Vías Pirineos de dificultad media, [escalada PD, AD, D (IIº/IVº, máx. Vº)]. Vivencias de montaña. Rincones desconocidos o escasamente divulgados. Y alguna que otra reflexión

martes, 30 de abril de 2013

Bucuesa, cresta occidental

en rojo, ruta seguida; en amarillo sector omitido; verde variante entrada; a la derecha, vías de descenso.

No queda en nuestros queridos Pirineos ninguna cima virgen que se precie; tampoco abundan las vertientes y crestas sin hollar. Pero todavía existen muchos rincones de los cuales tan apenas se ha divulgado información y donde aún es posible trazar empresas presididas por la aventura; ignotos retiros que brindan un amplio espacio para la sorpresa. Salvando las distancias, nuestras vivencias serán en tales casos afines a las que experimentaron aquellos ilustres pioneros cuando abrían una tras otra todas las primicias de la cadena.

el pico de Bucuesa desde los Campaniles de Ip
Inmerso en tan seductoras reflexiones, proyecté un asalto al Pico de Bucuesa, en el circo de Ip, por su cresterío occidental; una propuesta que, a priori, entrañaba cierto interés por suponer una vía directa a esta sugestiva cumbre, tanto más en cuanto que los rodeos que impone la vía normal y sus variantes a través de la cresta sur, ostentan un aspecto poco apetecible e incluso entrañan el tránsito por un terreno despiadado y, ciertamente, no exento de peligro, colmado de inestables pedregales colgados sobre laderas muy expuestas.

el Dedo de Bucuesa y gendarme de la cresta
Lamento reconocer que no pude alcanzar una victoria plena encadenando la travesía íntegra de la cresta, la cual me opuso un obstáculo infranqueable, que tal vez explique el porqué del silencio que rodea a este inexplorado acceso al pico de Bucuesa. Tal cumbre se alza apoyada en tres vastos lomos a modo de trípode, con los flancos muy escarpados, especialmente el que mira al norte. Precisamente sobre esta vertiente noroccidental se desarrolla la audaz vía abierta por Jesús y Enrique Vallés en octubre de 1977 (D+), en tanto que se debe a los Ravier la travesía de la cresta norte-sur. Por lo que se refiere al lomo oeste, que ahora nos ocupa, tiene en planta forma de T: la cresta, agarmonada, se estrecha en un pequeño cuello, con su brecha consiguiente, antes de expandirse en un muro perpendicular y casi vertical, por el que debuta la ascensión. Un poco más allá, como una prolongación natural de la cresta, se encuentra el Dedo, curioso promontorio unido al muro por una no menos curiosa serie de gendarmes. Realmente apenas merece la pena coronar este escarpado risco, erigido en tan sorprendente como espantosa roca de hojaldre, plagada de escamas superpuestas; siempre muy frágil y poco de fiar, esta roca tan pronto presenta una placa lisa y desprovista de presas, como expone unos flancos desgarrados cuyas lentejuelas se desmenuzan entre los dedos. No es muy buena idea ascender al Dedo previendo un inmejorable balcón para dilucidar los puntos flacos de la cresta: el sol tiene la costumbre de salir por el este, justo al otro lado del pico, dejando a contraluz todo el itinerario. Como presumiblemente el sol no cambiará de hábitos y esta situación se prolonga durante buena parte de las mañanas estivales, resulta ingrato recurrir a semejante punto de observación.

el muro inicial y su prolongación en la cresta occidental
Desde Canfranc, se precisan tres horas para alcanzar la presuntamente ecológica presa del ibón de Ip, sea por el tradicional camino de la Solana o por el recientemente recuperado de la Balsera, en la margen izquierda del barranco. Necesitaremos otra hora suplementaria para llegar a las inmediaciones del colladito que separa el Dedo del muro inicial de la cresta occidental. Esta pared, de unas decenas de metros parece practicable por diversos puntos, aunque el más lógico parte del propio collado, en la vertical de un pino, excelente punto de reunión (IIIº/IVº). ¿Pino? Sí, eso es: una conífera solitaria y audaz, emplazada a 2.500 metros en plena pared, desafiando con singular coraje las leyes de la naturaleza y los rigores de un hábitat imposible. Cuando el 7 de agosto de 2012 ataqué este resalte, tras algunos escarceos con sus bloques disjuntos, decidí abandonar después de constatar que no disponía de tiempo suficiente para ganar la cima y regresar a la hora prevista, máxime cuando no existe cobertura telefónica en todo el trayecto (salvo en la propia cumbre y con cierta dificultad) para comunicar un más que probable retraso. No obstante, sí tuve oportunidad para visitar el Dedo, mediante un marcado corredor orientado hacia Los Cuchillares que, en realidad, resultó particularmente incómodo. Para impenitentes curiosos, es de reseñar que el mejor acceso se encuentra por el oeste, rodeando las primeras barreras, aunque nada nos evitará lidiar cerca de la cumbre con un calcáreo que se desbarata entre las manos. Atención a esta característica de la roca, omnipresente en toda la cresta occidental del Pico de Bucuesa, con la excepción del muro inicial y del resalte final.

