Vías Pirineos de dificultad media, [escalada PD, AD, D (IIº/IVº, máx. Vº)]. Vivencias de montaña. Rincones desconocidos o escasamente divulgados. Y alguna que otra reflexión

domingo, 24 de marzo de 2013

Billare, destino incierto.

Después de atravesar el Somport, el hermoso y verde valle de Aspe da acceso al de Lescun, famoso enclave pirenaico al fondo del cual las archiconocidas agujas de Ansabere desafían al cielo con descaro. Su altiva silueta, a la que durante mucho tiempo se otorgó el título de inaccesible, se presenta desde Francia enmascarada por otra hermosa montaña, de gran porte y abruptas laderas: es el Billare, cumbre bicéfala cuya pared NE está suspendida sobre el Plateau de Sanchèse, 1.200 metros más abajo. Sin duda, un importante y escarpado desnivel, que en poco envidia a las más notables de nuestros Pirineos.

el Billere sobre Lescun

La compacta mole del Billare domina con inmensidad el horizonte de Lescun y el deseo de vencer a esta imponente montaña se hace imperioso, pero su aspecto poco tranquilizador y la ausencia de itinerarios evidentes son claras invitaciones a saber más... Hay quien, cuando indague en la letra impresa soluciones a las incógnitas que plantea con profusión el Billare, obtendrá probablemente respuestas poco estimulantes. Otros tal vez opten por atacar directamente sus paredes sin más preámbulo, iniciativa poco aconsejable pues estamos frente a una cima que sabe cómo defenderse y que incluye entre sus armas el recurso a la niebla, tan frecuente como desesperante en los confusos riscos superiores. Sería ilusorio, además, especular con la idea de que este pueda ser el único obstáculo.

Sea como fuere, el evidente y amplísimo corredor Este, que escinde en dos la montaña y se abre sobre el Plateau Sanchèse, perfectamente visible desde la villa de Lescun, atrae como un imán y sugiere una tentadora ruta de ascensión. A su izquierda se levantan el circo y las paredes Sur, compleja aglomeración de peñascos que —sólo desde la proximidad— rompen la monolítica faz del Billare. Parecen posibles allí diversas vías y existe al menos una de baja dificultad, desaconsejable por el riesgo de desprendimientos, un peligro muy real y que no se limita a esta vertiente. La cara Norte tampoco da facilidades, en tanto que hacia el Oeste encontraremos un poco atractivo (en verano) corredor y la vía normal, el mejor camino para retornar a la horizontalidad. 

la cara este del Billare y su gran corredor
Si nos dejamos seducir por los sugestivos alicientes del Couloir Este, podemos llegar hasta su base a través del bosque de Larrangus, partiendo de la pista que se dirige al Plateau Sanchèse, hermoso rincón accesible en vehículo con escasos riesgos para la carrocería —¿alguien puede dudar que tal nombre alude al “Llano del Sánchez”?—. Como poseo cierta afinidad con los roedores de biblioteca y bastante capacidad para ilusionarme gracias a las montañas de papel, tuve temprana consciencia de que el corredor se cierra en un sombrío embudo, L’Entonnoir, complicado de superar (Vº frío y húmedo) y, sobre todo, receptor de cualquier piedrecilla decidida a bajarse de la pared. Como opción viable, es posible alcanzar el gran couloir algo más a la izquierda y a un tercio de su base, mediante unas terrazas y corredores de perspectivas bastante amables; para llegar hasta su pie puede utilizarse el camino del lago de Lhurs, itinerario hermoso, complejo y... salvaje, desde que se abandona el sendero, prometedor prólogo del resto de la ascensión (pasos de IIIº hasta el corredor Este). La hermosa arista que delimita al corredor en su labio meridional no es sino una caótica masa de derrubios mal organizados: todo se cae y desde aquí parece imposible que los escombros desprendidos, aún sin ayuda de montañeros inquietos, no hayan colmado todavía el zócalo... Un poco de paciencia. Y un suspiro de alivio si hemos renunciado a L’Entonnoir o conseguido llegar hasta aquí tras vencerlo.

Ahora, el Billare es un tanto decepcionante. La escasa dificultad técnica que podíamos encontrar se desvanece, pero el carácter del terreno y su exposición mantienen la alerta. Tras alcanzar la Grande Brèche (2.141 m.) que separa el Grand del Petit Billare, es probable que renunciemos a este último, ya que el camino de regreso obliga a descender de nuevo a la brecha. Camino de la cima principal, se abre ante nosotros un atractivo y cómodo pasillo, junto a la punta de Larrangus, del que ha de salirse superando un pequeño resalte alineado a lo largo de toda su margen izquierda (a la derecha). Por desgracia, se comprueba pronto con inquietud la imposibilidad de superar tan nimio escalón, pues allí donde se apoye la mano, quedará adherido a ella un pedazo de monte. Obviamente, no es esta la vía correcta, que ha de buscarse en las placas ubicadas a la derecha del pasillo, enfrente del Petit Billare.

Hasta hoy, desconozco lugar tan descompuesto como este... Tal vez, si vuelvo algún día —lo dudo—, descubra que no era para tanto. He conocido otras experiencias así, mas, por el momento, no puedo aconsejar esta ruta para conquistar tan hermosa montaña. Tal vez el corredor NE, muy largo y difícil, al Petit Billare, o algunas vías en la cara NO, como el corredor occidental (F +), bien visible desde la normal, y un par de vías AD también al Petit Billare por esta cara… Sin embargo, el Petit implica una ascensión comprometida, tanto en sí misma como por el retorno, sea cual fuere la ruta elegida para ello. 

couloir NE al Petit Billare
El descenso de la cima principal transcurre atravesando la cúspide, algo enredada, en dirección al lago de Lhurs —también es factible el descenso directo hacia el lago, pero sobre terreno muy empinado y deslizante—. Cruzaremos una pequeña brecha y destreparemos más tarde una corta chimenea. Tras ella, el collado y trazas de un borroso sendero que desciende hacia los Cayolars d´Anaye. En este paraje se enlaza con el marcado camino del Plateau. Con buenas condiciones y visibilidad, esta vía normal no presenta ningún problema (solo una chimenea vertical de tres metros con enormes presas). Pero creo haber dicho que el Billare sabe defenderse. Y parece encontrar un refinado placer en hacerlo. Seguramente, en ello reside la causa de tan escasas visitas… siempre de incierto destino.




martes, 12 de marzo de 2013

Los corredores, ¿fáciles?, de Telera.


La vertiente norte de la Partacua en verano es impracticable y desoladora por lo que se refiere a sus corredores colmados de deslizante material de derrubio; únicamente la canal de Cavichirizas (Cobacherizas, Cachivirizas, Cavechirizas, Ca-no-sé-qué…) puede ser una referencia válida, como vía normal a Peña Telera; por el contrario, en invierno estos mismos corredores se transforman en una maravillosa e insoslayable invitación.



la Partacua: Corona del Mallo, Peña Parda y Peña Telera; más  a la derecha, Capulo, Tríptico y Pabellón

De todos ellos, los más accesibles teóricamente en el sector oriental de la Partacua serían la ya mencionada canal de Cavichirizas, la canal de Retos o de la Y, la de la Zeta y la de Pacines; en el sector occidental, la Canal del Burro. Claro que lo de fáciles solo puede citarse con permiso del estado del hielo o la nieve: en invierno, más que nunca, la montaña es la que establece las reglas. Y tales reglas, en forma de cornisa, pueden complicar notablemente incluso la conquista del más accesible de estos corredores, la canal de Cavichirizas. De todas formas, en muy escasas ocasiones supone esta cornisa un obstáculo serio; el problema de esta ruta reside en su prolongación natural, el famoso paso horizontal, bajo las paredes de Peña Parda, cuando el objetivo es Peña Telera. Se trata de un laaaarguísimo y expuesto paseo, muy peligroso en condiciones adversas que, cuando hay suerte, ofrece la opción de utilizar un nicho excavado a lo largo de toda la pared de Peña Parda a modo de rimaya. Aun así, todavía quedarían algunas rampas emocionantes; para descender de Telera, la mejor alternativa pasa por Peña Parda y su espolón sur, lo que impone un largo y fastidioso rodeo que, no obstante, suele ser más rápido que el paso horizontal. Al menos, eso es lo que pude constatar en el descenso de la Gran Diagonal, cuando coincidí con varias cordadas: quienes optaron por el paso horizontal llegaron a la Forca con bastante retraso (y tengo entendido que con el vello erizado). A partir del collado, lo habitual es descender sin cuerda.

salidas de los corredores María Luisa Aller y Maribel desde Cima Capullo.

 canal de Retos desde cima Capullo. Impresionante, ¿no?
Debajo de la rampa de salida aparece el gran bloque que alberrga el correspondiente nicho.

