Vías Pirineos de dificultad media, [escalada PD, AD, D (IIº/IVº, máx. Vº)]. Vivencias de montaña. Rincones desconocidos o escasamente divulgados. Y alguna que otra reflexión

lunes, 14 de octubre de 2013

El misterio del IV, (1 p.)

Reflexiones sobre la graduación de dificultad.

Andaba yo cierto día camino de la Jean-Santé, con ansias de hincarle el diente a tan afamada punta del no menos célebre Midí d’Ossau, merced al couloir Pombie-Peyreget, cuando, tras unos metros relativamente accesibles, el aspecto sombrío de un diedro imponente por donde supuestamente proseguía la ascensión me… ¡Ahí va!, ¿será por ahí?, ¡pero si la guía Dupouey dice que sólo es IVº-! (Bellefon, al menos, trocaba el apéndice por un más ajustado IVº+).  Efectivamente, tras la fácil repisa ascendente inicial, se llega a un muro vertical, también accesible en sus primeros metros (IIIº); cuando la ascensión se complica, hay que hacer una travesía horizontal de un par de metros, fácil pero expuesta y aérea, para entrar en un cajón de suelo inclinado y cerrado por el frente y los costados por roca vertical; en la pared frontal existe a la izquierda una fisura "de mano empotrada" y arriba dos enormes presas "buzón" que es preciso alcanzar. Ese es precisamente el problema al que me refiero: poco más de dos imponentes primeros metros, de esos que por lo menos miden doscientos centímetros. Por encima, queda una chimenea estrecha y acogedora, segura, cómoda (IVº como mucho) de cinco o seis metros, que se asciende con facilidad. El paso es, ciertamente, muy bonito. Se desemboca en una enorme terraza inclinada que ha de atravesarse de izquierda a derecha hasta unos bloques facilones por los que se retorna el eje del corredor. Tras aquella efeméride, me habré internado por estos andurriales al menos media docena de veces (las servidumbres de las andanzas en solitario imponen una doble ascensión de los pasos asegurados: que si subes, que si bajas a retirar el material, que si tornas a subir…); en todas ellas, francamente, calificaría ese par de metros como de un soberbio Vº y, desde luego, siempre, siempre, lo he asegurado. Claro que se trata de un paso atlético, poco adaptado a mi exigua condición enclenque y, además, tampoco podría nunca descartar cierta incompetencia para descubrir su truco (si es que existe, que aún sigo en ello); sin embargo, un hermoso día, releyendo las reseñas de Ollivier, descubrí por fin la sacrosanta y exculpatoria mención: ¡¡IVº, un pitón utile!! O sea, que, en realidad, estamos hablando de un paso casi, casi, en artificial; o sea, que también los superhombres son humanos y de vez en cuando se les puede contemplar atorados en humildes Vº (incluso IVº 1 p.), o sea que…

couloir Pombie-Peyreget a la Jean Santé, en el Midí d'Ossau
por ahí, por ahí va
Sin complejos, pues, que el problema viene de antiguo. Podría aportar otras vivencias, como la de un bloquecillo liso de tres metros plantado en plena cresta de las Maladetas, intruso indeseable nominado de IVº en una cresta que se recorre prácticamente sin usar las manos y por fortuna sencillo de rodear, así como tantos otros problemillas de similar calibre que andan sueltos por ahí, sin bozal. Y es que el tema de la graduación, además de subjetivo, ha sido siempre polémico, casi tabú; aún más en tanto se trata de enmendar los dictámenes de algún elefante sagrado que tal vez evaluó la vía en ese día “tonto” que también los ilustres padecen con menor o mayor frecuencia o, simplemente, a quien se le escapó corregir una enojosa errata de imprenta. 

la cresta de las Maladetas
Por otra parte, casi todos, probablemente, habremos oído alguna vez aquello de: “un IVº es un IVº y un VIº, un VIº, pero un Vº puede ser cualquier cosa entre ambos extremos”; por mi parte, extendería tan sutil comentario al IVº+ y, desde luego, incluiría directamente todos los “IVº (1 p.)”. Sí, la cosa viene de antiguo, de los tiempos en los que no se distinguía entre libre y artificial (sobre todo cuando los recursos propios de la artificial quedaban reservados a breves pasos aislados) y se asimilaba “oficialmente” los A0 y A1 a un IVº, A2 al Vº y VIº a partir de A3, como así se afirmaba en algunos manuales clásicos; el “paso de hombros”, entonces muy popular, se calificaba también como IVº, ocasionalmente sin otra mención aclaratoria, así como el recurso esporádico a un estribo, compañía habitual en las mochilas de la época heroica junto a la maza y un surtido de pitones, detalles estos tan ínfimos que muy bien podían pasar totalmente ignorados en reseñas apresuradas.

restos de la época heróica. La cuña superior parece equipada
 con el entonces muy habitual "cintajo de paracaídas"
El asunto no tendría mayor trascendencia, si no fuera porque algunos autores actuales se apoyan con demasía en textos pretéritos y reiteran errores de apreciación que tienden a perpetuarse, pues, aun sin contar con aspectos circunstanciales o factores psicológicos y personales que tanto pueden influir en la evaluación de los itinerarios, es poco habitual que se hayan recorrido todas las vías descritas ni es fácil evocar suficientes detalles de correrías de antaño. Así que no debiéramos asombrarnos demasiado cuando un tímido paso de IVº nos ponga inopinadamente a prueba; aún menos si en alguna antigua reseña prevalece el apelativo de IVº (1 p.), cuya traducción explícita sería algo así como: “pitón de progresión, donde será útil un eventual estribo o, más simplemente, será preciso apoyarse o colgarse descaradamente del susodicho pitón para superar el paso”.

Todos somos muy sensibles a un grado, aquel que está inmediatamente por debajo de nuestro límite, y poco o nada susceptibles de apreciar diferencias en el resto de la escala: ¿quién puede distinguir con cierta objetividad un Iº de un IIº? Seguramente, todos nos sentimos mucho más cómodos en un IIº, incluso IIIº, sobre terreno firme y seguro que en un modestísimo Iº sobre roca descompuesta e inestable, puesto que en los grados inferiores predominan mucho más los factores psicológicos y ambientales que la apreciación directa de la dificultad.