perfil de la cresta occidental
Una semana más tarde, el 14 de agosto, torné al mismo escenario. En esta ocasión opté por afrontar el muro un poco por debajo del collado, sobre unas rocas teñidas de rojo (IIIº). Poco después la dificultad se reduce, sobre una sucesión de repisas fáciles hasta un corto paso vertical (IVº+) que antecede a lo que se vislumbra como una fácil chimenea progresivamente tumbada. De repente, la calidad de la roca empeora con brusquedad, en tanto que las presas se desvanecen como por ensalmo: es la versión lisa del hojaldre ya aludido. Intento instalar un punto de seguro, pero tan solo consigo introducir un precario fisurero, a todas luces insuficiente como reunión. Renuncio, pues, a su falsa seguridad y prosigo hacia arriba con decisión, sin dejar de pensar que es muy imprudente apostar con demasiada frecuencia contra la ley de la probabilidad. Más arriba, el horroroso hojaldre reaparece, con toda su virulencia, si bien ahora el avance es muy fácil hasta una pequeña brecha, justo la que marca el estrangulamiento de la cresta. Advierto allí decepcionado que la progresión está obstruida por un mogote vertical, incluso extraplomado en su zócalo, por supuesto integrado por esta pésima roca. No advierto puntos débiles en las inmediaciones y desciendo frustrado por la canal que parte de la misma brecha (cuerda prescindible).

la brecha imposible
No ha podido ser, aunque se adivina una dudosa posibilidad mediante un pequeño rodeo por las rocas de la derecha (presumiría que mínimo IVº y en esta roca tan temible). Ya que esta vez dispongo de tiempo suficiente, decido conquistar la cima por su poco atractiva vía normal, pero no tardaré mucho en cambiar de opinión, para retornar a la cresta a través de un roquedo acogedor, un poco por encima del punto en que interrumpí la ascensión. La cresta se presenta muy fácil hasta un empinado resalte intermedio que corta toda su vertiente meridional, dominando una enorme placa lisa poco inclinada. Aunque parece posible rodear el escarpe por la vertiente opuesta, ello implicaría una incómoda y expuesta travesía más complicada de lo que aparenta; por el contrario, el risco se deja vencer con facilidad por el filo de la arista (IIIº-), por más que la calidad de la roca demande una atención constante: en esta ascensión, las apariencias engañan y, así como lo fácil deviene problemático, también lo inabordable puede tornarse muy accesible.

el pico de Bucuesa desde Peña Nebera; a la izquierda el perfil de la cresta
Por encima de este muro intermedio, no existen obstáculos dignos de mención hasta el erguido castillo culminante. Aunque tranquiliza observar numerosas cornisas y terracillas, líneas de fuga tanto hacia la cresta norte como hacia la vía normal que proviene del collado con Los Cuchillares, no será preciso aprovecharlas, pues el asalto directo no solo es factible, sino recomendable. Y divertido, además, en una roca que mejora ostensiblemente (IIIº, con diversas opciones posibles que en ningún caso superen el IIº).

en rojo, ruta seguida; en amarillo sector omitido; verde variante entrada;
a la derecha, vías de descenso.
En cuanto al descenso, la historia carece de enjundia, si bien no de cierto riesgo; es preciso iniciarlo mirando a la Partacua para, tras perder una decena de metros, buscar hacia la derecha las cornisas por las que eludir los escarpes verticales que defienden la cima. Ya en plena cresta, es practicable el descenso hasta el collado de Los Cuchillares y, desde éste, tomar una no muy complicada chimenea, pero quizá sea mejor alternativa descender hacia el oeste sobre la inclinada vertiente, con tendencia a la derecha, hasta una vaga canal por la que se accede a las pedreras que circundan la base del pico. Ambas opciones carecen de dificultad técnica pero se muestran muy delicadas dada la extrema inestabilidad del suelo, muy pendiente y sembrado de minúsculas lascas, material de derribo con el que la erosión terminará por allanar nuestras adoradas montañas. Por fortuna, para eso, aún falta mucho tiempo.

martes, 16 de abril de 2013

Riglos. La gran escuela

No he podido resistir la tentación de reproducir un viejo artículo, publicado en un Boletín especial de Montañeros de Aragón dedicado a Riglos. Sirva como homenaje a ese rincón tan extraordinario. Ahí va:



Sensaciones.