En cuanto a la canal de Retos o Doble Y, es un hermoso corredor que ya impone rampas bastante empinadas antes del estrechamiento donde propiamente se inicia. Tras unos metros paradójicamente no muy exigentes, llegamos debajo un gran nicho o caverna, formado por un enorme bloque ya en las proximidades de la salida. Un ataque frontal para alcanzar la cavidad exige la superación de un muro cuya inclinación ronda los 60º, si bien suele ser factible el asalto lateral, con lo que la pendiente cede hasta unos risueños 45º. El piso de la oquedad puede aparecer tapizado de verglas quebradizo; por encima, solo queda una amplia y monótona pala que no excede de 45º. Divisada desde Cima Capullo, la canal de Retos brinda un aspecto sobrecogedor; si esta fuera la única referencia, creo que nunca hubiera osado ascenderla.

estrechamiento de entrada a la canal de Retos

bajo el nicho

Para el retorno suelen utilizarse dos rápeles, el primero hasta el nicho y un segundo instalado sobre anclajes fijados en su bóveda. Este corredor, perfectamente válido por sí mismo, constituye también una alternativa aceptable para el descenso de Telera; en condiciones favorables podría prescindirse de la cuerda, pero, supuesto que no hemos ascendido por él, es difícil apreciar correctamente su estado desde arriba y aún menos la presencia de verglas en el nicho.

Punta Plana o Tríptico; a la izquierda, la canal de la Zeta; justo a su derecha, la Canal Ciega

Más que como ascenso, la canal de la Zeta supone un práctico descenso de otras vías de mayor compromiso de la Partacua. Con su trazado sinuoso y estrecho que hurta el abismo y una inclinación moderada, siempre inferior a los 45º, nos brinda una magnífica solución que solo impresiona cuando se divisa desde lo alto. Normalmente, no precisa rápel para el descenso; todo dependerá del estado del hielo en la zona superior. Una esbelta agujilla calcárea, delgada como un lápiz, puede servir como referencia para reconocer el punto exacto en el que desemboca esta canal. En el margen derecho pueden observarse varias instalaciones de rápel (cordinos y parabolt); también suele quedar muy claro cómo unos están muy altos, inalcanzables, y otros bajo el hielo. Por fortuna, las instalaciones en setas talladas en el hielo son rápidas (más de lo que parece), prácticas y seguras.

últimas rampas de la canal de la Zeta

los quiebros intermedios del corredor de la Zeta

salida derecha del corredor de la Zeta

doble salida de la canal de la Zeta; se puede apreciar la cornisa en la salida de la derecha, libre la otra


Cabe señalar que la canal de la Zeta presenta una atractiva salida en la margen izquierda; esta variante es corta e interesante, pero suele presentar una hermosa cornisa, tal y como puede apreciarse en la fotografía, en tanto que la salida habitual está libre de ella.

Pacines: debe abordarse por la margen derecha; abajo, las cascadas Silvia cierran la canal

en el centro, Pacines; es preciso abandonar el corredor a un tercio de la salida, bajo la pared vertical: flanqueo empinado

Por último, la canal de Pacines encierra una trampa insidiosa en cuyas redes caí hace años, cuando la recorrí en descenso sin conocimiento previo, por culpa de ciertas guías que no advertían acerca de la necesidad de abandonar la propia canal en su tercio superior, para tomar una vía accesoria en la margen derecha. Y es que algunos autores no parecen haber transitado por alguno de los itinerarios que describen. Merece la pena evocar la experiencia: emprendí la bajada por una rampa de 50º, legado de una antigua cornisa, aunque muy pronto el corredor se estabilizó en una cómoda pendiente de poco más de 40º. Tras un par de sustos en los que el corredor parecía estrangularse, las falsas alarmas devinieron en un problema real, casi ya en la base del corredor: efectivamente, este quedó cortado por las cascadas Silvia, un resalte vertical para el que no contaba con una cuerda suficientemente larga. Ante la perspectiva de remontar toda la canal, con el horario previsto desbordado y cuando el sol vaticinaba potenciales desprendimientos, busqué y encontré una escapatoria por la margen izquierda, por la que descendí encadenando tres cortos rápeles de siete u ocho metros. ¡Había estado a punto de emprender esta excursión sin cuerda! En caso de necesidad, debe buscarse esta salida justo encima de las cascadas Silvia, en el margen izquierdo del corredor. Es de advertir que, con suma frecuencia, una importante cornisa cierra la salida de la canal; no obstante, suele ser franqueable por el margen izquierdo.

el espléndido trazo de la Gran Diagonal, ascensión más que recomendable.

En cualquier caso, la vertiente norte de la Partacua no ofrece ninguna opción realmente fácil; en condiciones adversas, cualquiera de los itinerarios descritos puede convertirse en un episodio de muy incierto desenlace. Y, a pesar de su menor aliciente, la opción de descender por el mismo camino de ida, que ya conocemos, es una posibilidad que nunca debiéramos menospreciar.
Más alejadas y al margen de este comentario, quedan las también relativamente accesibles Canal Ancha, Canal Estrecha o del Cuarté y Canal del Ganado.

Consultar también La canal del Burro (al Este de la Corona del Mallo), en: 
http://rondapyrene.blogspot.com.es/2015/01/canal-del-burro-pena-blanca-partacua.html

En relación con el nombre de la Forca de Cavichirizas, es esta la denominación más plausible, de acuerdo con testimonios de personas originarias de Piedrafita; también podría ser Cavechirizas o, según alguna otra fuente, Clabicliriza (Ana María Escartín Santolaria, estudio toponimia tensina).


Según referencias recientes, los rápeles del la Canal de Retos o de la Y son de 50 metros.


sábado, 2 de marzo de 2013

La arista de Cap de Long

Los itinerarios que alcanzan la cumbre a través de una arista nos descubren la montaña más hermosa: la dificultad rara vez angustia ni tampoco distrae la contemplación de un paisaje maravilloso y siempre mutante, muy alejado de la monotonía en la que nos sumergen las vías de vertiente.