¿y si no estuviera a un palmo del suelo?
En cualquier caso, el debate sobre el controvertido tema de la graduación tiene el futuro garantizado y vigente en toda la amplitud de las diferentes escalas, sea en sus primeros peldaños o en la frontera del rendimiento humano. Resulta paradójico, por lo demás, que estas escalas suelen referirse a algunos ejemplos prácticos para describir sus diversos grados de dificultad, pero tales ejemplos son extraños y poco o nada accesibles para los neófitos, principales valedores y usuarios de las escalas. Y es que, realmente, no existen descripciones operativas de los grados, incluso en casos tan reconocidos como la Welzembach o su legado, la UIAA: aunque recuerdo haber leído algunas observaciones escasamente precisas al respecto, las menciones no superaban lo anecdótico, limitándose a tópicos comunes de escaso valor informativo, como: “escasean las presas y debe ascenderse encordado…” No podía ser de otra manera en materia tan dependiente de la subjetividad y sobre la que tanto la climatología y sus efectos directos como múltiples variables incontrolables ejercen un dominio indiscutible; a efectos ilustrativos resulta muy interesante la existencia de muros de escalada, como el de Luz Saint-Sauveur, en el que a lo largo de muchos metros se extiende una serie de cortas vías de dificultad creciente, cuya evaluación responde a criterios múltiples y basados en el consenso de un nutrido equipo de expertos; en tales muros, cada cual puede encontrar fácilmente su límite razonable. Es curioso cómo, en general, el muro suele detectar con precisión el rango potencial de cada escalador, aunque el límite, ¡por fortuna!, más que una frontera realista, suponga sobre todo, un desafío, un objetivo a vencer.

otro recuerdo arqueológico. Morata de Jalón, años setenta
Aunque la polémica de la graduación es más frecuente y virulenta en el ámbito de la escalada deportiva, allí tiene menor trascendencia y la discusión se limita a pequeños matices o diferencias, exclusivas de los “estratogrados”. Sin embargo, en el campo del montañismo clásico o alpinismo, la cuestión puede representar, antes que una sorpresa desagradable, la sutil puerta a una situación límite: más allá de dramatismos superfluos, es vital incluir en las reseñas aquellos aspectos que puedan representar un peligro potencial y, sin devaluar las vías (lo cual supone otro peligro en ciernes, la falta de credibilidad y pérdida de ecuanimidad), añadir a las descripciones cuanto detalle pueda suponer potencialmente un peligro objetivo, sea por la razón que fuere.

Solo me resta pedir perdón por todas las veces que no he cumplido tales propósitos incluso en este mismo foro y, de antemano, por todos los errores que inevitablemente cometeré en el futuro.

jueves, 10 de octubre de 2013

Cresta Brazato Labaza

La popular ascensión a los ibones de Brazato, desde el Balenario de Panticosa, rodea la extremidad de un cresterío que se alinea Oeste/Este hasta elevarse en una punta sobre el ibón de Labaza, donde dobla hacia el Sur para recobrar más tarde el sentido original y morir poco después en el collado de Labaza, punto de conexión con la arista que proyectan los Dientes de los Batanes hacia el Oeste. El punto más elevado de esta vasta cresta, el pico de Labaza, se eleva a 2.767 metros y se encuentra próximo al collado homónimo (2715 metros), desde donde se deja conquistar con facilidad incluso en invierno. Existen numerosas escapatorias que interrumpen el cresterío y permiten el descenso hacia ambas vertientes, aunque no siempre son tan cómodas como pudiera parecer.
 
la cresta, vertiente de Labaza, con la punta Cara Costa a la derecha 
Respecto a la gran rama de la cresta que se inicia a la altura de los ibones altos de Labaza o Serrato y del orondo Cerro Gascón (2.526 metros), conformando una cima conocida como Labaza Occidental o Pico dero Sarrato (2.693 metros), hasta el camino de Brazato, en cuya cercanía se alza la última punta rlevante, denominada Cara Costa, de 2.509 metros y muy visible desde el Balenario, apenas existen referencias; tan solo algunas descripciones para el ascenso directo a ambas cumbres. Constataremos, además, una enorme confusión toponímica que dificulta rastrear la información disponible: podrían realizarse toda clase de salvedades a la nomenclatura que indico (y por, supuesto, a su altimetría), con particular mención de las voces Sarrato y Serrato, profusamente recogidas en la cartografía para designar ubicaciones (picos, crestas, ibones e incluso entornos) muy diferenciadas.

itinerario; en verde variante aconsejable
Sin embargo esta cresta mantiene cierto interés y constituye un objetivo decoroso; solo he recorrido una parte, la mitad occidental, pero espero tener ocasión de completar la travesía íntegra. El itinerario que voy a describir parte del camino hacia el gran ibón de Brazato, el cual se abandona justo debajo de la cresta, cuyos primeros escarpes, aderezados de pino negro, dan la impresión de ser tan embarazosos como desprovistos de interés. Una pequeña canal, muy evidente, permite el acceso a la cresta, cerca de una primera punta que se alcanza sin dificultad (Iº), ya desaparecida la vegetación árborea; en la brecha cercana se encuentra un hito que sugiere otro acceso a la cresta, quizá más cómodo. A partir de este punto, nos espera una confortable y fácil trepada hasta una segunda punta, más importante, Cara Costa. El descenso a su brecha oriental no es sencillo; debemos mantenernos cerca del filo de la cresta, con tendencia a la vertiente Norte (Balneario), hasta donde sea posible una corta pero delicada travesía horizontal (IIIº) que nos trasladará hasta la brecha, en medio de la cual se alza una característica roca, y desde donde se puede abandonar la excursión hacia ambas vertientes.

la punta de Cara Costa, vertiente oriental
La segunda sección del cresterío resulta más complicada, pero también de mayor interés. Sin embargo, es muy posible que iniciar el ataque por la vertiente norte pueda solventar con extrema facilidad la conquista de los primeros bloques, dislocados y verticales, poco propicios a un asalto directo. No lo hice así y busqué la solución hacia la derecha (vertiente de Brazato), embarcándome en un caos de rocas no muy difíciles (pasos aislados de III), pero donde pesa la amenaza de un ambiente hostil. En cualquier caso, enseguida se llega a un delgado filo que se cabalga mediante un elegante paso (IIIº, nada expuesto); ya no abandonaremos el perfil cimero, que nos obsequia con una agradable y variada progresión, incluida una corta baravesa horizontal, en los lindes de la próxima brecha, por la que concluí el recorrido de la cresta y descendí hacia el Balneario.

la continuación de la cresta hacia el Este
El itinerario reseñado no debería en ningún caso superar el IIIº, sobre sólido granito, eso sí, en la vertiente norte plagado de líquen, siempre azaroso cuando se encuentra húmedo. En cuanto a la continuación… desde la brecha se adivinan algunas complicaciones en lo que pudiera constituir una sección muy bonita e interesante. En caso de que resultase imposible la progresión por el filo de la arista, parece de mayor interés el flanco que mira al Balneario.

el pico occidental de Labaza, sobre el ibón del Serrato;
al fondo, izquierda, el pico de Labaza, máxima altura, 2.767 metros.

el pico occidental y su cresta hacia Cara Costa

viernes, 13 de septiembre de 2013

Homenaje a Rabadá y Navarro

Tras unos días complicados respecto a la administración de este blog y en los cuales he llegado hasta perder el acceso, parece que, al menos, puedo reanudar la inclusión de entradas (con los comentarios puede que aún tarde un poco más).