—¡Mirá, allí hay uno…, con pantalón claro! Y más abajo —¿no lo ves?— otro con un jersey rojo.

El del pantalón claro soy yo, por una vez en cabeza de cordada, algo realmente muy poco habitual en mis incursiones por el Reino de los Mallos. Las voces llegan diáfanas hasta mí desde el pie del Pisón, gracias a un fenómeno acústico frecuente en estas paredes; por el contrario —también un problema relativamente común— me resulta muy difícil comunicarme con mi compañero, en el otro extremo de una cuerda de cuarenta metros.

Me encuentro afirmado sobre un grueso tronco, ya muy arriba, en una de las profundas chimeneas abiertas en la roca del mallo más característico de Riglos. Es mi tercera —creo— ascensión a una vía del macizo y acabo de finalizar mi primer largo “de verdad” como primero de la cuerda, dispuesto a asegurar el ascenso de mi compañero hasta mi emplazamiento.

Mi primer largo. Es muy difícil expresar con palabras lo que pasó entonces por mi mente y, sin embargo, es fácil sentirlo: basta anudarse una cuerda a la cintura y subir; subir con la vista fija en lo alto, en lo más alto, profundamente concentrados en nuestras manos y pies, mientras los ojos eluden el abismo que se abre bajo las botas. Fue también en Riglos donde, por primera vez, vi ese abismo. Ascendía la normal de la Aguja Roja, siempre de segundo, por supuesto, como correspondía a un novato todavía sin confirmar como miembro de la orden selecta de los iniciados en el arte de la escalada. Subía, sereno, por el diedro final que domina la parte más seria de la ascensión, un diedro cuyo creciente extraplomo me obligaba a intuir un precipicio que, a toda costa, pretendía ignorar. A mi pesar, sentí cómo la pared se erguía más allá de la vertical, volteándose hacia una sima descarnada. Mi corazón aceleró su ritmo y alcanzó una cadencia próxima al paroxismo, justo un instante antes de refugiarme en la seguridad de la última reunión, un balcón que precede a la cima. “He vencido” quise gritar al vacío, mientras mi compañero se alejaba hacia la próxima cumbre. Me volví, despectivo, para pasear la mirada triunfal sobre el enemigo recién derrotado; un instante después, tembloroso y aferrado a la sirga metálica de la reunión, hube de reconocer con mi orgullo herido, que tan sólo era un invitado fugaz al que se le había regalado su minuto de gloria. 

aquellos felices setenta; cletas y pantalones acampanados
últimos metros del rapel "volao" del Pisón
¿Dónde conocer más íntimamente una montaña que en Riglos? ¿Cómo llegar antes a su corazón, que introduciéndonos en sus propias entrañas? Esas profundas hendiduras sin fondo, como la Pany o, sobre todo, los Cachorros... Aún me maravillan las intensas sensaciones derivadas de trepar con desenvoltura, a pesar de mi escasa pericia, por paredes rigurosamente verticales. Huir cobardemente hacia el interior para eludir el precipicio; descubrir la luz cuando, desdeñando el fondo húmedo, lóbrego y liso, salía por fin al exterior de la chimenea para encontrar, además del sol, un universo rico en confortadoras presas. Dicen que subimos montañas por que están ahí... quizá, realmente, las subamos porque en ellas nos encontramos a nosotros mismos...


Los mallos, señorío de seres prodigiosos y malignos en las mentes medievales, fueron efímeros protagonistas del capricho de Pedro I, quién dejo como legado a doña Berta la propiedad de estos enclaves a título de Reino; poco perduró tal dignidad, pues Alfonso I el Batallador reintegró definitivamente el territorio a la Corona. Casi un milenio después, otra casta, la de los trepadores, ha sustituido a los gnomos encaramados sobre las murallas purpúreas, en las que lo único que reina es el amor por la vertical.

