Vías Pirineos de dificultad media, [escalada PD, AD, D (IIº/IVº, máx. Vº)]. Vivencias de montaña. Rincones desconocidos o escasamente divulgados. Y alguna que otra reflexión

viernes, 8 de febrero de 2013

MIdí d' Ossau. Travesía 4 puntas

Midí d’Ossau. Mítico monolito cuyas laderas parecen emerger de las entrañas de la tierra cuando nos elevamos sobre las praderas del Portalet. Sin embargo, al aproximarnos, su estructura compacta, de menhir, se resquebraja como antaño lo hizo la cobertura sedimentaria que lo escondía bajo el océano: se nos revela así un mundo inesperado, cuajado de agujas y sombrías hendiduras que penetran hasta su corazón.

Midí d’Ossau. La travesía de las cuatro puntas supone el más amplio punto de encuentro con esta espléndida montaña, que se alza como un vigía desafiante sobre el cielo. Excursión ruda, larga y exigente, sobre todo en cuanto a experiencia, es también discontinua y muchos de sus tramos transcurren sobre terreno fácil, incluso susceptible de cruzarse caminando; además, existen algunas opciones para abandonar el recorrido, lo que avala la posibilidad de emprender esta ruta incluso cuando la duda se sobrepone a nuestro coraje; no obstante, sería muy imprudente ignorar la relevancia del itinerario, que exige entrenamiento, así como una excelente movilidad y agilidad en el terreno de dificultad media. Roca de gran calidad, a despecho de algún que otro bloque inestable y de abundantes escombros sobre las terrazas inclinadas hacia el vacío; terreno intrincado, propicio al extravío, que nos obligará a estudiar cuidadosamente nuestra progresión y a valorar las horas de luz disponibles. El Midí ofrece con generosidad oportunidades alternativas para eludir ciertos pasos engorrosos, pero también deberemos contar con una muy alta probabilidad de afrontar en algún punto dificultades superiores a las previstas.

La travesía de las cuatro puntas asciende a la Jean Santé (couloir Pombie-Peyreget), remonta después la escarpada pared de la Punta de Aragón y alcanza desde ésta el Reino de Pombie, a través de una cresta magnífica. Desde el Grand Pic se llega por la Fourche al Petit, del que se desciende por su arista Sur o de Peyreget. Se trata de una excursión muy variada, plena de sorpresas, en la que cabalgaremos sobre airosos gendarmes y penetraremos en oscuros agujeros en los que nunca bebe el sol. Parece superfluo insistir en detalles reiteradamente descritos por guías como la Ollivier y la de Dupouey o, aún mejor, en la excelente obra de Bellefon “Las 100 mejores escaladas de los Pirineos” y, para los tramos que discurren por vías normales, los extensos análisis de Miguel Angulo; por el contrario, siempre son bienvenidas las matizaciones y el enriquecimiento de las reseñas con nuevos datos: así, pues, me limitaré a establecer algunas apreciaciones personales, complementarias de la información ya existente. 


Desde el aparcamiento, tras las primeras rampas del Portalet en su vertiente francesa, precisaremos unas dos horas para alcanzar el pie de la vía: unos metros antes de llegar al refugio de Pombie (una hora), dejaremos a la derecha el pequeño lago que yace a sus pies y abordaremos el sendero que conduce hacia el collado de Peyreget, camino que abandonaremos pronto para iniciar el asalto a la Grande Raillère. El terreno más estable se encuentra en su margen derecha, bajo las estribaciones de la punta Enmanuel, pero nada nos librará de cruzar los penosa y deslizante zona superior, cuando el vasto corredor se estrecha y observamos de frente la profunda entalladura del corredor Pombie-Peyreget, el cual se une en la brecha Jean Santé al de Pombie-Suzón, abierto en la vertiente contraria. Hasta muy entrado el verano, un pequeño nevero señala con precisión el punto de ataque, poco antes del codo de la Grande Raillère: un desdibujado corredor que asciende en diagonal por la muralla nos conduce a un sistema de terrazas empinadas y rocas quebradas salpicadas de yerba (itinerario común con el de las “Viras superiores”), desde donde podemos llegar bajo un pequeño muro de unos cuatro metros (IV-), menos fácil de lo que aparenta, y que defiende el acceso a una cornisa ascendente, sencilla y muy practicable. La faja se interrumpe pronto por un muro vertical, el primer gran extraplomo de los dos que cierran el corredor: su clave se encuentra a la derecha, a través de un diedro-chimenea de elegante trazado (IVº), en cuya base tropezaremos con un duro y atlético paso (breve, pero, en mi opinión, subvalorado en la graduación que se le otorga: ver descripción pormenorizada en este mismo blog, entrada "El misterio del IV"). Saldremos por la derecha a una terraza espaciosa, pero también vertiginosa, y, tras un rodeo sobre rocas fáciles, retornaremos al corredor, por el que se asciende andando hasta un gran bloque empotrado. Desde tal emplazamiento, sin necesidad de alcanzar el segundo y enorme extraplomo, podremos superar el pequeño muro lateral a la derecha, gracias a un diedro abierto con presas pequeñas pero excelentes en su salida (IV+, apenas expuesto). Nos espera un tramo caótico y confuso, bastante accesible, en el que es posible trazar diversas variantes, incluso sobre el vecino couloir Blanc; sin embargo, conviene mantener la tendencia a emprender temprano la superación del desdibujado espolón central, por el que alcanzaremos la brecha Jean Santé. En varias ocasiones he ascendido este corredor, en general con escasos problemas y en tan sólo hora y media; sin embargo, la última vez utilicé más de dos y hube de resolver algunos obstáculos inesperados, tal es la índole del Midí, que exige atención permanente. En cualquier caso, resulta prudente reservar al menos un par de horas para la Jean Santé (unas cornisas poco difíciles en la vertiente Norte sirven de enlace entre brecha y la cima).