La ocasión es inmejorable para recordar el próximo homenaje a Rabadá y Navarro, que se celebrará en Mezalocha en octubre http://homenajearabadaynavarro.blogspot.com.es/ Incluyo seguidamente un escrito que ya se vio reflejado en ese blog: sirva como mi particular homenaje a la brava cordada aragonesa.



¿Dónde estáis?

En agosto de 1963, yo tenía once años. Apenas había desvelado alguno de esos secretos que el Pirineo esconde celosamente; me admiraba ante los Mallos de Riglos cuando los contemplaba desde el canfranero, mecido por el entrañable traqueteo de aquellos vagones de madera, y todavía faltaban unos años, cuatro o cinco, no lo recuerdo bien, para la conquista de mi primera cumbre, el Aneto.

Cuando aquel lejano verano del 63 se hablaba en casa de montaña, era para mentar las virtudes de la escurridiza trucha arco iris o el embrujo encantado de los hayedos, tan dispares del arisco y familiar desierto estepario que estábamos forzados a contemplar cuatro pasos más allá de la ribera del Ebro. Quizá sin saberlo, la montaña ya me había ganado entonces, pero estaba muy lejos de imaginarme trepando por escarpes inaccesibles. Admiraba sin envidia los ecos lejanos que pregonaban triunfos sublimes en marcos hostiles, pero apenas los nombres de Alberto Rabadá y Ernesto Navarro se me hicieron familiares, cuando la tragedia del Eiger se los llevó para siempre. Recuerdo las angustiosas noticias que Heraldo de Aragón transmitía, la atormentada incertidumbre, primero, y el desenlace fatal, después… aquella había sido la última aventura de una cordada mítica. En la calle, por una vez, se hablaba de montañismo, siquiera para reprochar a los intrépidos alpinistas la sinrazón de eso que Lionel Terray denominó oportunamente la conquista de lo inútil. Otros repetían con orgullo: “No cayeron; han muerto de agotamiento antes que rendirse”, pero muy pocos comprendían cuál era justamente el impulso que les había enfrentado al sombrío duelo del Eiger

No sé muy bien como fui descubriendo, casi sin querer, que la montaña se había colado muy dentro de mí, sin pedir permiso. Y algún día a finales de los sesenta, amanecí embarcado en la que pretendía pasar por ser mi primera vía de altura: la arista de los Murciélagos al Aspe, un aéreo perfil sellado por la impronta de Rabadá, espejo en el que tanto y tantos deseábamos reflejarnos. Pero no pudo ser; mi compañero y guía de cordada no tenía su mejor día y hubimos de renunciar tras los primeros escarceos. Tardaría más de una década en volver a la arista y ascenderla, en esta ocasión ya en solitario, como tantas y tantas veces lo he hecho a lo largo de estos últimos años. Algo después, si bien en verano, llegaría la Edil, deslumbrado por esa línea fascinante que une Tortiellas con la antecima del Aspe. Desconozco otras vías de Rabadá y Navarro, fuera de mi alcance, por más que en alguna ocasión la luna llena me haya sorprendido escuchando cantos de sirena junto al Naranjo o hechizado por esas brujas que, dicen, moran en el Tozal.

Pero, aun anclado en la realidad, no dejo de evocar a dos cordadas —Manuel Ansón y Julián Vicente; Alberto Rabadá y Luis Alcalde— vociferando entre los abismos para identificar las dos características agujillas de la cresta de los Murciélagos: Dondestástu; Dondestánestos. Muchas cosas han cambiado en los últimos setenta años: sobre todo, los avances técnicos han facilitado, quizá demasiado, la victoria sobre los más osados desafíos; también dicen que se le ha perdido el respeto a la montaña, pero a mí, lo que de verdad me preocupa, es que se haya desvanecido el espíritu de la aventura, ese que tan profundamente llevaban grabado muy cerca de su corazón Rabadá y Navarro, y que compartieron con la mayor parte de los escaladores de su generación, para legarnos las mejores páginas del montañismo aragonés.

Tal vez se trate solo del poso nostálgico de un pireneista que ya ha dejado de ser joven, mas quiero sentir una y otra vez en el rostro el soplo de aquella brisa, trocada más tarde en huracán, que se engendró en Mezalocha.

¿Dondestástu, Alberto? ¿Y tú, Ernesto? Quien quiera hoy dialogar con vosotros os encontrará en cualquiera de esas paredes imposibles que aún quedan por vencer.

domingo, 18 de agosto de 2013

Tronquera. Cresta norte

El pico de la Tronquera, ente La Moleta y la Pala de Ip, se alza a 2.689 metros sobre una larga y oronda cresta tendida de este a oeste y con abruptas paredes en los flancos, especialmente en el septentrional, a lo largo del cual apenas se divisan puntos débiles. Uno de ellos, el único evidente, está constituido por una dilatada arista que termina por conformar el espolón de Samán; tal arista estaría llamada a constituirse en vía normal si no fuera por los erectos escarpes en los que se apoya justo antes de estirarse definitiva y horizontalmente para dar paso al sendero que utiliza la vía normal de la Pala de Ip y, mediante un amplio rodeo, de la propia Tronquera.

perfilada, la cresta norte del Pico Tronquera
Este espolón norte no existe en la literatura de montaña, pese a constituir una vía de acceso incuestionable. A lo sumo, solo he podido encontrar una vaga referencia en internet, en la que alguien indicaba que había seguido en descenso la arista, encontrando algunas dificultades que pudo eludir, en última instancia, gracias a unas pedreras marginales. Realmente, este itinerario carece de interés deportivo, lo cual compensa ampliamente en espectacularidad y belleza, por lo cual es muy recomendable ceñirse durante la ascensión al propio filo de la cresta, desde donde las perspectivas son más vastas y hermosas. Los primeros escarceos en la arista, bien visible cuando se alcanzan las proximidades del ibón de Samán o Iserías, apenas suponen un mínimo entrenamiento previo para atacar el resalte más vertical con el que la arista debuta; este paso parece fácilmente eludible por la izquierda, aunque desde arriba ya no se ve tan clara la supuesta bondad de la variante; en cualquier caso, es la única opción por la que el anteriormente citado montañero, en su descenso, pudo burlar el obstáculo. Se trata de tres escuetos peldaños de IIIº grado, el último en su límite superior, en aceptable roca, aunque no conviene descuidar la atención. Después, restan unos metros entretenidos pero muy fáciles y una larga caminata hasta unirnos con la cresta cimera, por la que se puede acceder a la cumbre sin ningún problema. La cima, curiosamente, está constituida por un pequeño bordillo en el único punto donde la cresta se estrecha y obliga a usar las manos para coronarlo.