Antaño “Escuela de escalada”, Riglos era también conocida como “la Universidad” para refrendar aquel carácter de escuela de escuelas. Para los montañeros aragoneses siempre ha sido un enclave emblemático, más fin que medio, cuando, en los años cincuenta, las escuelas de escalada eran poco más que una oportunidad de aprendizaje y entrenamiento para empresas mayores. En la actualidad visito pocas veces Riglos. Sin embargo, como todos los montañeros de la vieja escuela, lo llevo siempre en el corazón. ¿Quién puede olvidar la primera vez? El primer largo, la primera vía, el primer rapel... el miedo y la alegría salvaje de la victoria, todo un mundo de silencios y gritos que viajan a través de una cuerda para encadenarnos a una vocación sagrada y eternamente viva en nuestro corazón... Eso es Riglos: todo un mundo de sensaciones.

Redactado en febrero de 2003.

jueves, 11 de abril de 2013

Vignemale, por la Canal de Cerbillona

Resulta algo incómodo atacar al Vignemale desde España, sobre todo desde que se restringiera el acceso mediante vehículos por la pista, a partir de San Nicolás de Bujaruelo, lo que tiene dos aspectos muy positivos: el respeto al medio ambiente y la invitación a pernoctar en plena naturaleza, al precio de cargar un poco más la mochila.

el Vignemale,  a finales de febrero de este año tan nivoso
Sea como fuere, la excursión se adivina larga; presumamos que nos encontramos en la cabecera del Ara, tras haber sobrepasado los barrancos de Ordiso, Espelunz y Batanes; precisamente, en la desembocadura de este último, confluyen varios arroyos en un bello marco fluvial: el único torrente que llega por la margen izquierda desciende del Vignemale, a través de la gran canal de Cerbillona, entre las cumbres del Clot de la Hount y el propio pico de Cerbillona. En tan idílico punto de reunión, ubicado algo por debajo de los dos mil cien metros, se asienta también una cabaña, escuálido refugio donde encontrar cobijo y desde donde admirar el gran embudo cuya desnivelación supera los mil metros.

Existe una vía indirecta, que elude el vigoroso trazado de la canal de Cerbillona y su glera más inestable, abordándola muy arriba por su margen derecho; se trata de un itinerario bastante salvaje, si bien desprovisto de dificultades técnicas, cuestión de las que, realmente, también está exenta, al menos en verano, la gran canal, inmenso tobogán que estimula el deseo de conquista cualquiera que sea el punto desde el que se divise y cuya pendiente media se aproxima a los 45º. Será preciso vencer la ladera herbosa inicial bajo el cuello que estrangula el corredor hacia los 2.300 metros; antes, también habremos de superar un escarpe perpendicular al corredor, a modo de estratos paralelos, que nos obligará a usar las manos; el mejor paso está hacia la derecha. Un rudo talud, de aspecto imponente, sirve de puerta al propio corredor: este obstáculo se supera también por la derecha, esta vez sin necesidad de trepar. Comienza aquí el vasto plano inclinado de pendiente casi uniforme que nos depositará en el amplio collado de Cerbillona, a 2.247 metros. No encontré en mi ascensión, hace algún tiempo, un piso excesivamente penoso, a pesar de la pésima fama que ostenta la canal; tampoco, debido a la inclinación, suele conservarse excesiva nieve en verano, ni se acumula en invierno, lo que, ante todo, sugiere un elevado riesgo de desprendimientos y avalanchas. Ya muy arriba, la pendiente se acentúa y aparecen algunos núcleos rocosos, cuya escalada puede calificarse de elemental. No existe ningún camino preciso, ni apreciaremos hitos que nos lo muestren. De hecho, cada excursionista tiende a trazar su variante en función del destino final: el propio collado, el pico de Cerbillona o el Clot de la Hount. Ahora, bien: resulta muy frustrante contemplar, cuando ya llevamos realizado un amplio trecho de la canal, lo pequeñitas que todavía se vislumbran las siluetas de algunos montañeros recortadas sobre el cielo en el collado de Cerbillona… 

a la izquierda la Gran Canal de Cerbillona; a la derecha las placas de Labaza
Situados en este collado, unos pocos minutos bastan para ascender al Pico de Cerbillona, a solo 45 metros por encima; tampoco el Clot de la Hount ofrece resistencia, aunque esta cumbre es un poco más escarpada. Sin embargo, no es tan accesible la continuación por la cresta hacia la Pique Longue. Desde el Clot, una pequeña chimenea helicoidal de unos tres metros puede constituir un obstáculo temible en presencia de hielo, lo que no suele ser el caso; seguidamente, aparece un par de pequeños gendarmes: el descenso del segundo puede resultar un poco delicado, aunque en sentido opuesto, al regreso, no opondrá resistencia. Cabe señalar así mismo, la alternativa de atacar la Pique Longue por el glaciar de Ossoue, desde el collado a través de la vía normal.

