificación para encaramarnos a todas y cada una de las piedrecillas sembradas con profusión en la cresta; sin embargo, la última serie de atractivos bloques, que precede a una difusa brecha herbosa, no puede evitarse sin perder mucha altura salvo mediante un flanqueo acrobático, una vez más por la vertiente soleada (de proseguir estrictamente por el filo, debe preverse un pequeño rápel final). Estamos frente a la última cuesta: rocas a la derecha y empinadas laderas herbosas a la izquierda. Existe un sendero, casi borrado y muy expuesto en algún tramo, que discurre entre las matas de arándanos y vence la ladera por la izquierda, sureste; es mejor opción afrontar directamente el acceso a la cima, acogiéndonos a la ración de roca y vegetación deseada. En cualquier caso, buena parte de nuestras presas estarán constituidas por los arbustos: no es este en absoluto un terreno adecuado para montañeros poco versados en el terreno de aventura; en realidad, para nadie si las condiciones son adversas y me temo que basta para ello con un poco de humedad; ¿acaso es eso raro en Francia?

Aguas Tuertas desde Arlet; al fondo el Bisaurín entre las sierras de Secús y Bernera
Desde el Pic d’Arri, alcanzar el de Arlet requiere muy poco tiempo y esfuerzo. Merece la pena, pues las panorámicas que se divisan son dilatadas, variadas y de sumo interés. De regreso al Pic d’Arri, el presuntamente fácil descenso al collado de Couecq nos reserva una sorpresa. Contemplada desde arriba, la canal, cuyo recorrido cota Ollivier de F+, resulta impresionante. Siembra la duda, desde luego; no obstante resultará más fácil de lo que aparenta. Pero, aunque los movimientos de escalada, si los hay, son efectivamente elementales, el terreno y la pendiente sobrecogen el ánimo. Nos acogeremos con fruición al amparo de hierbajos y matorrales, porque aquí resulta excepcionalmente impracticable la siempre gratificante opción de permutar peligro por dificultad; esto es, huir del terreno descompuesto e inestable para cobijarnos en roca sólida aun vertical.

el pico de Gabedaille desde el Pic d'Arri
Por fin ya en el collado, el ataque al pico de Gabedaille es muy rápido. Podemos ascender directamente por la arista norte (recomendable) o bien realizar una travesía hasta la arista oeste, para alcanzar por ella la cima. La peor opción es la intermedia, pues el precario terreno en la proximidad de la cumbre torna dudosa la codiciada ganancia de tiempo. Para bajar hasta el paso de L’Escalé es factible un descenso directo y muy rápido, no indicado en los mapas, por empinadas laderas de hierba prácticamente junto a la línea fronteriza. Tan solo restará un breve y gratificante paseo por el bosque de Espelunguère para tornar al punto de partida.

el Pic d'Arri desde las laderas del pico de Gabedaille.
La canal de descenso discurre por la izquierda, justo en el límite de la sombra
Castillo de Acher y las cumbres de Oza y Zuriza desde Gabedaille
Esta excursión solo debería emprenderse con buen tiempo y condiciones. Humedad y niebla pueden complicarnos mucho la existencia, a pesar de la profusión de arándanos excelentemente enraizados a los que, tarde o temprano, abrazaremos. Además, aunque el hayedo sumido en la bruma posee una magia especial, en este caso sería imperdonable perder unas magníficas perspectivas por falta de visibilidad.

el ibon de Estanés desde la cumbre del Gabedaille. Puede observarse la viabilidad del 
descenso por las praderas hasta el paso de l'Escalé de Aiguës Tortes, abajo a la derecha
aquí, junto a l'Escalé, el agua corre (perdón: pasea) ya hacia Francia.

lunes, 14 de octubre de 2013

El misterio del IV, (1 p.)

Reflexiones sobre la graduación de dificultad.