El macizo francés de Néouvielle alberga dos de las rutas más interesantes: la arista de los Trois Conseillers, de fama reconocida, que trepa hasta el Pic de Néouvielle desde la brecha abierta junto al Pic de les Trois Conseillers y la arista de Cap de Long, entre la cara norte y el glaciar de la vía normal del Pic Long. Tanto a la una como a la otra, se accede desde el embalse de Cap de Long, a cuya presa se puede llegar con vehículo tras atravesar la frontera por Bielsa.

el Pic Long, la arista de Cap de Long y el Maubic
La arista de Cap de Long es francamente accesible, relativamente corta y muy atractiva en cuanto a sus panorámicas. La marcha de aproximación nos llevará desde el ibón de Cap de Long, rodeado por el Sur, hasta el pico Maubic, al este del Long. Supone un paseo algo fastidioso, sobre todo durante el regreso, perdiéndose altura en varias ocasiones. Desde el Maubic, la arista se tiende horizontal durante unos metros, erizada de algunos bloques que no plantean problemas, hasta un pequeño y característico gendarme, aproximadamente en el centro del paseo horizontal. Es posible descender a la brecha que lo delimita para superar después un tramo delicado de hosco aspecto (III+), o bien instalar un corto rápel de siete u ocho metros que nos depositará en una terraza amplia en plena cara norte, la cual se prolonga hasta unos bloques al abrigo del resalte principal de la arista. Tanto si elegimos una u otra alternativa, el terreno plantea pocas dificultades e incluso puede superarse sin aseguramiento, a pesar de algún paso aislado de IIIº que entretiene el camino hacia la cumbre. 

el Long desde el Maubic
Pronto alcanzaremos una zona más abierta y confusa, siempre fácil, por la que progresaremos sobre una roca excelente conducidos por nuestro instinto. La cima, que advertimos próxima, nos atraerá como un imán y dictará el mejor itinerario sobre un terreno poco definido que las cordadas suelen superar en “ensamble”, a despecho de su exposición sobre los abismos de la vertiente norte. Sin contratiempos culminaremos una ascensión que puede calificarse de AD y que nunca apura, justo lo suficiente para evitar una relajación peligrosa. 

la cresta hacia el Badet y Maou, de fiero aspecto
En cuanto al regreso, es preciso alcanzar el collado abierto entre el Long y el Badet, guiados por una sucesión de hitos a través de la cara SO; desde allí podemos bajar por la vía normal con el auxilio de algún rápel hasta el glaciar, pues la regresión del hielo ha descubierto un tramo de roca muy lavada en un ambiente severo. Es más interesante y recomendable proseguir por la propia cresta hasta el Pic Badet o incluso hasta el Pic Maou. A despecho de su fiero aspecto, esta solución nos sorprenderá por su facilidad y rapidez; el descenso entre las dos últimas cimas es evidente y factible por varios puntos y apenas exige el uso de las manos en las proximidades del Badet, aunque en algún punto la roca se muestra muy descompuesta. Tanto por esta razón como por su escaso interés, apenas merece la pena culminar el Pic Maou, salvo que nuestro itinerario incluya la ascensión al Lentilla, Campbieil y Estaragne, para descender directamente a la carretera del embalse. Tal proyecto no resulta descabellado, pero discurre por cimas aborregadas y pedruscos hacinados de penoso caminar, sin otros alicientes que el paisaje o la altura del cresterío, siempre superior a los tres mil metros.

el Long, sobre el lago Tourrat
Es factible acampar en una zona acotada junto al lago, también represado, de Orédon. Probablemente, bien entrado julio, nuestro piolet viajará inútil en la mochila, salvo que utilizemos la vía normal, la cual puede exigir crampones; sin embargo, resulta un tanto temerario prescindir de estas herramientas. Y conviene evitar fines de semana o épocas de gran afluencia pues la carretera de acceso a la Reserva Natural de Néouvielle registra con frecuencia importantes problemas de tránsito, especialmente en sus catorce últimos y sinuosos kilómetros.

sábado, 23 de febrero de 2013

Encadenar tresmiles.

Cada época imprime su propio carácter a la generación que la define: cuando antaño pocos soñaban con hacer más de una cima por excursión, constituyen legión quienes hoy saltan de risco en risco para acumular en la mochila cuantos más trofeos mejor, siempre —por supuesto—, que en ellos figure inscrita una cifra mítica: tres mil metros. Parece tan curioso como contradictorio que todos los defensores del límite de los tres mil (sea de forma aislada o en cadena) citen, como excusa previa a una argumentación en la que se sacrificará calidad por cantidad, algunos nombres de prestigio entre los que nunca falta el Midi... Pero resulta difícil criticar una moda, hábito o costumbre, simplemente porque no nos gusta; aún peor si somos susceptibles de caer en ella e, incluso, potencialmente reincidentes (ánimo y salud eterna para ello). En todo caso, la frontera de los tres mil marca una nítida divisoria en los objetivos pirenaicos, pero, afortunadamente, es posible señalar al menos dos casos en los que calidad y cantidad caminan unidas: hermosas travesías de crestas, con alguna mínima dificultad y regreso por diferente ruta de la utilizada en el ascenso, donde la travesía en sí misma constituye un objetivo de primer orden, independientemente del número de cimas a las que se asciende. La primera opción consiste en la circunvalación del circo cimero del Vignemale (desde el Petit al Monferrat); la segunda atraviesa el macizo de la Munia.

la cresta que proviene del Petit Vignemale

El Vignemale supone una cima de acceso prolongado y fastidioso por el valle del Ara. Hace años subí, desde Bujaruelo, por la gran canal de Cerbillona; pero esta excursión es poco recomendable y excluye el recorrido de las cumbres. Sin embargo, desde el valle d´Ossoue resulta francamente accesible. Podemos aproximarnos al embalse mediante una estrecha y sinuosa carreterilla que deviene pista en buen estado hasta su tramo final más empinado. Si nos preocupa la salud de nuestro vehículo, es siempre aconsejable recorrer al menos un kilómetro sobre piso irregular para eludir potenciales desprendimientos de piedras cuando la tierra releva a la calzada asfaltada, tras una angosta garganta. Un marcado sendero nos trasladará con rapidez desde el lugar elegido para aparcar o desde el embalse d´Ossoue (1.834 m.) hasta la cima del Petit Vignemale. En la ruta visitaremos las grutas Bellevue (2.378 m.) que Russell mandó excavar y podremos completar nuestra reserva de agua con garantías en el refugio de Bayssellance (2.651 m.), lo que permite una aproximación con menor peso. 

Pitón Carré y Pointe Chausenque 

Desde el Petit Vignemale nos espera un estimulante descenso al col des Glaciers, a través de una bellísima cresta cuya descripición detallada induce a preocuparnos por una dificultad mayor que la real. Nunca excede del IIIº grado sobre roca segura, y el famoso descenso por la chimenea es evidente, salvo que nuestro exceso de entusiasmo nos invite a destrepar directamente una corta placa un poco más difícil: los problemas sólo pueden derivar de las malas condiciones de la roca (probablemente muy fría al alba). Proseguiremos desde el collado, apenas sin utilizar las manos: la Pique Longue nos aguarda próxima, apenas un poco más allá de la Pointe Chausenque. Pero despreciaremos urgencias inadmisibles, pues sería imperdonable ignorar el espléndido espectáculo que la Naturaleza nos brinda a uno y otro lado: especialmente notable —e impresionante— es la contemplación de la salida del Couloir de Gaube, que observaremos desde un balcón de primera categoría, la cima del Pitón Carré, mientras la luz se desborda a nuestra izquierda en el glaciar d´Ossoue y, a la derecha, los séracs del glaciar de Oulettes se difuminan en las sombras proyectadas por la muralla. 