La excursión termina en casa, ¿no? Pues conviene tener muy presente la marcada inclinación del corredor en el descenso. Y si hay nieve helada que pueda facilitarlo, no olvidar que la autodetención puede ser complicada si tardamos en reaccionar. Demasiado tiempo sobre esta pendiente insidiosa tiende a relajar la prudencia. 

la Gran Canal entre el Clot de la Hount y el Cerbillona
Existe una hermosa alternativa a este descenso: bajar por la vía del Príncipe de la Moskowa, el itinerario legendario de la primera ascensión conocida al Vignemale, llevada a cabo por lady Lister el 7 de agosto de 1838. No obstante, esta ruta puede resultar difícil de encontrar y transcurre sobre un terreno de cabras confuso, por lo que no puede recomendarse a quien no se encuentre bien informado.

lunes, 1 de abril de 2013

El Couloir Oriental del Midí

Un poco a la derecha de la vía Fouquier, con la que comparte el inicio, se abre esta ruta que explora el difuso corredor oriental del Midí, hasta desembocar en las pedreras del Reino de Pombie, muy cerca de la flecha de hierro que sirve como referencia para la vía normal.

la vertiente oriental del Midí, desde el Dedo al contrafuerte oriental
Este itinerario, que carece del prestigio, del compromiso y de la dificultad de la vecina Fouquier, ofrece, no obstante, un buen terreno de juego en el que familiarizarse con el Midí. La primera ascensión se la adjudicó la cordada integrada por Peyret, Berges y Baudéant, en julio de un tardío 1970. Cotada como Algo Dificil, la vía no debería ofrecer ningún paso superior al IVº y de estos tampoco muchos. Pero estamos en el Midí, perfecta tribuna de aprendizaje para apreciar la diferencia que puede suponer el rodeo de un pequeño bloque por la izquierda o por su derecha. ¿Será esta una secuela impensable de nuestra funesta situación política? En fin; mi experiencia en este recorrido apunta, efectivamente, a sorpresas que, por fortuna, solo aportaron en mi caso un poco más de sabor a la aventura.

Couloir Oriental; en verde la salida correcta
El Couloir Oriental se presenta franco, al menos en apariencia: su trazado no parece tener pérdida, a pesar de que tampoco es muy definido. Bueno, pues yo conseguí perderme, pero ya llegaremos a eso. Toda la zona inferior, límite entre las pedreras de la base y el zócalo, está guarecido por unas rocas aborregadas y algunas placas sensiblemente verticales, a las que se accede directamente desde el sendero que comunica el refugio de Pombie y el Col de Suzon; lo mejor es abordar este roquedo muy alto, a la derecha, desde donde casi sin recurrir a las manos se alcanza el inicio de la vía. Esta debuta por un terreno agradable y entretenido, sin compromiso ni exposición, que se supera mediante algunos pasos de IIIº Allá por el segundo largo existe, según las guías que he podido consultar (Ollivier y Dupouey), un paso de IVº. Así debe de ser, pero el ambiente risueño y la falta de exposición pueden conseguir que pase inadvertido; más arriba, el couloir acrecienta su anchura y reduce su profundidad: deviene en un tobogán difuso con pasos aislados de IIIº, cuyo trazado más accesible debe buscarse con preferencia en su margen izquierdo. Es de prever que tampoco nos preocupemos mucho por rastrear el rumbo más accesible, limitándonos a disfrutar apaciblemente de la jornada, con grave riesgo de caer en un exceso de confianza. Supongo que eso fue, exactamente, lo que aconteció en mi ascensión, cuando debí preocuparme un poco más por localizar la salida exacta hacia la brecha del contrafuerte oriental, vecino de la vía normal; tal salida ha de buscarse cuando el couloir tiende a enderezarse hasta la vertical, a unos nueve o diez largos de su inicio. Sin embargo, esta medida “en largos” resulta demasiado imprecisa, tanto para mi solitaria ascensión, como para una cordada que probablemente recorrerá gran parte de la vía sin instalar reuniones. Es este un terreno de aventura donde no encontraremos hitos ni muchos rastros de paso; a lo sumo, algún pitón herrumbroso, de esos que no saben decirnos si nos mantenemos en el camino correcto o son la huella de una retirada forzosa. Pero esto es exactamente lo que perseguíamos, ¿no? 