Pero, antes, hemos de alcanzar el ibón; el punto de partida es Canfranc (estación), desde donde se llega por pista al fuerte de Col de Ladrones. Tras un pequeño descenso, enlazamos con el camino que transita por el fondo de la Canal de Izas, el cual abandonaremos algo antes del refugio de Iserías, cuando el valle se abre. Ascendemos bajo el espolón de Samán, para colarnos bajo la barrera de escarpes que lo prolonga lateralmente hasta la cabaña de la Vuelta de Iserías, donde el sendero efectúa un marcado cambio de orientación para dirigirse hacia el ibón, todo lo cual puede suponer algo más de tres horas desde la estación internacional. Resta todavía poner pie en el espolón y remontarlo en su totalidad; en total más de cinco horas efectivas, aunque el terreno es adecuado para establecer una buena marca de velocidad y rebajar notablemente este tiempo.

la cresta vista de frente
No se trata, sin embargo, de una vía idónea para la iniciación a la alta montaña, pues transcurre sobre un terreno algo delicado y de compleja retirada en caso de que alguna de las frecuentes tormentas vespertinas que asolan la zona se decida a complicarnos la excursión, con el compromiso que implica una larga permanencia sobre las crestas superiores. Sin embargo, también supone una excelente alternativa a comienzos de temporada, cuando la nieve helada tapiza la canal de la vía normal a esta cima y a la Pala de Ip, siempre, claro está, que no se prefiera el acceso desde el monte Larrón, también el trayecto más rápido y útil para el descenso, por mucho que tal itinerario carezca de los alicientes estéticos de la visita a la canal de Izas y al ibón de Iserías.

el ibón de Saman, desde los picos de Iserías 
...y con el vecino Pico de la Moleta como telón de fondo.
la Pala de Ip durante la ascensión
las paredes septentionales de la Tronquera
y, finalmente, la cima desde la cresta somital


miércoles, 31 de julio de 2013

Los picos de Brazato

Los picos de Brazato ¿montaña para vacas?

¿Qué tienen algunas montañas para provocar nuestra atención y hacerse notar relegando a vecinos de mayor envergadura? Sin duda, es su aspecto lo que nos conquista; su presencia magnífica domeñando a los riscos de su entorno que le rinden vasallaje. Al menos, tal fue mi sensación, frente a la Peña dero Brazato; ignoto promontorio de esporádica comparecencia en los mapas oficiales, ubicado entre el pico de Brazato y el del Tablato de Piniecho, los cuales lo dominan sobre el papel por escasos metros; una exigua diferencia, eso sí. Sin embargo, la mole abrupta y desafiante de la Peña dero Brazato, casi siempre registrada sin cota y muchas veces innominada, poco tiene que ver con el aspecto más amazacotado de sus dos vecinos, mientras que alardea de un porte relativamente inexpugnable. No hay tal, como veremos enseguida, aunque el pico se defiende con soltura de asaltos poco fundamentados, como estoicamente suelen constatar algunos andarines despistados, que se ven obligados a renunciar a esta cima en favor del agarmonado Tablato o de la anodina “cota 2.731” que designa al Pico de Brazato; a esta última elevación debemos sin duda el bautizo apresurado de la Peña dero Brazato, para distinguirla de su pico homónimo, presuntamente más alto. Pienso, sin embargo, que el nombre que las gentes del lugar habrían otorgado con intención genérica a las prominencias ubicadas sobre el ibón superior de Brazato, debería recaer sobre la cumbre individualizada más significativa de las dos potenciales aspirantes al título y, creo honradamente, que ésta debe ser, tanto por su fiero aspecto como tal vez por su altura, la cima actualmente reconocida en ciertos mapas como Peña dero Brazato, la cual permanece anónima en otros muchos, sin que ni en unos ni en otros llegue a alcanzar los 2.700 metros (mejor no recrearse en la confusa y habitual algarabía de nombres, alturas y denominaciones que podemos encontrar en la consulta de distintos documentos y publicaciones).

¿Pico o Peña dero Brazato?
Sea como fuere, en el pasado verano de 2011 me animé a explorar con mayor profundidad esta montaña, a cuya cúspide oficial ya ascendí hace algunos años con esquís y a la que había contemplado por primera vez en una temprana adolescencia, cuando acompañaba a mi progenitor en sus correrías tras las apetecibles truchas de los ibones. Como recuerdo de aquellos días, me queda la airosa estampa de una cumbre a la que ya entonces atribuimos el apelativo de Pico de Brazato y que resulta por completo ajena al insustancial apéndice que dormita acomodado en la cresta un poco más hacia levante.

en naranja, vía cara norte; en violeta, arista; en verde, la normal
Así pues, y en torno a unas tres horas después de partir del Balneario de Panticosa, me encontré una pálida mañana de junio en la cola del embalse alto de Brazato y frente a la cara noreste de la Peña, con la intención de ascenderla en caso de que la ínclita eminencia me concediera su permiso. Las luces del alba dejaban en sombra la tortuosa cara norte, en la que se adivinaban veladas quebraduras verticales; parece ser que también enmascaraban una evidente vía de ascenso que, sin posible explicación, me pasó inadvertida: una rampa que corre en diagonal ascendente hasta estrellarse, ya muy arriba en un graderío fácil. De modo que, ignorando ese potencial itinerario, avancé resuelta y directamente hacia la pared oriental superando unas rocas poco empinadas (algún paso aislado de III), las cuales se pueden esquivar fácilmente merced a un breve rodeo por unas pedreras situadas hacia la izquierda. Ya bajo el erguido baluarte superior, una travesía a la derecha (existen otras opciones alternativas) me permitió sortear los pasos más escabrosos, para acceder a una poco definida arista orientada al norte que delimita la vasta vertiente noroccidental y donde concurre una roca más inestable y plagada de líquenes. En suma, tan solo algún fugaz y aislado paso de III, quizá siempre eludible. Ya en la cima, tuve ocasión de dedicar unos minutos a solventar la cuestión de la altitud: una visual dirigida a la cúspide del vecino pico del Tablato, administrativamente más elevado, se estrella al fondo contra las faldas de la Partacua. No queda duda, pues: la Peña dero Brazato es más alta; la disparidad, además, podría ser significativa y rayar en torno a los treinta metros, que es, precisamente, la diferencia comúnmente registrada entre el Tablato y la máxima cota de los Picos de Brazato; en cambio, no me atrevería a proclamar cuál de estos, el “Pico” o la “Peña”, es la prominencia más elevada: en este caso la diferencia es mínima y resulta difícil decidir a favor de cuál de las dos pueda decantarse. Si bien un arbitraje cabal cabal debería conceder la razón a los argumentos oficiales, defendidos y representados por la mayoría de los mapas, también éstos, sin entrar en asuntos toponímicos, son con frecuencia erróneos. Y, en este caso, se equivocan al menos en lo que se refiere a la relación entre el Pico del Tablato y la Peña dero Brazato, ¿no? Además, se intuye que la tal Peña es más elevada que su pico homónimo.