salida couloir de Gaube
Petit Vignemale
cresta Petit-Chausenque

Así llegaremos un poco después al punto culminante del macizo, oportunidad para un breve reposo y ocasión, también, de contemplar el tránsito de numerosas caravanas que ascienden por la vía normal, bombardeándose unas a otras con numerosas piedrecillas sueltas, presentes con prodigalidad en el descompuesto muro final. Nuestra ruta nos permitirá eludirlo en el descenso, así como las insidiosas grietas, más o menos enmascaradas, que todavía pueden encontrarse en el glaciar d´Ossoue. La continuación a través del Clot de la Hount, a despecho de algunos fáciles pasos, es muy rápida (en presencia de hielo, al principio de la temporada, podría resultar algo más compleja en un determinado punto). Muy pronto pisaremos el collado en el que muere la gran canal y afrontaremos (siempre andando) las cumbres de Cerbillona y Central, para alcanzar sin problemas el Monferrat, algo más altos pero con escaso retraso sobre las cordadas —a veces imprudentemente desencordadas— que descienden por el glaciar... Es aconsejable interrumpir aquí nuestro paseo, que también podríamos prolongar hasta el Tapou y Millieu a condición de superar unos tramos muy descompuestos. El descenso del espolón oriental del Monferrat es sencillo, aunque nos obligará a usar las manos de vez en cuando. Regresaremos al coche tras una excursión que nunca debería superar las doce horas y podría acortarse bastante (mi ritmo, tan constante como parsimonioso, exigió diez horas efectivas desde el embalse), hasta completar uno de los más bellos recorridos que nos brinda la cadena. 

comienzo de la travesía de la Munia bajo el Gerbats

Ascender a la Munia y regresar por el mismo camino nos condena a una monotonía de la que podemos escapar mediante una hermosa travesía partiendo del aparcamiento del circo de Troumouse —vecino al de Gavarnie y accesible desde la población de Gèdre—. Desde aquí, una travesía en el flanco del Gerbats nos conducirá a la cresta, dejando a nuestra derecha los abismos que nos separan del fondo del Circo: será preciso atravesar un terreno, sin dificultad aunque muy expuesto, en el que hierba y roca pueden estar tapizadas de escarcha (al menos, ese fue mi caso); de poco sirve encordarnos, pero sí es aconsejable fijar la vía de descenso en el otro extremos del macizo y tomar referencias para localizarla incluso con mala visibilidad.

la Munia desde Troumouse

El recorrido —Petit Pic Blanc, Heid, Troumouse, Serre Mourène, Petite Munia y Munia— se efectúa andando, con la única excepción de un corto paso de III, y escasos metros de fácil trepar a continuación. Tampoco el descenso ofrece inicialmente problemas de relevancia, y probablemente no identificaremos el conocido “Paso del Gato”. Sin embargo, podría resultar complicado encontrar el único punto débil que ofrecen las verticales paredes: desde el collado de la Munia rodearemos el glaciar por su margen derecho. Ya en el borde superior de los escarpes, una vaga canal orientada al Este desciende paralela a la muralla hasta un cono de nieve, amplio y perpendicular al corredor. Algunas guías señalan como alternativa la utilización de un empinado pasillo que desciende directamente desde una pequeña olla intermedia, próxima a un espolón que corta la continuidad de las paredes; tanto nuestro buen sentido como las referencias tomadas en el inicio de la excursión nos aconsejarán la mejor opción. 

desde Serre Mourene hasta la Munia

Podría tentarnos la travesía en sentido opuesto. Solucionaríamos así el problema de localizar la vía de descenso, pues generalmente la niebla sólo oculta las cumbres, y, además, el riesgo de desprendimientos se reduce mucho al amanecer. Por el contrario, el precio psicológico de un retroceso al término de la jornada nos induciría a cruzar las rampas bajo el Gerbats incluso si allí perdurasen malas condiciones. Otra peculiaridad de esta excursión reside en que es factible regresar para comer en el fondo del valle, a costa de madrugar un poco.

Tanto la travesía del Vignemale como la de la Munia carecen de exigencias técnicas (máximo III+) y están al alcance de cualquiera. No obstante, ambas exigen un compromiso importante que no debería afrontarse con tiempo inseguro o con escaso bagaje de experiencia y sentido de la montaña. Resulta fácil interrumpir el recorrido en el Vignemale, pero es mucho más complicado —en la práctica imposible, salvo el descenso a Pineta por La Larri— hacerlo en la Munia; el rodeo de Serre Mourène por sus flancos es más peligroso (neveros empinados) que la superación de la arista (AD). Resta, por fin, añadir que esta descripción no pretende sustituir a la de una buena guía, sino aportar algunas precisiones fruto de mi experiencia personal en ambas rutas.

domingo, 17 de febrero de 2013

La travesía Peyralún / L´Ouradé

Montañas tan visibles como poco visitadas, las Ferraturas cierran al Norte el Valle de Tena entre el Portalet y el collado de la Soba, junto al Pico de Arriel. En su mitad occidental, la travesía entre las cumbres de Peyralún y L’Ouradé es un interesante ejercicio para quienes aman el terreno de aventura y profesan la filosofía de aceptar cualquier terreno y cualquier ocasión, pero deberían renunciar quienes no posean mucha experiencia y hábito de moverse sobre terrenos muy abruptos y comprometidos. 

el perfil de la cresta
El acceso al pico de Peyralún desde el puerto viejo de Sallent no presenta ningún problema, si bien merece la pena un pequeño desvío hasta la punta de Baldetosta. Superada la antecima del Peyralún, siempre andando, aparece una cresta afilada, de materiales atormentados que se desmoronan con suma facilidad y pueden obligarnos a usar discretamente las manos antes de pisar la cima. Desde allí, se abre una excelente perspectiva de la continuación, donde se concentran los principales obstáculos del recorrido: un doble resalte formidable, tras el cual no parece existir ninguna dificultad especial. Pero todo aquí es engañoso…

Tras descender tranquilamente del Peyralún por una cresta herbosa y dislocada, encontraremos en su punto más bajo una piedrecilla, apenas nada, la cual nos aconsejará un prudente retroceso cuando intentemos destreparla, tal es su insidiosa naturaleza. En el colladito que la precede suele existir alguna baga presta para facilitar el rápel de huída hacia una u otra vertiente. Por desgracia, el rodeo por la vertiente oriental, española, es bastante más largo de lo que aparenta y tiene lugar sobre un terreno francamente desagradable. Del otro lado y probablemente más recomendable, la alternativa francesa también se presenta engorrosa e incómoda: ¡qué remedio: merece la pena echar otra miradita a este minúsculo gendarme! (tiene una curiosa e importante prolongación hacia el Oeste). La roca, por fortuna, y como una gratísima excepción de lo que hemos pisado hasta aquí, es sólida; las presas reducidísimas y escasas, imponen un destrepe breve pero muy delicado (IV).

Un poco más allá, y tras otro corto paseo sobre cresteríos herbosos, llegamos al pie del primer resalte, cuya superación podría ofrecer varios puntos débiles. ¿Para qué complicarnos la vida? La chimenea más próxima, a la derecha, se deja subir bien (II/III-) y ofrece una roca suficientemente sólida, que nos parecerá excepcional en comparación con la soportada hasta aquí. Eso sí, tras su salida, será preciso girar hacia la izquierda y vencer un paso, corto, apenas expuesto (IV+), para dominar un labio extraplomado. Algunos metros, horizontales, también sobre hierba, nos conducen al pie del segundo resalte cuyo aspecto es poco acogedor. Sin embargo, los primeros escarceos por su filo son muy fáciles, de bloque en bloque, con enormes presas. Hacia la mitad, la hierba y pequeñas terrazas de tierra húmeda e inestable, sustituyen a la roca y nos complican la ascensión. La pendiente es muy escarpada y el terreno trasmite una embarazosa sensación de peligrosidad. Será preciso tentar cuidadosamente los vericuetos de esta trampa pérfida y desagradable para encontrar el itinerario que nos permita escapar de ella con mayor seguridad.

 doble resalte previo a la Coroneta
Arriba nos sorprende una pradera sosegada, como una ola mansa y sumisa, en la que uno esperaría encontrar un rebaño pastando apaciblemente. La dócil majada rompe de una forma brusca y sorprendente en todas direcciones, impidiendo la progresión hacia el ya próximo pico de L’Ouradé  Justo sobre la prolongación de la cresta, se abre una estrecha canal que permite el descenso: aunque sólo presenta algún problema en su mitad y sólo durante unos pocos metros, resulta sensato recurrir a la cuerda (rápel de 20 metros).
L´Ouradé
Una sucesión de suaves domos nos conducirán hasta las rocas de L’Ouradé desde donde, mediante una fácil y hermosa travesía cimera, alcanzaremos el pie de una esbelta agujilla desprendida de la pared. La rodearemos y nos desplazaremos unos metros a la derecha para superar una chimenea de dos metros (IV) encima del cual se abre una esplendida fisura vertical de unos cuatro metros. Al parecer, descendiendo unos metros hacia la derecha se alcanza una canal que conduce directamente a la cima sin mayor dificultad. Despreciando la atractiva y difícil fisura, también se puede girar a la izquierda, atravesar el colladito de la aguja y ganar la cima por otra chimenea (IV-) o fisura abierta. 