el Dedo y, delante, placas intermedias de la Fouquier
Como ya he anticipado, no encontré la salida. Tampoco indagué demasiado, pues desde el punto en que me encontraba, se adivinaban varias opciones plausibles para terminar la excursión, todas ellas en el margen derecho, lo que, por supuesto, requirió un flanqueo delicado para alcanzar el lado opuesto. Desde allí, en la médula de un pequeño circo flanqueado por resaltes muy empinados, la superación del escalón terminal ya no parecía tan fácil. Por eso elegí la alternativa menos dudosa: una chimenea vertical de aspecto fiero y cerrada por un bloque empotrado, que prometía la gloria a costa de solo unos pocos metros de áspera trepada. Y así fue, aunque tanto el paso inicial como el último resultaron un poco más duros de lo previsto; tampoco nada del otro mundo (IV+). De hecho, en el segundo ascenso tras recuperar el material de aseguración, descubrí un par de presas que facilitaban mucho la superación del bloque empotrado, que unos minutos antes me había obligado a ejercer de acróbata. Los metros restantes hasta el reino de Pombie carecen de historia. 


Como apéndice, me gustaría resaltar que la zona por donde salí del couloir parece constituir una escapatoria plenamente factible para quienes se les pueda atragantar el final de la Fouquier. No se vislumbra ningún obstáculo serio, así como tampoco resaltes importantes.

domingo, 24 de marzo de 2013

Billare, destino incierto.

Después de atravesar el Somport, el hermoso y verde valle de Aspe da acceso al de Lescun, famoso enclave pirenaico al fondo del cual las archiconocidas agujas de Ansabere desafían al cielo con descaro. Su altiva silueta, a la que durante mucho tiempo se otorgó el título de inaccesible, se presenta desde Francia enmascarada por otra hermosa montaña, de gran porte y abruptas laderas: es el Billare, cumbre bicéfala cuya pared NE está suspendida sobre el Plateau de Sanchèse, 1.200 metros más abajo. Sin duda, un importante y escarpado desnivel, que en poco envidia a las más notables de nuestros Pirineos.

el Billere sobre Lescun

La compacta mole del Billare domina con inmensidad el horizonte de Lescun y el deseo de vencer a esta imponente montaña se hace imperioso, pero su aspecto poco tranquilizador y la ausencia de itinerarios evidentes son claras invitaciones a saber más... Hay quien, cuando indague en la letra impresa soluciones a las incógnitas que plantea con profusión el Billare, obtendrá probablemente respuestas poco estimulantes. Otros tal vez opten por atacar directamente sus paredes sin más preámbulo, iniciativa poco aconsejable pues estamos frente a una cima que sabe cómo defenderse y que incluye entre sus armas el recurso a la niebla, tan frecuente como desesperante en los confusos riscos superiores. Sería ilusorio, además, especular con la idea de que este pueda ser el único obstáculo.

Sea como fuere, el evidente y amplísimo corredor Este, que escinde en dos la montaña y se abre sobre el Plateau Sanchèse, perfectamente visible desde la villa de Lescun, atrae como un imán y sugiere una tentadora ruta de ascensión. A su izquierda se levantan el circo y las paredes Sur, compleja aglomeración de peñascos que —sólo desde la proximidad— rompen la monolítica faz del Billare. Parecen posibles allí diversas vías y existe al menos una de baja dificultad, desaconsejable por el riesgo de desprendimientos, un peligro muy real y que no se limita a esta vertiente. La cara Norte tampoco da facilidades, en tanto que hacia el Oeste encontraremos un poco atractivo (en verano) corredor y la vía normal, el mejor camino para retornar a la horizontalidad. 

la cara este del Billare y su gran corredor
Si nos dejamos seducir por los sugestivos alicientes del Couloir Este, podemos llegar hasta su base a través del bosque de Larrangus, partiendo de la pista que se dirige al Plateau Sanchèse, hermoso rincón accesible en vehículo con escasos riesgos para la carrocería —¿alguien puede dudar que tal nombre alude al “Llano del Sánchez”?—. Como poseo cierta afinidad con los roedores de biblioteca y bastante capacidad para ilusionarme gracias a las montañas de papel, tuve temprana consciencia de que el corredor se cierra en un sombrío embudo, L’Entonnoir, complicado de superar (Vº frío y húmedo) y, sobre todo, receptor de cualquier piedrecilla decidida a bajarse de la pared. Como opción viable, es posible alcanzar el gran couloir algo más a la izquierda y a un tercio de su base, mediante unas terrazas y corredores de perspectivas bastante amables; para llegar hasta su pie puede utilizarse el camino del lago de Lhurs, itinerario hermoso, complejo y... salvaje, desde que se abandona el sendero, prometedor prólogo del resto de la ascensión (pasos de IIIº hasta el corredor Este). La hermosa arista que delimita al corredor en su labio meridional no es sino una caótica masa de derrubios mal organizados: todo se cae y desde aquí parece imposible que los escombros desprendidos, aún sin ayuda de montañeros inquietos, no hayan colmado todavía el zócalo... Un poco de paciencia. Y un suspiro de alivio si hemos renunciado a L’Entonnoir o conseguido llegar hasta aquí tras vencerlo.