la cubre de Brazato; al fondo el Vignemale; se aprecia, a similar altura,
la alienación de las dos cimas, del pico "oficial" de Brazato y de la Peña
otra perspectiva, un poco por debajo de la cumbre de la Peña: ¿cuál es más alta? 
Después de un rápido reconocimiento de la hermosísima cresta cimera que corre de NE a NO en la que pude constatar que hasta allí no se podía llegar con las manos en los bolsillos, opté en esta primera visita por no complicarme la vida y descender exactamente por donde había subido, pero ya en el fondo del valle, cuando, todavía poseído por el vano orgullo de la cima recién conquistada, volví la vista atrás hacia la ahora ya bien iluminada cara norte… ¡Seguro que por ahí se puede subir andando! Tras esta lamentable reflexión, contemplé con frustrada resignación cómo parecían derrumbarse mis anhelos de inexpugnabilidad, merced a la ya mentada glera que asciende en diagonal hacia un pasillo de aspecto también bastante sosegado, el cual desemboca en una pendiente final que sabía fácil, justo debajo de la cresta. ¡Ya tengo una buena excusa para volver! –me dije–.

la arista y los dos diedros inexpugnables;la vía descrita 
recorre el perfil de la izquierda y luego, la arista cimera
Lo hice a mediados de agosto, con la intención de ascender esta vez al pico desde la cresta que viene del Tablato y en cuyo collado más próximo a Brazato había visto abandonar a varios grupos en junio. Esta vía presentaba a priori una excelente ventaja: la oportunidad de visitar de nuevo la airosa cresta cimera, cuyo acceso está defendido por dos resaltes sucesivos de inquietante faz. Lo cierto es que desde el collado se advierte el primero de ellos bastante más serio de lo admisible: una cara estrecha y triangular, vertical, surcada por dos hermosos diedros de difícil superación. Y si de lejos ambos diedros ostentan empaque de alto nivel, de cerca su aspecto es aún más dudoso, especialmente el de la derecha; su vecino parece un poco más humano y debuta por unas rocas de IV, pero enseguida se presenta más complicado a lo largo de un tramo, muy erguido y dotado de presas redondeadas, hasta una estrecha cornisa tapizada de piedra suelta. A partir de ahí, la cosa es todavía mucho más seria y no bajará de un V sostenido, tal vez VI. En cualquier caso, se trata de un desafío en completa discordia con el espíritu de la ascensión algo más amable que perseguía. En cambio, la arista SO que delimita la cara, aunque también goza de un aspecto imponente, se deja subir con facilidad. Un breve paso de III+ e, inmediatamente, la dificultad baja a II e, incluso, es también posible desde ese momento continuar en la vecindad de la arista sin apenas utilizar las manos. Tanto si proseguimos hacia la izquierda por la accesible pedrera como si optamos por el elegante filo de la arista, al cual solo cabe oponer la presencia de insidiosos líquenes, muy resbaladizos cuando se humedecen, accederemos pronto a la brecha entre este espinoso resalte y el siguiente, desde cuya coronación parte la bellísima cresta hasta la cima. Este escarpe es más amable que el precedente y su ascensión resulta muy gratificante de continuar por el filo de la arista (también ahora es posible escapar de los obstáculos mediante sucesivas gradas que corren hacia la izquierda). Pero sería un pecado ignorar la hermosísima y aérea cresta, inmensa y plural en su variedad, así como plena de espectacularidad que no de dificultad, pues no presenta ningún impedimento superior al II, salvo algún III descarriado y, tal vez, sendos pasos un poco más duros en sus dos extremos, tan exiguos como fáciles de rodear. Desde tal cresta, por otra parte, podremos constatar que tampoco existe acceso cómodo por la pared Sur; a lo sumo un par de canales, interesantes en invierno pero absolutamente desaconsejables cuando se encuentran libres de hielo y que, desde luego, exigirán al menos una escalada elemental.

aspecto invernal desde el Tablato
Dado que por la cresta hacia el pico de Brazato también está cortada la progresión, tan sólo quedaba por dirimir la incógnita de la potencial facilidad de acceso por el canchal oblicuo de la cara que apunta hacia el Balneario. Por fortuna, los últimos metros de esta vertiente hasta alcanzar la cima exigen obligatoriamente el recurso a las manos. Mínimo II y en su límite superior. Sin embargo, por desgracia, mis temores se confirmaron en cuanto a los puntos todavía oscuros de la incógnita: tras un breve descenso en pleno norte se accede al punto donde se estrella la pedrera diagonal; falta entonces por descender (o ascender) una sucinta rampa, perfecta definición de una trepada de primer grado: aquí, las manos se utilizan solo para guardar el equilibro. De hecho, si de una apuesta se tratare, casi cualquier montañero medianamente curtido podría superar el tramo sin tocar en absoluto la roca con las manos. Debajo queda una vasta pedrera, no demasiado inestable, en la que florece algún que otro hito indicativo del camino de menor resistencia hacia la cima.

Bueno…, al menos, sigo pensando que he conocido al genuino Pico de Brazato, que no carece de atributos para merecer una visita. La vía de la arista suroeste, parece también un objetivo ideal para la iniciación, a despecho de los resbaladizos líquenes y de la presencia de algún bloque inestable que obliga a no descuidar la atención; a cambio, si fuera necesario, he de insistir en el peculiar carácter de esta ruta: es posible eludir todos o casi todos los pasos escabrosos, lo que si bien reduce el interés de la ascensión, supone una garantía para excursionistas de escasa experiencia.


¿Es entonces esta una montaña para vacas? Al margen de las elocuentes disquisiciones de Mummery y de sus famosos asertos (en los cuales, tengo entendido, no se citaba a las vacas sino que se aludía a apacibles excursiones para damas), esos metros finales para acceder a la cresta, en los que es obligatoria una escalada siquiera elemental, nos permitirán conservar para esta montaña un leve fulgor inmarcesible. Además… ¿quién ha visto alguna vez una vaca en esta cumbre? ¿Es que alguien piensa que por aquí pueden subir las vacas, eh? ¿Alguien las ha visto? ¡A que no!

lunes, 1 de julio de 2013

La toponimia del valle de Aísa

Siempre me ha gustado respetar los nombres genuinos de cumbres y lugares, así como tiendo a mostrarme refractario a nuevos bautizos, en especial si son gratuitos, arbitrarios o responden a oscuras razones de amistad y vasallaje. Y todo ello, aun teniendo en cuenta que muchos de los nombres que tenemos por tradicionales tal vez no lo sean tanto pues, en muchos casos, el linaje del que tanto presumen se remonta a poco más de unas décadas e, incluso, solo unos lustros. Y no solo eso: es posible que carezcan también de la oportuna justificación. Por lo demás, la única fuente, apenas fiable, para contrastar la bondad de añejas denominaciones, se fundamenta en viejos documentos cuya redacción no garantiza que el autor conociera o recogiera con fidelidad los usos autóctonos y ancestrales.

