Vías Pirineos de dificultad media, [escalada PD, AD, D (IIº/IVº, máx. Vº)]. Vivencias de montaña. Rincones desconocidos o escasamente divulgados. Y alguna que otra reflexión

lunes, 1 de abril de 2013

El Couloir Oriental del Midí

Un poco a la derecha de la vía Fouquier, con la que comparte el inicio, se abre esta ruta que explora el difuso corredor oriental del Midí, hasta desembocar en las pedreras del Reino de Pombie, muy cerca de la flecha de hierro que sirve como referencia para la vía normal.

la vertiente oriental del Midí, desde el Dedo al contrafuerte oriental
Este itinerario, que carece del prestigio, del compromiso y de la dificultad de la vecina Fouquier, ofrece, no obstante, un buen terreno de juego en el que familiarizarse con el Midí. La primera ascensión se la adjudicó la cordada integrada por Peyret, Berges y Baudéant, en julio de un tardío 1970. Cotada como Algo Dificil, la vía no debería ofrecer ningún paso superior al IVº y de estos tampoco muchos. Pero estamos en el Midí, perfecta tribuna de aprendizaje para apreciar la diferencia que puede suponer el rodeo de un pequeño bloque por la izquierda o por su derecha. ¿Será esta una secuela impensable de nuestra funesta situación política? En fin; mi experiencia en este recorrido apunta, efectivamente, a sorpresas que, por fortuna, solo aportaron en mi caso un poco más de sabor a la aventura.

Couloir Oriental; en verde la salida correcta
El Couloir Oriental se presenta franco, al menos en apariencia: su trazado no parece tener pérdida, a pesar de que tampoco es muy definido. Bueno, pues yo conseguí perderme, pero ya llegaremos a eso. Toda la zona inferior, límite entre las pedreras de la base y el zócalo, está guarecido por unas rocas aborregadas y algunas placas sensiblemente verticales, a las que se accede directamente desde el sendero que comunica el refugio de Pombie y el Col de Suzon; lo mejor es abordar este roquedo muy alto, a la derecha, desde donde casi sin recurrir a las manos se alcanza el inicio de la vía. Esta debuta por un terreno agradable y entretenido, sin compromiso ni exposición, que se supera mediante algunos pasos de IIIº Allá por el segundo largo existe, según las guías que he podido consultar (Ollivier y Dupouey), un paso de IVº. Así debe de ser, pero el ambiente risueño y la falta de exposición pueden conseguir que pase inadvertido; más arriba, el couloir acrecienta su anchura y reduce su profundidad: deviene en un tobogán difuso con pasos aislados de IIIº, cuyo trazado más accesible debe buscarse con preferencia en su margen izquierdo. Es de prever que tampoco nos preocupemos mucho por rastrear el rumbo más accesible, limitándonos a disfrutar apaciblemente de la jornada, con grave riesgo de caer en un exceso de confianza. Supongo que eso fue, exactamente, lo que aconteció en mi ascensión, cuando debí preocuparme un poco más por localizar la salida exacta hacia la brecha del contrafuerte oriental, vecino de la vía normal; tal salida ha de buscarse cuando el couloir tiende a enderezarse hasta la vertical, a unos nueve o diez largos de su inicio. Sin embargo, esta medida “en largos” resulta demasiado imprecisa, tanto para mi solitaria ascensión, como para una cordada que probablemente recorrerá gran parte de la vía sin instalar reuniones. Es este un terreno de aventura donde no encontraremos hitos ni muchos rastros de paso; a lo sumo, algún pitón herrumbroso, de esos que no saben decirnos si nos mantenemos en el camino correcto o son la huella de una retirada forzosa. Pero esto es exactamente lo que perseguíamos, ¿no? 

el Dedo y, delante, placas intermedias de la Fouquier
Como ya he anticipado, no encontré la salida. Tampoco indagué demasiado, pues desde el punto en que me encontraba, se adivinaban varias opciones plausibles para terminar la excursión, todas ellas en el margen derecho, lo que, por supuesto, requirió un flanqueo delicado para alcanzar el lado opuesto. Desde allí, en la médula de un pequeño circo flanqueado por resaltes muy empinados, la superación del escalón terminal ya no parecía tan fácil. Por eso elegí la alternativa menos dudosa: una chimenea vertical de aspecto fiero y cerrada por un bloque empotrado, que prometía la gloria a costa de solo unos pocos metros de áspera trepada. Y así fue, aunque tanto el paso inicial como el último resultaron un poco más duros de lo previsto; tampoco nada del otro mundo (IV+). De hecho, en el segundo ascenso tras recuperar el material de aseguración, descubrí un par de presas que facilitaban mucho la superación del bloque empotrado, que unos minutos antes me había obligado a ejercer de acróbata. Los metros restantes hasta el reino de Pombie carecen de historia. 


Como apéndice, me gustaría resaltar que la zona por donde salí del couloir parece constituir una escapatoria plenamente factible para quienes se les pueda atragantar el final de la Fouquier. No se vislumbra ningún obstáculo serio, así como tampoco resaltes importantes.