Ahora, el Billare es un tanto decepcionante. La escasa dificultad técnica que podíamos encontrar se desvanece, pero el carácter del terreno y su exposición mantienen la alerta. Tras alcanzar la Grande Brèche (2.141 m.) que separa el Grand del Petit Billare, es probable que renunciemos a este último, ya que el camino de regreso obliga a descender de nuevo a la brecha. Camino de la cima principal, se abre ante nosotros un atractivo y cómodo pasillo, junto a la punta de Larrangus, del que ha de salirse superando un pequeño resalte alineado a lo largo de toda su margen izquierda (a la derecha). Por desgracia, se comprueba pronto con inquietud la imposibilidad de superar tan nimio escalón, pues allí donde se apoye la mano, quedará adherido a ella un pedazo de monte. Obviamente, no es esta la vía correcta, que ha de buscarse en las placas ubicadas a la derecha del pasillo, enfrente del Petit Billare.

Hasta hoy, desconozco lugar tan descompuesto como este... Tal vez, si vuelvo algún día —lo dudo—, descubra que no era para tanto. He conocido otras experiencias así, mas, por el momento, no puedo aconsejar esta ruta para conquistar tan hermosa montaña. Tal vez el corredor NE, muy largo y difícil, al Petit Billare, o algunas vías en la cara NO, como el corredor occidental (F +), bien visible desde la normal, y un par de vías AD también al Petit Billare por esta cara… Sin embargo, el Petit implica una ascensión comprometida, tanto en sí misma como por el retorno, sea cual fuere la ruta elegida para ello. 

couloir NE al Petit Billare
El descenso de la cima principal transcurre atravesando la cúspide, algo enredada, en dirección al lago de Lhurs —también es factible el descenso directo hacia el lago, pero sobre terreno muy empinado y deslizante—. Cruzaremos una pequeña brecha y destreparemos más tarde una corta chimenea. Tras ella, el collado y trazas de un borroso sendero que desciende hacia los Cayolars d´Anaye. En este paraje se enlaza con el marcado camino del Plateau. Con buenas condiciones y visibilidad, esta vía normal no presenta ningún problema (solo una chimenea vertical de tres metros con enormes presas). Pero creo haber dicho que el Billare sabe defenderse. Y parece encontrar un refinado placer en hacerlo. Seguramente, en ello reside la causa de tan escasas visitas… siempre de incierto destino.




martes, 12 de marzo de 2013

Los corredores, ¿fáciles?, de Telera.


La vertiente norte de la Partacua en verano es impracticable y desoladora por lo que se refiere a sus corredores colmados de deslizante material de derrubio; únicamente la canal de Cavichirizas (Cobacherizas, Cachivirizas, Cavechirizas, Ca-no-sé-qué…) puede ser una referencia válida, como vía normal a Peña Telera; por el contrario, en invierno estos mismos corredores se transforman en una maravillosa e insoslayable invitación.



la Partacua: Corona del Mallo, Peña Parda y Peña Telera; más  a la derecha, Capulo, Tríptico y Pabellón

De todos ellos, los más accesibles teóricamente en el sector oriental de la Partacua serían la ya mencionada canal de Cavichirizas, la canal de Retos o de la Y, la de la Zeta y la de Pacines; en el sector occidental, la Canal del Burro. Claro que lo de fáciles solo puede citarse con permiso del estado del hielo o la nieve: en invierno, más que nunca, la montaña es la que establece las reglas. Y tales reglas, en forma de cornisa, pueden complicar notablemente incluso la conquista del más accesible de estos corredores, la canal de Cavichirizas. De todas formas, en muy escasas ocasiones supone esta cornisa un obstáculo serio; el problema de esta ruta reside en su prolongación natural, el famoso paso horizontal, bajo las paredes de Peña Parda, cuando el objetivo es Peña Telera. Se trata de un laaaarguísimo y expuesto paseo, muy peligroso en condiciones adversas que, cuando hay suerte, ofrece la opción de utilizar un nicho excavado a lo largo de toda la pared de Peña Parda a modo de rimaya. Aun así, todavía quedarían algunas rampas emocionantes; para descender de Telera, la mejor alternativa pasa por Peña Parda y su espolón sur, lo que impone un largo y fastidioso rodeo que, no obstante, suele ser más rápido que el paso horizontal. Al menos, eso es lo que pude constatar en el descenso de la Gran Diagonal, cuando coincidí con varias cordadas: quienes optaron por el paso horizontal llegaron a la Forca con bastante retraso (y tengo entendido que con el vello erizado). A partir del collado, lo habitual es descender sin cuerda.