Sin embargo, más allá de las graciosas anécdotas suscitadas entre ilustrados exploradores pireneístas e indígenas rústicos, que puedan haber dado lugar a algún que otro "Pic de Nosecomosellama" entre otras barbaridades, resulta lamentable la extrema proliferación de errores e ignorantes transcripciones por parte de los actuales escribidores sobre temas de montaña, asistidos hoy por un fabuloso arsenal de recursos para dilucidar cualquier aspecto de lo tratado. Y es esta una inmejorable ocasión para pedir disculpas por los inevitables errores presentes y pasados que hayan podido deslizarse en este blog, así como los todavía por llegar. Mil perdones.

el Aspe o Liena de la Garganta, en la cabecera del valle de Aspe
aspecto invernal de las cumbres que cierran por Francia el circo del Aspe
Respecto al objetivo concreto de esta entrada, la toponimia del valle de Aísa, no puedo menos que recoger un escrito publicado en El Pirineo Aragonés y firmado por Xabier Etxaide, como antiguo residente en el valle y buen conocedor de los nombres que escuchó durante su infancia de pastores y lugareños. Así, las tres grandes cumbres que cierran el valle por el norte sobre los llanos de Igüer (que no Napazal), se nombrarían de oeste a este como Liena de Elbozo, Liena de la Chaminera (chimenea) y Liena de la Garganta, la más elevada del trío y conocida desde antaño en Francia como Aspe. El conjunto de las tres cimas se denominaba As Lienas, lo que en el habla local corresponde a "Las Peñas", y que posteriormente se castellanizó como "Llenas", llegando en ciertas y penosas circunstancias hasta la denominación "Llana", por suerte no muy difundida... de momento. Al menos, en el caso de la Liena de la Garganta, se ha impuesto un nombre, el de Aspe, otorgado por los habitantes del valle homónimo, a quienes podemos reconocer tanto derecho a su nominación como a los pobladores del resto de los valles implicados. "Liena", en la tradición oral aragonesa, viene a referirse a un yacimiento de losas, pedrera o zona incultivable.

As Lienas: Liena de Elbozo, de la Chaminera y de la Garganta, desde la Magdalena
Desgraciadamente, cada vez se hace más difícil rescatar de un cruel olvido una toponimia entrañable, devorada sin remedio por usos tan ignorantes como desconsiderados. Pienso en la Quijada de Pondiellos (Picos del Infierno) o la triste traducción de Mont Pertito en referencia a la más alta de las Tres Sorores. Al menos, Comachibosa ha sido sustituido por Vignemale, apelativo cuya antigüedad y derecho exhiben un lustre innegable, pues se reflejaba ya en un temprano tratado sobre límites de finales del siglo XIII, con la forma Vinhe Male, amén de que así se le ha conocido desde "siempre" en el país galo.

Leserines, que no Lecherines, desde la Canal de Izas
la Quijada de Pondiellos, sobre los ibones Azules
Y sigo sin aclarar cómo se denomina la canal más aparente por el norte de la Partacua y su domo adyacente: ¿Cachivirizas, Cobacherizas, Cavichirizas...? ¿Alguien puede proporcionar una luz?

amanecer en el rincón más emblemático de la Partacua

Consultadas diversas fuentes sobre este tema, he conocido dos nuevas aportaciones; la primera, el término Clabiclirizas, defendida en un tratado de toponimia tensino (Ana Mª Escartín Santolaria) y la segunda, Cavechirizas, proviniente de personas originarias de Piedrafita.

lunes, 17 de junio de 2013

Petit Astazou, arista NO

En el circo de Gavarnie, destaca la presencia altanera de su principal guardián: la cumbre bicúspide de los Astazou; de inmediato surge el deseo de alcanzar el collado que separa ambas cimas mediante un airoso corredor: el Swan. Sin embargo, otra vía, apenas un poco más complicada, acapara la mayor parte de las excursiones. Es la archiconocida arista noroeste, celebérrima escalada que muy pronto devino clásica, merced a unos alicientes indiscutibles.

el circo de Gavarnie y sus centinelas orientales, los Astazou
A caballo entre el glaciar de Pailla, reliquia helada al borde la extinción, y el verde valle por el que se deslizan las bulliciosas aguas de la Gave, la aérea cresta brinda sin cesar un espectáculo realmente excelso, sin que la dificultad de la escalada nos prive de tanta belleza acumulada. A pesar de discurrir por roca calcárea, su calidad es sorprendentemente buena, dispuesta en estratos horizontales que alternan algunas panzas con tranquilizadoras repisas, mucho más numerosas.

el perfil de la arista noroeste del Petit Pic d'Astazou desde la Pailla...
...y desde el Astazou oriental.
Casi todas las descripciones que he leído de este hermoso itinerario inciden en una sucesión de resaltes perfectamente identificables, a los que se alude una y otra vez como referencias inconfundibles. ¡Hasta una docena de prominencias, que casi llegan a poseer nombre propio! Bien; pues cuando ascendí por la arista noroeste del Petit Astazou, no llegue a distinguir con claridad ninguna de ellas. Cierto, que tampoco me preocupé mucho de tal cuestión, pendiente del marco que me rodeaba y, en alguna ocasión, las menos, atento a las vicisitudes de la escalada, pues, aunque la vía está catalogada como BD+, no es fácil encontrar pasos de IVº; a cambio, abundan los de IIIº, pero de forma notablemente discontinua y sin que ningún obstáculo llegue a perturbar seriamente nuestro ánimo. Merece la pena señalar que alejarse del filo de la arista en busca de pasos más cómodos en plena cara norte, rara vez funciona. Y, además, nos perderemos las grandiosas vistas sobre el verde valle por el que serpentea el recién nacido Gave, que aguas abajo tomará el nombre de Pau.

Gavarnie desde abajo...
...y desde arriba.




