Será preciso retornar a la brecha antes de emprender la ascensión de la Punta Aragón, para la cual disponemos de cuatro opciones: desde su mismo umbral parten la vía Ravier (MD) y la Barrio-Bellocq (D, con un paso de V-), que remontan una pared vertical, muy aérea. Quizá pueda oponérseles a ambas, especialmente a la Ravier, una dificultad un tanto desproporcionada con el espíritu de esta ascensión: su aspecto, desde la cumbre de la Punta Jean Santé, inspirará, sin duda, nuestra decisión. La vía Barrio trepa directamente por el muro (IV) hasta alcanzar una cornisa de piedra rota y yerba, que recorreremos hacia la derecha, en plena muralla. Cuando se interrumpe, hay que descender un par de metros sobre bloques redondeados para emprender, entonces, la superación de un diedro abierto (V-) y su prolongación, evidente y ya más fácil, a través de una chimenea. Como tercera opción, puede buscarse hacia la derecha, por el couloir Sanchette, un camino indirecto para alcanzar las terrazas situadas inmediatamente debajo de las evidentes fisuras Sur de la Punta Aragón: nos encaramaremos a los primeros metros de este corredor antes de volver a la izquierda y alcanzar las terrazas mediante unas cornisas suspendidas (en las que desemboca la Barrio-Bellocq). El único problema reside en identificar el punto en el que debe abandonarse el couloir Sanchette, sobre una escarpada ladera poco definida donde abundan los pasos de IIIº. Por último, prosiguiendo un poco más por el fondo del couloir Sanchette, puede llegarse al comienzo de un estrecho corredor que desemboca en la misma cumbre de la Punta Aragón: al parecer, esta es la solución más fácil y quizá la más rápida aunque también la menos interesante, pero no puedo ofrecer datos de ella. Tanto el couloir Sanchette como las terrazas Joly constituyen posibles (también complejas) vías de huida en caso necesario.

Desde las terrazas dominadas por las fisuras Sur de la Punta Aragón puede abandonarse la excursión a través de su vía normal (solución indeseable y que recurre a la penosa pedrera de la Grande Raillère); por supuesto, también es posible alcanzar —en oposición— por cualquiera de estas dos amplias fisuras la cima: la situada a la izquierda es un poco más fácil (III+) que la más oriental (IV). Si desde las terrazas avanzamos un poco hacia el Oeste, encontraremos pronto el orificio de la chimenea Marsoo, curiosa galería subterránea que desemboca en la cumbre y camino recomendable por su peculiaridad. Estas tres soluciones pueden resultarnos algo molestas a causa de la mochila; en tal caso, podemos proseguir un poco más nuestro rodeo por el Norte, hasta una próxima brecha que permite el acceso a la cresta, justo debajo de la cima, mediante algún paso aislado de IIIº.


Habremos empleado en torno a una hora y media, quizá dos, para alcanzar la Punta Aragón y precisaremos otro tanto para subir hasta el Grand Pic. Desde la Punta hemos de descender a la primera brecha y mediante una zancada (IV) alcanzar los primeros gendarmes, rendidos los cuales arribaremos a la brecha de Aragón. Suele indicarse para la travesía entre la Punta Aragón y el Reino de Pombie la conveniencia de descender hasta unas practicables cornisas (nunca las he seguido) sobre el couloir Sanchette que facilitan el trayecto; de proseguir a toda cresta, será preciso superar bastantes pasos de IVº y, potencialmente, incluso más duros: la recompensa, sin embargo, prevalece frente a la dificultad. Tras la brecha de Aragón, todavía hay que vencer por su cara Este un importante gendarme —doy fe, si aún tenemos ánimo para complicarnos la vida, de la existencia, hacia el Oeste, de dos cortas y hermosas fisuras—, del cual se desciende por el filo hasta una zona fácil frente a la última e importante punta de la cresta: a modo de nuevo internamiento en las catacumbas, puede utilizarse un túnel (se franquea en oposición, III) cuya boca ha de buscarse en la canal que escinde el bloque por su mitad, o, preferiblemente, si consideramos haber adquirido suficiente experiencia espeleológica en la chimenea Marsoo, rodearlo cómoda y rápidamente por su vertiente oriental.

