Vías Pirineos de dificultad media, [escalada PD, AD, D (IIº/IVº, máx. Vº)]. Vivencias de montaña. Rincones desconocidos o escasamente divulgados. Y alguna que otra reflexión

sábado, 9 de febrero de 2013

O Peñón (Serrato), cara Oeste. Perlas cultivadas

Las montañas de Panticosa sirven de cuna a numerosos lagos de una gran belleza. Entre los más altos, en la cabecera de Gramatuero, duerme en paz el ibón de Xuans, al pie de una pared masiva y abrupta que se alza hasta casi los 2.900 metros; un muro austero que cierra el horizonte de Norte a Sur y cuya inmensidad se refleja imperturbable en las aguas serenas del lago. Sólo la distancia, desde las más altas cimas que dominan Pondiellos y Bachimaña, nos permite apreciar la magnitud de tan altiva muralla: es O peñón (Serrato).

De aspecto bronco y desafiante, su visión siembra en nuestro ánimo el deseo de coronarla. La bizarra cara Oeste de O Peñón, demasiado apartada de los senderos gastados por interminables procesiones de caminantes, es, sobre todo, aventura, caminar por terreno salvaje. Ignorada en las guías y custodiada por una prolongada marcha de aproximación, sus escasas visitas tendrán, sin duda, motivaciones muy diversas, pero todas ellas viajarán unidas por un nexo común: el deseo de afrontar lo desconocido, una aspiración tan acreditada en las generaciones de pioneros que nos precedieron como, por desgracia, poco habitual en nuestro tiempo…

Al finalizar el mes de julio, un poco antes del alba, parto desde el Balneario de Panticosa, tras una joya escondida en esta enhiesta roca que me oculta el sol matinal, una alhaja de la cual todo lo ignoro, incluso su valor. Desde el lago inferior de Bachimaña desaparece cualquier rastro de sendero, apenas algún hito aislado hasta el ibón de Coanga y, después, nada. La roca y yo, solos. Tres horas y media de marcha, siempre hacia el Este, hasta el pie de la pared, tras la luz que baña la cresta cimera y dibuja un perfil brillante, frontera entre el cielo y el granito sombrío. Hubiera podido llegar con algo más de comodidad y tiempo ascendiendo por la cuenca de Gramatuero, pero tal ventaja armoniza mal con el espíritu que hoy guía mis pasos. Y, además, me perdería el encuentro, cara a cara, con O Peñón: ocasión, entonces, para deseñar un corredor que, muy a la derecha, asciende en diagonal hasta la cumbre, en favor del trazo más simple y puro: un ataque frontal, una línea recta que une directamente base y cima.


itinerario cara Oeste

Me enfundo el arnés y cuelgo en él algunos fisureros: cuando tanto desconocemos acerca de lo que nos espera, es preciso aparejarse con las mejores armas. Introduczco la cuerda a través del ABS y recojo la sobrante en la mochila, dispuesto a asegurar los pasos más enojosos. Sorprendentemente, asciendo por unas rocas fáciles, tal vez demasiado fáciles, despreciando una airosa chimenea, próxima... hace aún demasiado frío y mis manos inertes están poco preparadas para dominar unos pasos que se adivinan atléticos. Además, tampoco parece el itinerario más lógico.

En estos primeros escarceos apenas he encontrado algunos pasos de III y aun estos parecen fácilmente eludibles; la continuación es todavía más sencilla y prosigo... ¡andando! por la zona central de la pared. Decepción... y alivio, al mismo tiempo; dos sentimientos familiares de los que sólo quedará el desencanto, cuando, más tarde, el tiempo borre la fugaz desazón que siempre nos provoca la posibilidad de tropezar con un compromiso insuperable.

Progresivamente la roca se empina y empeora su calidad, hasta ahora excelente, a despecho de las numerosas piedrecillas que la erosión arranca de la roca madre y desperdiga por todas partes. Cambiar dificultad por peligro: un gran placer que siempre evoca sensaciones muy satisfactorias; hoy, también, una misión accesible, pues poco encuentro aquí inquietante hasta que, ya bajo el muro final, la montaña aprovecha su última oportunidad para oponer un argumento serio:

La pared, ahora sí, se empina para jugar con la vertical y me ofrece alternativamente como llave los dos flancos que rodean unas placas cuajadas de extraplomos, justo bajo la cima. Escojo una canal que bordea los desplomes por la derecha para superar esta barrera, el último obstáculo, surcado por tres chimeneas poco definidas y paralelas. Pocos metros después una sucesión de bloques inestables me detiene. No consigo asegurarme: en esta roca quebrada, que amenaza desplomarse en cualquier instante incluso sin mi ayuda, colocar un fisurero implica un esfuerzo tan simbólico como inútil. Rehúso y lo intento por la chimenea central, con idéntico resultado, que se repite una vez más en su vecina. Aquí, todo esta roto. Se impone el retroceso: una travesía delicada (IV+) me permite alcanzar la canal opuesta al otro lado de la vertical de la cima. Este es, sin duda, el “lado bueno”. Inmediatamente encuentro una roca sólida y acogedora, aunque quizá en mi apreciación influya la experiencia reciente. Un paso rápido (IV-) y unos metros de III. Eso es todo. Desemboco a diez metros de la cumbre, donde el sol me recibe con un cálido abrazo.


Buscaba en esta pared una joya, que no he hallado. Pero la Oeste de O Peñón, casi doscientos escarpadísimos metros, tampoco es bisutería. Quien ose desafiarla tendrá que vencer, al menos, el solitario y salvaje páramo que la defiende. Ni joya, ni fruslería; simplemente, una perla cultivada. Un regalo para quienes aspiran a mantener siempre viva la ilusión por la montaña. 


Siempre existe un límite inalcanzable, un más allá donde jamás llegaremos. Lo importante no es subir más alto ni afrontar desafíos más difíciles cada día. Lo que realmente importa es soñar. O Peñón es una cuna ideal.