La prolongación de la travesía hacia el vecino pico de Ferraturas (Garmo Blanco en algunas publicaciones) es complicada y poco evidente, aunque merecería la pena extender el paseo hasta esta cima, cuyo descenso es algo incómodo (es también factible rodear el pico de L’Ouradé por la vertiente francesa, con escasa pérdida de altura). De otra forma, se impone el retorno a nuestro punto de partida, el Portalet, y, por tanto, el descenso, siempre fastidioso. Desde el collado de L’Ouradé hay que bajar por la vertiente española un talud acusado y sembrado de pequeños derrubios, hasta alcanzar los llanos del alto Arrigal y tornar al vehículo por la pista ganadera que nos dejará junto a las casas del Portalet. ¡Atención a esta bajada, que transcurre por un terreno muy empinado, desagradable y peligroso!... Para románticos y con disponibilidad de tiempo, en perfecta armonía con el espíritu de esta travesía, puede recomendarse el descenso por la vertiente francesa, así mismo arduo y complejo, para retornar al Portalet por el Puerto Viejo.

jueves, 14 de febrero de 2013

Los Dientes de los Batanes desde Panticosa

Hemos visto muchas veces esa quijada de incisivos audaces, esa silueta familiar y enigmática; sí, la hemos visto muchas veces, de lejos… porque las tres horas necesarias para alcanzar las pedreras del zócalo pesan más que el exiguo estímulo de unas paredes privadas de grandes desafíos. Tampoco la roca, de irregular calidad y excesivamente vestida de líquenes, constituye un aliciente. ¿Y qué decir de la interminable e insoslayable glera que ciñe a estas cumbres por todos los puntos cardinales?

Sea como fuere, los Dientes de los Batanes se han ganado nuestro interés: si intentamos su conquista acercándonos por los ibones de Bachimaña y Bramatuero, habremos de lidiar con una vasta aproximación cuya hermosura algo monótona escasamente llega a compensar la visita a estos valles remotos: mejor reservar tal esfuerzo para un reconocimiento del cordal fronterizo; si, por el contrario, elegimos el ataque directo por Labaza, casi una línea recta entre el Balneario de Panticosa y los Dientes, bastarán cuatro horas para alcanzar la cima principal, en la que confluyen tres aristas cortadas por sucesivas brechas que delimitan una caprichosa colección de dientes, muelas y resaltes. Quizá por un afán excesivamente simplificador, nos hemos habituado a reducir a sólo dos el número de puntas objeto de nuestra atención: la más alta, situada justo en la unión de las tres crestas que integran el macizo, y la conocida como Diente Central: ésta, situada inmediatamente al Oeste de la cima principal, es mucho más atractiva y se ha ganado una sólida reputación de inaccesible, bien defendida en todo su perímetro por una muralla vertical.

itinerarios vertiente Oeste Diente principal Batanes
Desde el Balneario, punto inicial de la excursión, precisaremos una hora para situarnos en el cruce del camino a Brazato con un desvío hacia la izquierda, señalado como ruta a los ibones de Labaza. Prosiguiendo la interminable serie de zetas que suceden a tal desvío, franquearemos media hora más tarde una tubería casi horizontal; un poco más allá desaparecerán las últimas trazas de sendero, sustituidas por hitos de piedra. Será necesaria otra hora para alcanzar los pequeños ibones del Serrato, desde donde podremos divisar la anhelada dentadura, invisible hasta ahora: en total, necesitaremos en torno a tres horas o poco más para situarnos sobre el inmenso canchal afianzado bajo la cima. Podemos optar entonces por el itinerario más accesible (PD): un dilatado rodeo hacia la izquierda (Oeste), para franquear la segunda brecha, ya que la primera e inmediata sabe defenderse, y ganar la cumbre por la vertiente de Bramatuero. También es posible, y más recomendable, la travesía de la cresta que apunta a Brazato y se extiende hasta el collado de Labaza: tras algunos pasos aislados (III) que pueden eludirse por la vertiente oriental, la última brecha que precede a la cima exige un pequeño aunque espectacular rápel como alternativa a un delicado destrepe; ya sobre el umbral de la hendedura despunta una soleada y evidente cornisa que nos depositará cómodamente a media altura del resalte, el cual venceremos mediante un corto paso (III+) sobre bloques en precario equilibrio. 

los Batanes desde la cresta de Labaza
Por último, para ganar la cima principal disponemos de una tercera opción, la cual nace al pie de la gran brecha que separa al abrupto Diente Central del Diente principal: justo al pie del corredor que asciende hasta el cuello de la brecha y despreciando su ascenso, hay que trepar hacia la derecha por el filo de la arista que delimita la escarpada pared Oeste, mediante una escalada aérea sobre bloques dislocados, fácil (III) si la roca está seca, pues este itinerario, plagado de líquenes, resulta totalmente desaconsejable bajo condiciones de humedad. Muy pronto, la dificultad decrece y apenas es necesario el uso de las manos, terminando la ascensión por el centro de la cara Oeste, cuando ésta ha perdido ya su ostentosa verticalidad. 

mirando hacia el valle del Ara
Resulta cómodo descender por la vertiente de Bramatuero, bien por la cresta Este (hitos; probablemente, la ruta más sencilla, que no puedo describir porque jamás la he recorrido) o, hacia el Oeste, buscando la gran brecha que separa esta cumbre del adyacente Diente Central y el paso más fácil (máximo III-), para doblar enseguida a la derecha hasta situarnos igualmente sobre las pedreras de Bramatuero. Desde ellas, nos dirigiremos a la mentada segunda brecha para retornar a Labaza (desde esta brecha se ataca el Diente Central por su vía normal). También es posible regresar por la vertiente Este hacia el collado de Labaza, solución, sin embargo, un tanto engorrosa. 

diente central, vertiente occidental

En cuanto al Diente Central, ubicado entre las dos grandes brechas, cabe resaltar su carácter más alpino y provocador: presenta un sólo punto débil, justo sobre el labio de la brecha más occidental, donde el muro vertical que lo circunda se reduce a tan sólo unos metros: la erguida y desdibujada chimenea que lo salva (III+) conduce a unas placas tumbadas, delicadas y lisas, aunque surcadas por varias fisuras entrelazadas, cuya escalada (III-) nos permite enlazar con el filo de la cresta, progresivamente más fácil hasta la cumbre. Si accedemos a esta cima por alguna vía alternativa —existen algunas atractivas sugerencias en un espacio totalmente abierto a nuestra imaginación—, la chimenea resultará difícil de encontrar para el descenso; aunque tampoco existe mucho dónde buscar, conviene en todo caso prever un pequeño rápel. 

diente Central vertiente oriental
Todavía resta un campo inexplorado en estas montañas, en especial sobre el erguido Diente Central. La vertiente de Labaza es siempre ruda y abunda en ella el liquen, particularmente resbaladizo cuando está húmedo —por el lado de Bramatuero la roca tiende a presentarse más firme y libre de tan peligrosas y molestas incrustaciones—. En particular, la pared está surcada por tres chimeneas que representan otras tantas oportunidades para conquistar la cima. Hasta ahora, únicamente he podido explorar la más occidental (IV, salida en IV+), próxima a la vía normal y consecuentemente de poco interés; en cambio, la situada en el extremo izquierdo de la cara constituiría una señalada fórmula para encadenar la travesía completa de los Dientes, desde Labaza a Xuans: un seductor itinerario, ya de cierta envergadura, del que tan sólo desmerece la calidad de la roca en algunos tramos.

lunes, 11 de febrero de 2013

De bichos y bichas en el monte.