Andaba yo cierto día camino de la Jean-Santé, con ansias de hincarle el diente a tan afamada punta del no menos célebre Midí d’Ossau, merced al couloir Pombie-Peyreget, cuando, tras unos metros relativamente accesibles, el aspecto sombrío de un diedro imponente por donde supuestamente proseguía la ascensión me… ¡Ahí va!, ¿será por ahí?, ¡pero si la guía Dupouey dice que sólo es IVº-! (Bellefon, al menos, trocaba el apéndice por un más ajustado IVº+).  Efectivamente, tras la fácil repisa ascendente inicial, se llega a un muro vertical, también accesible en sus primeros metros (IIIº); cuando la ascensión se complica, hay que hacer una travesía horizontal de un par de metros, fácil pero expuesta y aérea, para entrar en un cajón de suelo inclinado y cerrado por el frente y los costados por roca vertical; en la pared frontal existe a la izquierda una fisura "de mano empotrada" y arriba dos enormes presas "buzón" que es preciso alcanzar. Ese es precisamente el problema al que me refiero: poco más de dos imponentes primeros metros, de esos que por lo menos miden doscientos centímetros. Por encima, queda una chimenea estrecha y acogedora, segura, cómoda (IVº como mucho) de cinco o seis metros, que se asciende con facilidad. El paso es, ciertamente, muy bonito. Se desemboca en una enorme terraza inclinada que ha de atravesarse de izquierda a derecha hasta unos bloques facilones por los que se retorna el eje del corredor. Tras aquella efeméride, me habré internado por estos andurriales al menos media docena de veces (las servidumbres de las andanzas en solitario imponen una doble ascensión de los pasos asegurados: que si subes, que si bajas a retirar el material, que si tornas a subir…); en todas ellas, francamente, calificaría ese par de metros como de un soberbio Vº y, desde luego, siempre, siempre, lo he asegurado. Claro que se trata de un paso atlético, poco adaptado a mi exigua condición enclenque y, además, tampoco podría nunca descartar cierta incompetencia para descubrir su truco (si es que existe, que aún sigo en ello); sin embargo, un hermoso día, releyendo las reseñas de Ollivier, descubrí por fin la sacrosanta y exculpatoria mención: ¡¡IVº, un pitón utile!! O sea, que, en realidad, estamos hablando de un paso casi, casi, en artificial; o sea, que también los superhombres son humanos y de vez en cuando se les puede contemplar atorados en humildes Vº (incluso IVº 1 p.), o sea que…

couloir Pombie-Peyreget a la Jean Santé, en el Midí d'Ossau
por ahí, por ahí va
Sin complejos, pues, que el problema viene de antiguo. Podría aportar otras vivencias, como la de un bloquecillo liso de tres metros plantado en plena cresta de las Maladetas, intruso indeseable nominado de IVº en una cresta que se recorre prácticamente sin usar las manos y por fortuna sencillo de rodear, así como tantos otros problemillas de similar calibre que andan sueltos por ahí, sin bozal. Y es que el tema de la graduación, además de subjetivo, ha sido siempre polémico, casi tabú; aún más en tanto se trata de enmendar los dictámenes de algún elefante sagrado que tal vez evaluó la vía en ese día “tonto” que también los ilustres padecen con menor o mayor frecuencia o, simplemente, a quien se le escapó corregir una enojosa errata de imprenta. 

la cresta de las Maladetas
Por otra parte, casi todos, probablemente, habremos oído alguna vez aquello de: “un IVº es un IVº y un VIº, un VIº, pero un Vº puede ser cualquier cosa entre ambos extremos”; por mi parte, extendería tan sutil comentario al IVº+ y, desde luego, incluiría directamente todos los “IVº (1 p.)”. Sí, la cosa viene de antiguo, de los tiempos en los que no se distinguía entre libre y artificial (sobre todo cuando los recursos propios de la artificial quedaban reservados a breves pasos aislados) y se asimilaba “oficialmente” los A0 y A1 a un IVº, A2 al Vº y VIº a partir de A3, como así se afirmaba en algunos manuales clásicos; el “paso de hombros”, entonces muy popular, se calificaba también como IVº, ocasionalmente sin otra mención aclaratoria, así como el recurso esporádico a un estribo, compañía habitual en las mochilas de la época heroica junto a la maza y un surtido de pitones, detalles estos tan ínfimos que muy bien podían pasar totalmente ignorados en reseñas apresuradas.