No abundaré en detalles que pueden ser consultados de forma exhaustiva en cualquier guía. Por el contrario, precisaré algunos puntos que puedan resultar de interés. Respecto a la aproximación, no tengo mucho que aportar, salvo que no es estrictamente necesario dormir en el refugio de los Espuguettes; tampoco hace falta coger la arista en su punto más bajo; habitualmente se ataca desde el glaciar, dirigiéndonos a una zona tendida, casi horizontal de la cresta, en la que desemboca una rama del glaciar, a poco más de 2.500 metros. Particularmente, la primera panza de la arista fue la que me resultó de más ardua superación; los metros finales, de lo más sencillo.

el Petit Pic d'Astazou desde el Gave.
Otra cosa cabe decir del retorno… ¿Quién dijo aquello de que la excursión acaba en casa? Una de las opciones más prudentes para el regreso a la civilización pasa por cruzar la brecha de Tuquerouya y, después, la Hourquette d’Allanz. ¡Un buen rodeo! La alternativa opta por el Col d’Astazou, abierto entre el Marboré y el Petit. Lo cierto es que se trata de un descenso muy atractivo, pero… no es fácil apearse del collado, sea por un empinado nevero que puede estar en malas condiciones y para el que probablemente no llevaremos material adecuado —estamos refiriéndonos a una escalada de roca, ¿no?—, sea por varios muros y terrazas a través de los cuales será preciso buscar el paso más favorable; entendámonos: apenas será necesario recurrir a las manos, si es que lo hacemos; al contrario, habremos de utilizar con particular efusión nuestra intuición para reducir a la mínima expresión algún que otro inevitable rodeo. Finalmente, accederemos a las famosas “roches blanques”, tan temidas en la época dorada del pireneísmo con botas claveteadas; nos resultarán ridículamente accesibles. Pero, al parecer, en mi caso no experimenté suficiente escarmiento en las rampas del Col d’Astazou y tenté un descenso directo a l’ Hôtelleríe du Cirque. Tal solución es perfectamente factible, ni siquiera puede apelarse a la escalada, pero también es cierto que exige un marcado sentido de la montaña y transcurre por un terreno salvaje, muy salvaje. No dudaría en recomendarlo, siempre y cuando quien lo emprenda no tenga reparo en complicarse la vida.

el Couloir Swan entre los Astazou


martes, 4 de junio de 2013

Anayet, corredor de los franceses

Debido al supuesto paralelismo de su origen plutónico, en más de una ocasión se ha calificado al Anayet como hermano menor del Midi d’Ossau, no sin señalar que se trata de una pobre imitación. Desde una perspectiva alpina, tanto por meras cuestiones de tamaño como por la calidad de la roca, habremos de convenir que, efectivamente, no existen términos plausibles de comparación. Pero, ahí está el Anayet, inconfundible con su enhiesto perfil, bien plantado en los confines de Canal Roya, y, sobre todo, aislado de otras cumbres rivales.

el Anayet desde el norte.
Aunque la vertiente norte y sus hermosas invernales le han granjeado un gran protagonismo en las crónicas de ascensiones, es en el flanco opuesto, presidiendo las turberas e ibones homónimos, donde mayor popularidad se le reconoce. También aquí, su vía normal ha alcanzado una elevada notoriedad, siquiera sea por los numerosos incidentes radicados en sus aledaños; en especial, en el famoso enclave de la “placa”, al parecer equipado con un cable o cadena. Curiosamente, nunca he subido o bajado por tal paso, siendo que por intuición he preferido siempre la proximidad del espolón occidental, muy accesible.

el corredor de los franceses
Sea como fuere, cuando se llega al Anayet desde Formigal, un osado corredor, justo a la derecha de la cima, atrae la mirada como si fuera un potente imán. Es el corredor Este o de los franceses. Su aspecto impone. Tras poco más de una hora y media desde la carretera (la pista suele estar cerrada en verano), se divisa el corredor, cuya base se alcanza en media hora suplementaria. Pues, bien, a lo largo y ancho de esos treinta minutos caminando por las turberas, lo contemplamos de frente, lo que suele inducir una ilusión óptica que tiende a provocar una fuerte sobrevaloración de su inclinación. Tal fue como a mí me sucedió, hasta concluir que el primer y último tercio de la canal eran casi verticales, mientras que el tercio central llegaba al extraplomo. Quizá solo en la Canal de Retos, vislumbrada desde Cima Capullo, (ver foto en este blog, entrada Corredores fáciles Telera) he llegado a experimentar una sensación tan intensa. Intensa y engañosa, pues, después de tomar algunas referencias que me guiarían durante la ascensión, descubrí cómo las iba sobrepasando todas sin tropezar con los esperados y empinados obstáculos. De hecho, tan solo me decidí a emprender esta vía porque las reseñas señalaban una accesible cotación de AD.

el Anayet desde el Pourtalet
Pero los esperados pasos de IIIº e incluso IVº no aparecían por ninguna parte; tras superar andando el primer tercio, supuestamente vertical, tampoco la zona central opone barreras dignas de mención, salvo un exiguo muro, este sí en ligero extraplomo, cuya principal dificultad estriba en hallar algún punto dotado con presas sólidas, lo que no abunda precisamente en esta vía. Aquí, en efecto, se puede hablar de un IVº, tan delicado como breve. Y, después, poco más. Algún paso aislado y perfectamente evitable de IIIº hasta la cresta, la cual no supera en ningún caso el IIº

En definitiva, trepar, se trepa poco o muy poco. Pero lo que falta e incluso decepciona en cuanto a criterios alpinos, queda compensado por el encanto de una ruta tan directa y eminente que atraviesa la ladera más escabrosa del Anayet.

humedales que rodean al Anayet por todas sus vertientes
He rondado esta cumbre en todas estaciones y condiciones. Nunca me ha defraudado. Quizá porque no he buscado en ella mis límites, sino que, sencillamente, me he dejado seducir por su entrañable hechizo, ese mismo que ya se aprecia cuando se escucha su melodioso nombre. Hoy, de nuevo la amenaza de las palas excavadoras se cierne sobre estos privilegiados enclaves: confiémos en que ninguno de esos proyectos falsamente progresistas llegue a destruir en pocos días lo que tantos miles de años le llevó erigir a la naturaleza.

viernes, 24 de mayo de 2013

Palas, cresta SE

Pues no; no tiene tres mil metros. ¿Y qué? Según los censos oficiales —entre los cuales tampoco suele existir demasiado acuerdo—, al Palas le faltan algo más de dos mil quinientos centímetros para formar parte del impertinente catálogo de los tres miles, pero, a estas alturas, ya ha quedado claro que no soy un devoto de tan afamada cota: aunque, como a todos, me gusta mirar hacia arriba para después contemplar el mundo desde lo más alto, también me apena que se ose relegar a bellísimas montañas a un segundo plano, por culpa de una apreciación poco juiciosa y basada en un metro que nada quiere saber de la seducción vertical. Conozco pocas cimas con tan hermosa estampa como la del Palas, cuando se divisa al pico desde los altos lagos de Arriel.