Al hilo del comentario de Jesús Vallés, donde menciona su entrañable encuentro y posterior rescate de dos perros en las nieves heladas del Riguelo, me ha venido a la cabeza un suceso no tan simpático pero tan inusitado como aquel.

Morata de Jalón, sector del Almendro. Vía situada hacia la izquierda y que transcurre por una sucesión de placas sensiblemente verticales. Asciendo una decena de metros y me dispongo a superar el escudo central mediante una bella aunque corta baravesa; la placa está escindida por una fisurilla horizontal de un par de centímetros, excelente presa donde caben todas las falanges de la mano izquierda.

Bien porque sea preciso o fuere por cualquier otra razón que no alcanzo a recordar, mis ojos preceden a las puntas de mis dedos, prestos a encajarse en la providencial y codiciada fisura. Y mis ojos divisan justo a tiempo a una inquilina de la grieta, plácidamente recostada en su soleado fondo.

Me mira. La miro. Contemplo sus ojos fijos en mí... son redondos. ¡Uf! No se trata de las pupilas verticales de una víbora, pero... ¿Cómo ha podido llegar la bicha hasta aquí?

Pues solo cabe imaginar  alguna galería interior excavada en la roca. Lo cierto es que, desde entonces, más de una vez me he sorprendido escudriñando el interior de una presa en forma de agujero, antes de posar mis manos en ella.

Y, ya puestos, recuerdo otra ocasión en un paraje muy popular y concurrido, en un muro surcado por pequeñas oquedades y nichos horizontales sobre el que pensaba ejercitar alguna trepadilla, me topé con otro reptil descansando sobre una pequeña plataforma, a poco más de un metro del suelo. Y en esta ocasión, sí se trataba de una víbora.

Aparte de todo esto, he tenido un par de encuentros con jabalíes, ¡es increíble el ruido que llega a armar una manada en movimiento!, sin mayores consecuencias que el mutuo susto, pero el único bicho que ha intentado agredirme sin previa provocación ha sido... una vaca.

Todo esto, cuando se ha conocido el ataque por parte de un jabalí a un muchacho que realizaba una travesía con raquetas por el Parque Posset-Maladetas.

sábado, 9 de febrero de 2013

O Peñón (Serrato), cara Oeste. Perlas cultivadas

Las montañas de Panticosa sirven de cuna a numerosos lagos de una gran belleza. Entre los más altos, en la cabecera de Gramatuero, duerme en paz el ibón de Xuans, al pie de una pared masiva y abrupta que se alza hasta casi los 2.900 metros; un muro austero que cierra el horizonte de Norte a Sur y cuya inmensidad se refleja imperturbable en las aguas serenas del lago. Sólo la distancia, desde las más altas cimas que dominan Pondiellos y Bachimaña, nos permite apreciar la magnitud de tan altiva muralla: es O peñón (Serrato).

De aspecto bronco y desafiante, su visión siembra en nuestro ánimo el deseo de coronarla. La bizarra cara Oeste de O Peñón, demasiado apartada de los senderos gastados por interminables procesiones de caminantes, es, sobre todo, aventura, caminar por terreno salvaje. Ignorada en las guías y custodiada por una prolongada marcha de aproximación, sus escasas visitas tendrán, sin duda, motivaciones muy diversas, pero todas ellas viajarán unidas por un nexo común: el deseo de afrontar lo desconocido, una aspiración tan acreditada en las generaciones de pioneros que nos precedieron como, por desgracia, poco habitual en nuestro tiempo…

Al finalizar el mes de julio, un poco antes del alba, parto desde el Balneario de Panticosa, tras una joya escondida en esta enhiesta roca que me oculta el sol matinal, una alhaja de la cual todo lo ignoro, incluso su valor. Desde el lago inferior de Bachimaña desaparece cualquier rastro de sendero, apenas algún hito aislado hasta el ibón de Coanga y, después, nada. La roca y yo, solos. Tres horas y media de marcha, siempre hacia el Este, hasta el pie de la pared, tras la luz que baña la cresta cimera y dibuja un perfil brillante, frontera entre el cielo y el granito sombrío. Hubiera podido llegar con algo más de comodidad y tiempo ascendiendo por la cuenca de Gramatuero, pero tal ventaja armoniza mal con el espíritu que hoy guía mis pasos. Y, además, me perdería el encuentro, cara a cara, con O Peñón: ocasión, entonces, para deseñar un corredor que, muy a la derecha, asciende en diagonal hasta la cumbre, en favor del trazo más simple y puro: un ataque frontal, una línea recta que une directamente base y cima.


itinerario cara Oeste

Me enfundo el arnés y cuelgo en él algunos fisureros: cuando tanto desconocemos acerca de lo que nos espera, es preciso aparejarse con las mejores armas. Introduczco la cuerda a través del ABS y recojo la sobrante en la mochila, dispuesto a asegurar los pasos más enojosos. Sorprendentemente, asciendo por unas rocas fáciles, tal vez demasiado fáciles, despreciando una airosa chimenea, próxima... hace aún demasiado frío y mis manos inertes están poco preparadas para dominar unos pasos que se adivinan atléticos. Además, tampoco parece el itinerario más lógico.

En estos primeros escarceos apenas he encontrado algunos pasos de III y aun estos parecen fácilmente eludibles; la continuación es todavía más sencilla y prosigo... ¡andando! por la zona central de la pared. Decepción... y alivio, al mismo tiempo; dos sentimientos familiares de los que sólo quedará el desencanto, cuando, más tarde, el tiempo borre la fugaz desazón que siempre nos provoca la posibilidad de tropezar con un compromiso insuperable.

Progresivamente la roca se empina y empeora su calidad, hasta ahora excelente, a despecho de las numerosas piedrecillas que la erosión arranca de la roca madre y desperdiga por todas partes. Cambiar dificultad por peligro: un gran placer que siempre evoca sensaciones muy satisfactorias; hoy, también, una misión accesible, pues poco encuentro aquí inquietante hasta que, ya bajo el muro final, la montaña aprovecha su última oportunidad para oponer un argumento serio:

La pared, ahora sí, se empina para jugar con la vertical y me ofrece alternativamente como llave los dos flancos que rodean unas placas cuajadas de extraplomos, justo bajo la cima. Escojo una canal que bordea los desplomes por la derecha para superar esta barrera, el último obstáculo, surcado por tres chimeneas poco definidas y paralelas. Pocos metros después una sucesión de bloques inestables me detiene. No consigo asegurarme: en esta roca quebrada, que amenaza desplomarse en cualquier instante incluso sin mi ayuda, colocar un fisurero implica un esfuerzo tan simbólico como inútil. Rehúso y lo intento por la chimenea central, con idéntico resultado, que se repite una vez más en su vecina. Aquí, todo esta roto. Se impone el retroceso: una travesía delicada (IV+) me permite alcanzar la canal opuesta al otro lado de la vertical de la cima. Este es, sin duda, el “lado bueno”. Inmediatamente encuentro una roca sólida y acogedora, aunque quizá en mi apreciación influya la experiencia reciente. Un paso rápido (IV-) y unos metros de III. Eso es todo. Desemboco a diez metros de la cumbre, donde el sol me recibe con un cálido abrazo.