restos de la época heróica. La cuña superior parece equipada
 con el entonces muy habitual "cintajo de paracaídas"
El asunto no tendría mayor trascendencia, si no fuera porque algunos autores actuales se apoyan con demasía en textos pretéritos y reiteran errores de apreciación que tienden a perpetuarse, pues, aun sin contar con aspectos circunstanciales o factores psicológicos y personales que tanto pueden influir en la evaluación de los itinerarios, es poco habitual que se hayan recorrido todas las vías descritas ni es fácil evocar suficientes detalles de correrías de antaño. Así que no debiéramos asombrarnos demasiado cuando un tímido paso de IVº nos ponga inopinadamente a prueba; aún menos si en alguna antigua reseña prevalece el apelativo de IVº (1 p.), cuya traducción explícita sería algo así como: “pitón de progresión, donde será útil un eventual estribo o, más simplemente, será preciso apoyarse o colgarse descaradamente del susodicho pitón para superar el paso”.

Todos somos muy sensibles a un grado, aquel que está inmediatamente por debajo de nuestro límite, y poco o nada susceptibles de apreciar diferencias en el resto de la escala: ¿quién puede distinguir con cierta objetividad un Iº de un IIº? Seguramente, todos nos sentimos mucho más cómodos en un IIº, incluso IIIº, sobre terreno firme y seguro que en un modestísimo Iº sobre roca descompuesta e inestable, puesto que en los grados inferiores predominan mucho más los factores psicológicos y ambientales que la apreciación directa de la dificultad.

¿y si no estuviera a un palmo del suelo?
En cualquier caso, el debate sobre el controvertido tema de la graduación tiene el futuro garantizado y vigente en toda la amplitud de las diferentes escalas, sea en sus primeros peldaños o en la frontera del rendimiento humano. Resulta paradójico, por lo demás, que estas escalas suelen referirse a algunos ejemplos prácticos para describir sus diversos grados de dificultad, pero tales ejemplos son extraños y poco o nada accesibles para los neófitos, principales valedores y usuarios de las escalas. Y es que, realmente, no existen descripciones operativas de los grados, incluso en casos tan reconocidos como la Welzembach o su legado, la UIAA: aunque recuerdo haber leído algunas observaciones escasamente precisas al respecto, las menciones no superaban lo anecdótico, limitándose a tópicos comunes de escaso valor informativo, como: “escasean las presas y debe ascenderse encordado…” No podía ser de otra manera en materia tan dependiente de la subjetividad y sobre la que tanto la climatología y sus efectos directos como múltiples variables incontrolables ejercen un dominio indiscutible; a efectos ilustrativos resulta muy interesante la existencia de muros de escalada, como el de Luz Saint-Sauveur, en el que a lo largo de muchos metros se extiende una serie de cortas vías de dificultad creciente, cuya evaluación responde a criterios múltiples y basados en el consenso de un nutrido equipo de expertos; en tales muros, cada cual puede encontrar fácilmente su límite razonable. Es curioso cómo, en general, el muro suele detectar con precisión el rango potencial de cada escalador, aunque el límite, ¡por fortuna!, más que una frontera realista, suponga sobre todo, un desafío, un objetivo a vencer.

otro recuerdo arqueológico. Morata de Jalón, años setenta
Aunque la polémica de la graduación es más frecuente y virulenta en el ámbito de la escalada deportiva, allí tiene menor trascendencia y la discusión se limita a pequeños matices o diferencias, exclusivas de los “estratogrados”. Sin embargo, en el campo del montañismo clásico o alpinismo, la cuestión puede representar, antes que una sorpresa desagradable, la sutil puerta a una situación límite: más allá de dramatismos superfluos, es vital incluir en las reseñas aquellos aspectos que puedan representar un peligro potencial y, sin devaluar las vías (lo cual supone otro peligro en ciernes, la falta de credibilidad y pérdida de ecuanimidad), añadir a las descripciones cuanto detalle pueda suponer potencialmente un peligro objetivo, sea por la razón que fuere.