el Palas invernal desde Arrious
el Palas desde Arriel
el Palas desde Artouste, vertiente oeste
Excelente granito en general y atractivas vías de diversa dificultad: en el regular triángulo que delimita la cara sur del Palas, apoyada en dos vigorosos contrafuertes, podemos apreciar a la izquierda el perfil del interesante Pitón Von Martín (D) y, a la derecha, el de la arista sureste (BD), que asciende desde el puerto de Lavedan; entre ambas, la chimenea Ledormeur traza una diagonal por la que discurre la vía normal (PD). La arista sureste es un itinerario divertido, variado, que nunca apura y que nos brinda una excepcional oportunidad para iniciarse en el pireneísmo de cierta dificultad, ya que muchos de los obstáculos pueden eludirse o disfrutarse a voluntad. En esta cresta reina el tercer grado sin alcanzar nunca el cuarto, mediante una sucesión de breves pasos de todo tipo y condición, donde no falta alguna fisura y, sobre todo, una aérea bavaresa horizontal.

el perfil de la arista sureste
La escalada se inicia junto al puerto de Lavedan a través de una chimenea vertical en la vertiente española, no tan fácil como la pintan algunas reseñas, pero nunca difícil (IIIº). Ya solo queda seguir la cresta hasta que se desdibuja por un momento en la cara sur cuando esta ha perdido su verticalidad; desde este punto, la arista se yergue de nuevo, a la vez que, paradójicamente, se torna un tanto más fácil. En mi ascensión, hace ya algún tiempo, toda la zona superior estaba cubierta por la boira, por lo que me desvié a plena cara sur, la cual se encontraba limpia: dentro de esta variante, la dificultad técnica se mantiene en la misma tónica, tercer grado, reducido a pasos aislados; si fuera preciso, también es posible “esbarrar” hacia la vía normal para escapar de la montaña sin pisar la cima.

a la izquierda, el Pitón Von Martín; a la derecha la arista SE
Para el descenso, ha de atravesarse el couloir SO y seguir la cresta adornada por numerosos mojones; hacia los 2.800 metros habremos de tomar la chimenea Ledormeur que nos dejará ya en terreno practicable. Tanto en el corredor como en la chimenea abundan las piedras sueltas, muy a pesar del sólido granito característico del Pico.


domingo, 12 de mayo de 2013

Midí, cara norte

El Midí no precisa mucha glosa para realzar su atractivo: su mera silueta basta y sobra para encender pasiones cuyo rescoldo permanece en nuestro interior mucho tiempo después de la ascensión. ¿Y qué decir de su afamada cara Norte, la más austera y exigente, plena de inmensos precipicios, cuyo desafío supera con facilidad a nuestra ambición? Pues… ¡que existe una vía accesible!, dispuesta a proporcionarnos algunas de esas sensaciones, inicialmente reservadas para el selecto club de los maestros.

¡Adelante! La veda de la cara Norte se ha suspendido y el guarda, benévolo, nos autoriza a colarnos por un estrecho resquicio: una puerta abierta junto a los Cuernos de Mondeils, permitirá que nos encaramemos subrepticiamente sobre los riscos tallados en la vertical del Gran Pic. Disimuladamente, para no encolerizar al Gran Señor del Ossau, treparemos por los escarpes burlando los aparentes obstáculos, que se rendirán apenas sin oponer resistencia. Y, de forma increíble, pasearemos dulcemente por la repisa de l’ Embarradère, dominando uno de los más impresionantes abismos de la cadena pirenaica.

la Brèche des Autrichiens y Cuernos de Mondeils
Pero, para ello, antes habremos de acceder al Col de Suzon, visible desde el Refugio de Pombie, collado desde el que se inicia una travesía casi horizontal que nos depositará junto a la Brèche des Autrichiens. En total, casi tres horas desde el aparcamiento, siempre por sendero. Para superar el domo inicial, pegado a la muralla, será suficiente con ejercer de tercergradistas durante un breve instante, en lo que puede suponer el paso más complicado de la ascensión. Una chimenea tumbada (II) conduce a la brecha de un gendarme, inconfundible, sutilmente colocado como guía de nuestros pasos, desde donde una aérea zancada nos sitúa en un sistema de terrazas que ha de atravesarse en diagonal, entre bloques ornados de yerba, hacia una zona poco empinada que quiebra el impulso vertical del gran espolón descendente de la Punta de Francia. Quizá es verano, pero hace frío; estamos en una cara norte, a la sombra: ¿las manos? Casi siempre en los bolsillos.

l'Embarradère y el Piton de la Fourche
Es preciso descender unos metros para alcanzar el fascinante balcón l´ Embarradère, el cual nace en la vertiente occidental del espolón. Aquí, la roca está algo rota, pero apenas opone dificultades. El viaje por la gran repisa, una amplia cornisa horizontal es alucinante; un inmenso suspiro de alivio entre dos verticales absolutas. En el extremo opuesto, l´Embarradère se prolonga por una estrecha canal, cerrada por dos extraplomos, el primero de los cuales se bordea tranquilamente por la derecha; el segundo arrancará de nuevo a nuestras manos de su cálido cobijo: hay que vencerlo por la margen izquierda del corredor, su único punto débil, y tampoco aquí la dificultad ha de exceder del tercer grado, siempre y cuando sepamos desdeñar hacia la derecha unas cornisas, tan atractivas como taimadas, que no llevan a ninguna parte. También complicada, pero factible, es la escalada de la fisura en el mismo eje del corredor. Y ya está: escapamos de la sombría mazmorra para recibir el sol junto al Pilier de l`Embarradère. Casi sin darnos cuenta hemos llegado a La Fourche y desde allí, a través de las “lajas blancas” (también se puede directamente), alcanzaremos una chimenea muy empinada en su final, pero provista de presas excelentes. En la amplia terraza donde termina, encontraremos algunos hitos de piedra para ayudarnos en nuestra orientación: hay que vencer un corto escalón; si de frente no se deja, lo eludiremos por la izquierda.

el torreón final, sobre las "lajas blancas": no tan fiero
Un poco más arriba se abre hacia el Este una chimenea que colaborará eficientemente en trasladar nuestros huesos a una zona de accesibles bloques desde los que la cima se descubre indulgente y próxima. En suma, todo lo que la montaña habrá opuesto a nuestra osadía, serán unos breves pasos de tercer grado, esparcidos aquí o allá para proporcionar un poco de emoción a la aventura. A cambio, nos brinda uno de los más espectaculares panoramas de los Pirineos. Y, por último, una llamada a la prudencia: la ascensión no es difícil, pero la cara norte mantiene cierto compromiso y es imponente; además, en el Midí acecha siempre la sorpresa. Lo sé.