Buscaba en esta pared una joya, que no he hallado. Pero la Oeste de O Peñón, casi doscientos escarpadísimos metros, tampoco es bisutería. Quien ose desafiarla tendrá que vencer, al menos, el solitario y salvaje páramo que la defiende. Ni joya, ni fruslería; simplemente, una perla cultivada. Un regalo para quienes aspiran a mantener siempre viva la ilusión por la montaña. 


Siempre existe un límite inalcanzable, un más allá donde jamás llegaremos. Lo importante no es subir más alto ni afrontar desafíos más difíciles cada día. Lo que realmente importa es soñar. O Peñón es una cuna ideal.

viernes, 8 de febrero de 2013

MIdí d' Ossau. Travesía 4 puntas

Midí d’Ossau. Mítico monolito cuyas laderas parecen emerger de las entrañas de la tierra cuando nos elevamos sobre las praderas del Portalet. Sin embargo, al aproximarnos, su estructura compacta, de menhir, se resquebraja como antaño lo hizo la cobertura sedimentaria que lo escondía bajo el océano: se nos revela así un mundo inesperado, cuajado de agujas y sombrías hendiduras que penetran hasta su corazón.

Midí d’Ossau. La travesía de las cuatro puntas supone el más amplio punto de encuentro con esta espléndida montaña, que se alza como un vigía desafiante sobre el cielo. Excursión ruda, larga y exigente, sobre todo en cuanto a experiencia, es también discontinua y muchos de sus tramos transcurren sobre terreno fácil, incluso susceptible de cruzarse caminando; además, existen algunas opciones para abandonar el recorrido, lo que avala la posibilidad de emprender esta ruta incluso cuando la duda se sobrepone a nuestro coraje; no obstante, sería muy imprudente ignorar la relevancia del itinerario, que exige entrenamiento, así como una excelente movilidad y agilidad en el terreno de dificultad media. Roca de gran calidad, a despecho de algún que otro bloque inestable y de abundantes escombros sobre las terrazas inclinadas hacia el vacío; terreno intrincado, propicio al extravío, que nos obligará a estudiar cuidadosamente nuestra progresión y a valorar las horas de luz disponibles. El Midí ofrece con generosidad oportunidades alternativas para eludir ciertos pasos engorrosos, pero también deberemos contar con una muy alta probabilidad de afrontar en algún punto dificultades superiores a las previstas.

La travesía de las cuatro puntas asciende a la Jean Santé (couloir Pombie-Peyreget), remonta después la escarpada pared de la Punta de Aragón y alcanza desde ésta el Reino de Pombie, a través de una cresta magnífica. Desde el Grand Pic se llega por la Fourche al Petit, del que se desciende por su arista Sur o de Peyreget. Se trata de una excursión muy variada, plena de sorpresas, en la que cabalgaremos sobre airosos gendarmes y penetraremos en oscuros agujeros en los que nunca bebe el sol. Parece superfluo insistir en detalles reiteradamente descritos por guías como la Ollivier y la de Dupouey o, aún mejor, en la excelente obra de Bellefon “Las 100 mejores escaladas de los Pirineos” y, para los tramos que discurren por vías normales, los extensos análisis de Miguel Angulo; por el contrario, siempre son bienvenidas las matizaciones y el enriquecimiento de las reseñas con nuevos datos: así, pues, me limitaré a establecer algunas apreciaciones personales, complementarias de la información ya existente. 


Desde el aparcamiento, tras las primeras rampas del Portalet en su vertiente francesa, precisaremos unas dos horas para alcanzar el pie de la vía: unos metros antes de llegar al refugio de Pombie (una hora), dejaremos a la derecha el pequeño lago que yace a sus pies y abordaremos el sendero que conduce hacia el collado de Peyreget, camino que abandonaremos pronto para iniciar el asalto a la Grande Raillère. El terreno más estable se encuentra en su margen derecha, bajo las estribaciones de la punta Enmanuel, pero nada nos librará de cruzar los penosa y deslizante zona superior, cuando el vasto corredor se estrecha y observamos de frente la profunda entalladura del corredor Pombie-Peyreget, el cual se une en la brecha Jean Santé al de Pombie-Suzón, abierto en la vertiente contraria. Hasta muy entrado el verano, un pequeño nevero señala con precisión el punto de ataque, poco antes del codo de la Grande Raillère: un desdibujado corredor que asciende en diagonal por la muralla nos conduce a un sistema de terrazas empinadas y rocas quebradas salpicadas de yerba (itinerario común con el de las “Viras superiores”), desde donde podemos llegar bajo un pequeño muro de unos cuatro metros (IV-), menos fácil de lo que aparenta, y que defiende el acceso a una cornisa ascendente, sencilla y muy practicable. La faja se interrumpe pronto por un muro vertical, el primer gran extraplomo de los dos que cierran el corredor: su clave se encuentra a la derecha, a través de un diedro-chimenea de elegante trazado (IVº), en cuya base tropezaremos con un duro y atlético paso (breve, pero, en mi opinión, subvalorado en la graduación que se le otorga: ver descripción pormenorizada en este mismo blog, entrada "El misterio del IV"). Saldremos por la derecha a una terraza espaciosa, pero también vertiginosa, y, tras un rodeo sobre rocas fáciles, retornaremos al corredor, por el que se asciende andando hasta un gran bloque empotrado. Desde tal emplazamiento, sin necesidad de alcanzar el segundo y enorme extraplomo, podremos superar el pequeño muro lateral a la derecha, gracias a un diedro abierto con presas pequeñas pero excelentes en su salida (IV+, apenas expuesto). Nos espera un tramo caótico y confuso, bastante accesible, en el que es posible trazar diversas variantes, incluso sobre el vecino couloir Blanc; sin embargo, conviene mantener la tendencia a emprender temprano la superación del desdibujado espolón central, por el que alcanzaremos la brecha Jean Santé. En varias ocasiones he ascendido este corredor, en general con escasos problemas y en tan sólo hora y media; sin embargo, la última vez utilicé más de dos y hube de resolver algunos obstáculos inesperados, tal es la índole del Midí, que exige atención permanente. En cualquier caso, resulta prudente reservar al menos un par de horas para la Jean Santé (unas cornisas poco difíciles en la vertiente Norte sirven de enlace entre brecha y la cima).


Será preciso retornar a la brecha antes de emprender la ascensión de la Punta Aragón, para la cual disponemos de cuatro opciones: desde su mismo umbral parten la vía Ravier (MD) y la Barrio-Bellocq (D, con un paso de V-), que remontan una pared vertical, muy aérea. Quizá pueda oponérseles a ambas, especialmente a la Ravier, una dificultad un tanto desproporcionada con el espíritu de esta ascensión: su aspecto, desde la cumbre de la Punta Jean Santé, inspirará, sin duda, nuestra decisión. La vía Barrio trepa directamente por el muro (IV) hasta alcanzar una cornisa de piedra rota y yerba, que recorreremos hacia la derecha, en plena muralla. Cuando se interrumpe, hay que descender un par de metros sobre bloques redondeados para emprender, entonces, la superación de un diedro abierto (V-) y su prolongación, evidente y ya más fácil, a través de una chimenea. Como tercera opción, puede buscarse hacia la derecha, por el couloir Sanchette, un camino indirecto para alcanzar las terrazas situadas inmediatamente debajo de las evidentes fisuras Sur de la Punta Aragón: nos encaramaremos a los primeros metros de este corredor antes de volver a la izquierda y alcanzar las terrazas mediante unas cornisas suspendidas (en las que desemboca la Barrio-Bellocq). El único problema reside en identificar el punto en el que debe abandonarse el couloir Sanchette, sobre una escarpada ladera poco definida donde abundan los pasos de IIIº. Por último, prosiguiendo un poco más por el fondo del couloir Sanchette, puede llegarse al comienzo de un estrecho corredor que desemboca en la misma cumbre de la Punta Aragón: al parecer, esta es la solución más fácil y quizá la más rápida aunque también la menos interesante, pero no puedo ofrecer datos de ella. Tanto el couloir Sanchette como las terrazas Joly constituyen posibles (también complejas) vías de huida en caso necesario.