Solo me resta pedir perdón por todas las veces que no he cumplido tales propósitos incluso en este mismo foro y, de antemano, por todos los errores que inevitablemente cometeré en el futuro.

jueves, 10 de octubre de 2013

Cresta Brazato Labaza

La popular ascensión a los ibones de Brazato, desde el Balenario de Panticosa, rodea la extremidad de un cresterío que se alinea Oeste/Este hasta elevarse en una punta sobre el ibón de Labaza, donde dobla hacia el Sur para recobrar más tarde el sentido original y morir poco después en el collado de Labaza, punto de conexión con la arista que proyectan los Dientes de los Batanes hacia el Oeste. El punto más elevado de esta vasta cresta, el pico de Labaza, se eleva a 2.767 metros y se encuentra próximo al collado homónimo (2715 metros), desde donde se deja conquistar con facilidad incluso en invierno. Existen numerosas escapatorias que interrumpen el cresterío y permiten el descenso hacia ambas vertientes, aunque no siempre son tan cómodas como pudiera parecer.
 
la cresta, vertiente de Labaza, con la punta Cara Costa a la derecha 
Respecto a la gran rama de la cresta que se inicia a la altura de los ibones altos de Labaza o Serrato y del orondo Cerro Gascón (2.526 metros), conformando una cima conocida como Labaza Occidental o Pico dero Sarrato (2.693 metros), hasta el camino de Brazato, en cuya cercanía se alza la última punta rlevante, denominada Cara Costa, de 2.509 metros y muy visible desde el Balenario, apenas existen referencias; tan solo algunas descripciones para el ascenso directo a ambas cumbres. Constataremos, además, una enorme confusión toponímica que dificulta rastrear la información disponible: podrían realizarse toda clase de salvedades a la nomenclatura que indico (y por, supuesto, a su altimetría), con particular mención de las voces Sarrato y Serrato, profusamente recogidas en la cartografía para designar ubicaciones (picos, crestas, ibones e incluso entornos) muy diferenciadas.

itinerario; en verde variante aconsejable
Sin embargo esta cresta mantiene cierto interés y constituye un objetivo decoroso; solo he recorrido una parte, la mitad occidental, pero espero tener ocasión de completar la travesía íntegra. El itinerario que voy a describir parte del camino hacia el gran ibón de Brazato, el cual se abandona justo debajo de la cresta, cuyos primeros escarpes, aderezados de pino negro, dan la impresión de ser tan embarazosos como desprovistos de interés. Una pequeña canal, muy evidente, permite el acceso a la cresta, cerca de una primera punta que se alcanza sin dificultad (Iº), ya desaparecida la vegetación árborea; en la brecha cercana se encuentra un hito que sugiere otro acceso a la cresta, quizá más cómodo. A partir de este punto, nos espera una confortable y fácil trepada hasta una segunda punta, más importante, Cara Costa. El descenso a su brecha oriental no es sencillo; debemos mantenernos cerca del filo de la cresta, con tendencia a la vertiente Norte (Balneario), hasta donde sea posible una corta pero delicada travesía horizontal (IIIº) que nos trasladará hasta la brecha, en medio de la cual se alza una característica roca, y desde donde se puede abandonar la excursión hacia ambas vertientes.

la punta de Cara Costa, vertiente oriental
La segunda sección del cresterío resulta más complicada, pero también de mayor interés. Sin embargo, es muy posible que iniciar el ataque por la vertiente norte pueda solventar con extrema facilidad la conquista de los primeros bloques, dislocados y verticales, poco propicios a un asalto directo. No lo hice así y busqué la solución hacia la derecha (vertiente de Brazato), embarcándome en un caos de rocas no muy difíciles (pasos aislados de III), pero donde pesa la amenaza de un ambiente hostil. En cualquier caso, enseguida se llega a un delgado filo que se cabalga mediante un elegante paso (IIIº, nada expuesto); ya no abandonaremos el perfil cimero, que nos obsequia con una agradable y variada progresión, incluida una corta baravesa horizontal, en los lindes de la próxima brecha, por la que concluí el recorrido de la cresta y descendí hacia el Balneario.

la continuación de la cresta hacia el Este
El itinerario reseñado no debería en ningún caso superar el IIIº, sobre sólido granito, eso sí, en la vertiente norte plagado de líquen, siempre azaroso cuando se encuentra húmedo. En cuanto a la continuación… desde la brecha se adivinan algunas complicaciones en lo que pudiera constituir una sección muy bonita e interesante. En caso de que resultase imposible la progresión por el filo de la arista, parece de mayor interés el flanco que mira al Balneario.

el pico occidental de Labaza, sobre el ibón del Serrato;
al fondo, izquierda, el pico de Labaza, máxima altura, 2.767 metros.

el pico occidental y su cresta hacia Cara Costa