Las pedreras del Reino de Pombie marcan el final de las mayores dificultades y constituyen una excelente ocasión para evaluar nuestras posibilidades de finalizar la excursión antes del ocaso, ya que es esta la última escapatoria factible. En adelante sólo deberíamos encontrar pasos de IIIº, pero queda aún mucho por hacer y sobre un terreno especialmente proclive a las complicaciones, pues los descensos a la Fourche y el de la arista Peyreget son propicios a pequeños extravíos con sus consiguientes pérdidas de tiempo: dos horas y media hasta el collado de Peyreget, cuatro hasta el aparcamiento, aunque es recomendable la previsión de un horario mucho más dilatado; es también prudente la renuncia por amenaza de mala visibilidad, pues la niebla puede ganar con sorprendente rapidez los escarpes del macizo.

Desde el Grand Pic hemos de descolgarnos en dirección al Petit por una pendiente que se va empinando progresivamente y pronto queda interrumpida por breves zócalos verticales. Es difícil encontrar el paso exacto y probable el recurso a algún que otro rápel intempestivo. Sin embargo, el propio terreno, pródigo en abismos a ambos lados del camino correcto, nos conducirá hacia la espaciosa terraza que domina a las lajas blancas de la Fourche, mediante una chimenea abierta a Oriente tras la cual debe volverse de nuevo hacia la izquierda. En el ángulo Noroeste de esta gran terraza se abre la chimenea que permite el acceso a la Fourche: aunque imponente por su verticalidad inicial, ofrece presas muy firmes y seguras (III) y se destrepa con facilidad. Puede abandonarse antes del final para emprender una travesía casi horizontal y poco expuesta por las lajas blancas (II/III-) en dirección a la base quebrada de la Fourche. Desde ésta, habremos de continuar de frente por un vago espolón que divide la pared occidental del Petit Pic. No podemos contar mucho con una ficticia evasión por el corredor Sur de la Fourche, escasamente practicable en verano, ni por la cara Norte, a través de la repisa de l’Embarradère, alternativa bellísima pero demasiado larga y, además, confusa en algunos tramos. Hacia la mitad del espolón, de escalada reconfortante y ligera, existe un risueño paso de IVº, que no precisa aseguración; después, una inmensa rampa de Iº cuya espectacularidad será difícil de apreciar por culpa de la fatiga acumulada. Es también factible recorrer una canal paralela (III), poco atractiva, llena de escombros, incómoda... 



La última punta. ¡Por fin! Pero… ¿quién dijo que la excursión sólo acaba realmente en el valle? Nos quedan todavía al menos tres horas hasta el aparcamiento, de ellas la mitad para destrepar la arista: enredada y delicada, exige una vigilancia constante para rastrear la hilera de mojones que, como hilo de Ariadna, nos depositará en lugar seguro. Por fortuna, tales hitos son perfectamente identificables durante el descenso, muy al contrario de las amargas experiencias que suele deparar en este sentido la travesía del Grand al Petit Pic. Es importante partir en dirección correcta del cono somital, primero hacia el Este e, inmediatamente, hacia el Sur. Tras destrepar un resalte (de derecha a izquierda), deberemos buscar la cabecera de la clásica chimenea de la vía normal del Petit Pic, abierta hacia la Grande Raillère. No exige rápel, aún cuando su tramo inferior es el más complicado (III+). En su extremidad hay que volver a la derecha y remontar tres metros hasta una pequeña brecha, señalada con un importante mojón, bien visible desde arriba. Parece también posible el descenso directo hacia tal marca, clave de la arista, pues a partir de ella nos limitaremos a seguir las señales indicativas del itinerario. El terreno nos exhorta a caminar con un celo esmerado, pero cualquier dificultad superior al IIº debería hacernos recelar del paso escogido. Pronto alcanzaremos las proximidades de una amplia escotadura, junto a la Punta Enmanuel, y desde donde puede observarse el corredor Pombie-Peyreget, primera etapa de nuestra ascensión. Desde aquí podemos bajar directamente al refugio por la Grande Raillère o, mejor aún, ascender unos metros hasta la brecha y proseguir, primero por una travesía horizontal sobre praderas inclinadas y luego por un marcado sendero, hasta el collado de Peyreget.

Resulta arriesgado citar un horario para la travesía global. A mí —en solitario—, me ha costado casi doce horas efectivas (ocho de escalada), de las cuales hubiera podido ahorrarme una partiendo del refugio de Pombie. Incluso podría haber reducido ese tiempo en función del conocimiento previo de gran parte de la vía, pero a pesar de esa información, tuve algunos errores de itinerario: lo más probable no es restar tiempo, sino incrementarlo. Al menos, es muy aconsejable prever esta posibilidad, sobre todo si planeamos asegurar los pasos más escabrosos. Tal vez resida aquí la razón por la que la Travesía de las cuatro puntas no se repita tanto como merece: demasiado larga y accesible para los confirmados, excesivamente fuerte para los novicios; en mi opinión, sin embargo, únicamente le opondría una objeción: su longitud superlativa armoniza mal con el gozo de un marco incuestionablemente privilegiado.