Desde las terrazas dominadas por las fisuras Sur de la Punta Aragón puede abandonarse la excursión a través de su vía normal (solución indeseable y que recurre a la penosa pedrera de la Grande Raillère); por supuesto, también es posible alcanzar —en oposición— por cualquiera de estas dos amplias fisuras la cima: la situada a la izquierda es un poco más fácil (III+) que la más oriental (IV). Si desde las terrazas avanzamos un poco hacia el Oeste, encontraremos pronto el orificio de la chimenea Marsoo, curiosa galería subterránea que desemboca en la cumbre y camino recomendable por su peculiaridad. Estas tres soluciones pueden resultarnos algo molestas a causa de la mochila; en tal caso, podemos proseguir un poco más nuestro rodeo por el Norte, hasta una próxima brecha que permite el acceso a la cresta, justo debajo de la cima, mediante algún paso aislado de IIIº.


Habremos empleado en torno a una hora y media, quizá dos, para alcanzar la Punta Aragón y precisaremos otro tanto para subir hasta el Grand Pic. Desde la Punta hemos de descender a la primera brecha y mediante una zancada (IV) alcanzar los primeros gendarmes, rendidos los cuales arribaremos a la brecha de Aragón. Suele indicarse para la travesía entre la Punta Aragón y el Reino de Pombie la conveniencia de descender hasta unas practicables cornisas (nunca las he seguido) sobre el couloir Sanchette que facilitan el trayecto; de proseguir a toda cresta, será preciso superar bastantes pasos de IVº y, potencialmente, incluso más duros: la recompensa, sin embargo, prevalece frente a la dificultad. Tras la brecha de Aragón, todavía hay que vencer por su cara Este un importante gendarme —doy fe, si aún tenemos ánimo para complicarnos la vida, de la existencia, hacia el Oeste, de dos cortas y hermosas fisuras—, del cual se desciende por el filo hasta una zona fácil frente a la última e importante punta de la cresta: a modo de nuevo internamiento en las catacumbas, puede utilizarse un túnel (se franquea en oposición, III) cuya boca ha de buscarse en la canal que escinde el bloque por su mitad, o, preferiblemente, si consideramos haber adquirido suficiente experiencia espeleológica en la chimenea Marsoo, rodearlo cómoda y rápidamente por su vertiente oriental.

Las pedreras del Reino de Pombie marcan el final de las mayores dificultades y constituyen una excelente ocasión para evaluar nuestras posibilidades de finalizar la excursión antes del ocaso, ya que es esta la última escapatoria factible. En adelante sólo deberíamos encontrar pasos de IIIº, pero queda aún mucho por hacer y sobre un terreno especialmente proclive a las complicaciones, pues los descensos a la Fourche y el de la arista Peyreget son propicios a pequeños extravíos con sus consiguientes pérdidas de tiempo: dos horas y media hasta el collado de Peyreget, cuatro hasta el aparcamiento, aunque es recomendable la previsión de un horario mucho más dilatado; es también prudente la renuncia por amenaza de mala visibilidad, pues la niebla puede ganar con sorprendente rapidez los escarpes del macizo.

Desde el Grand Pic hemos de descolgarnos en dirección al Petit por una pendiente que se va empinando progresivamente y pronto queda interrumpida por breves zócalos verticales. Es difícil encontrar el paso exacto y probable el recurso a algún que otro rápel intempestivo. Sin embargo, el propio terreno, pródigo en abismos a ambos lados del camino correcto, nos conducirá hacia la espaciosa terraza que domina a las lajas blancas de la Fourche, mediante una chimenea abierta a Oriente tras la cual debe volverse de nuevo hacia la izquierda. En el ángulo Noroeste de esta gran terraza se abre la chimenea que permite el acceso a la Fourche: aunque imponente por su verticalidad inicial, ofrece presas muy firmes y seguras (III) y se destrepa con facilidad. Puede abandonarse antes del final para emprender una travesía casi horizontal y poco expuesta por las lajas blancas (II/III-) en dirección a la base quebrada de la Fourche. Desde ésta, habremos de continuar de frente por un vago espolón que divide la pared occidental del Petit Pic. No podemos contar mucho con una ficticia evasión por el corredor Sur de la Fourche, escasamente practicable en verano, ni por la cara Norte, a través de la repisa de l’Embarradère, alternativa bellísima pero demasiado larga y, además, confusa en algunos tramos. Hacia la mitad del espolón, de escalada reconfortante y ligera, existe un risueño paso de IVº, que no precisa aseguración; después, una inmensa rampa de Iº cuya espectacularidad será difícil de apreciar por culpa de la fatiga acumulada. Es también factible recorrer una canal paralela (III), poco atractiva, llena de escombros, incómoda... 



La última punta. ¡Por fin! Pero… ¿quién dijo que la excursión sólo acaba realmente en el valle? Nos quedan todavía al menos tres horas hasta el aparcamiento, de ellas la mitad para destrepar la arista: enredada y delicada, exige una vigilancia constante para rastrear la hilera de mojones que, como hilo de Ariadna, nos depositará en lugar seguro. Por fortuna, tales hitos son perfectamente identificables durante el descenso, muy al contrario de las amargas experiencias que suele deparar en este sentido la travesía del Grand al Petit Pic. Es importante partir en dirección correcta del cono somital, primero hacia el Este e, inmediatamente, hacia el Sur. Tras destrepar un resalte (de derecha a izquierda), deberemos buscar la cabecera de la clásica chimenea de la vía normal del Petit Pic, abierta hacia la Grande Raillère. No exige rápel, aún cuando su tramo inferior es el más complicado (III+). En su extremidad hay que volver a la derecha y remontar tres metros hasta una pequeña brecha, señalada con un importante mojón, bien visible desde arriba. Parece también posible el descenso directo hacia tal marca, clave de la arista, pues a partir de ella nos limitaremos a seguir las señales indicativas del itinerario. El terreno nos exhorta a caminar con un celo esmerado, pero cualquier dificultad superior al IIº debería hacernos recelar del paso escogido. Pronto alcanzaremos las proximidades de una amplia escotadura, junto a la Punta Enmanuel, y desde donde puede observarse el corredor Pombie-Peyreget, primera etapa de nuestra ascensión. Desde aquí podemos bajar directamente al refugio por la Grande Raillère o, mejor aún, ascender unos metros hasta la brecha y proseguir, primero por una travesía horizontal sobre praderas inclinadas y luego por un marcado sendero, hasta el collado de Peyreget.

Resulta arriesgado citar un horario para la travesía global. A mí —en solitario—, me ha costado casi doce horas efectivas (ocho de escalada), de las cuales hubiera podido ahorrarme una partiendo del refugio de Pombie. Incluso podría haber reducido ese tiempo en función del conocimiento previo de gran parte de la vía, pero a pesar de esa información, tuve algunos errores de itinerario: lo más probable no es restar tiempo, sino incrementarlo. Al menos, es muy aconsejable prever esta posibilidad, sobre todo si planeamos asegurar los pasos más escabrosos. Tal vez resida aquí la razón por la que la Travesía de las cuatro puntas no se repita tanto como merece: demasiado larga y accesible para los confirmados, excesivamente fuerte para los novicios; en mi opinión, sin embargo, únicamente le opondría una objeción: su longitud superlativa armoniza mal con el gozo de un marco incuestionablemente privilegiado.