salidas de los corredores María Luisa Aller y Maribel desde Cima Capullo.

 canal de Retos desde cima Capullo. Impresionante, ¿no?
Debajo de la rampa de salida aparece el gran bloque que alberrga el correspondiente nicho.

En cuanto a la canal de Retos o Doble Y, es un hermoso corredor que ya impone rampas bastante empinadas antes del estrechamiento donde propiamente se inicia. Tras unos metros paradójicamente no muy exigentes, llegamos debajo un gran nicho o caverna, formado por un enorme bloque ya en las proximidades de la salida. Un ataque frontal para alcanzar la cavidad exige la superación de un muro cuya inclinación ronda los 60º, si bien suele ser factible el asalto lateral, con lo que la pendiente cede hasta unos risueños 45º. El piso de la oquedad puede aparecer tapizado de verglas quebradizo; por encima, solo queda una amplia y monótona pala que no excede de 45º. Divisada desde Cima Capullo, la canal de Retos brinda un aspecto sobrecogedor; si esta fuera la única referencia, creo que nunca hubiera osado ascenderla.

estrechamiento de entrada a la canal de Retos

bajo el nicho

Para el retorno suelen utilizarse dos rápeles, el primero hasta el nicho y un segundo instalado sobre anclajes fijados en su bóveda. Este corredor, perfectamente válido por sí mismo, constituye también una alternativa aceptable para el descenso de Telera; en condiciones favorables podría prescindirse de la cuerda, pero, supuesto que no hemos ascendido por él, es difícil apreciar correctamente su estado desde arriba y aún menos la presencia de verglas en el nicho.

Punta Plana o Tríptico; a la izquierda, la canal de la Zeta; justo a su derecha, la Canal Ciega

Más que como ascenso, la canal de la Zeta supone un práctico descenso de otras vías de mayor compromiso de la Partacua. Con su trazado sinuoso y estrecho que hurta el abismo y una inclinación moderada, siempre inferior a los 45º, nos brinda una magnífica solución que solo impresiona cuando se divisa desde lo alto. Normalmente, no precisa rápel para el descenso; todo dependerá del estado del hielo en la zona superior. Una esbelta agujilla calcárea, delgada como un lápiz, puede servir como referencia para reconocer el punto exacto en el que desemboca esta canal. En el margen derecho pueden observarse varias instalaciones de rápel (cordinos y parabolt); también suele quedar muy claro cómo unos están muy altos, inalcanzables, y otros bajo el hielo. Por fortuna, las instalaciones en setas talladas en el hielo son rápidas (más de lo que parece), prácticas y seguras.

últimas rampas de la canal de la Zeta

los quiebros intermedios del corredor de la Zeta

salida derecha del corredor de la Zeta

doble salida de la canal de la Zeta; se puede apreciar la cornisa en la salida de la derecha, libre la otra


Cabe señalar que la canal de la Zeta presenta una atractiva salida en la margen izquierda; esta variante es corta e interesante, pero suele presentar una hermosa cornisa, tal y como puede apreciarse en la fotografía, en tanto que la salida habitual está libre de ella.

Pacines: debe abordarse por la margen derecha; abajo, las cascadas Silvia cierran la canal

en el centro, Pacines; es preciso abandonar el corredor a un tercio de la salida, bajo la pared vertical: flanqueo empinado

Por último, la canal de Pacines encierra una trampa insidiosa en cuyas redes caí hace años, cuando la recorrí en descenso sin conocimiento previo, por culpa de ciertas guías que no advertían acerca de la necesidad de abandonar la propia canal en su tercio superior, para tomar una vía accesoria en la margen derecha. Y es que algunos autores no parecen haber transitado por alguno de los itinerarios que describen. Merece la pena evocar la experiencia: emprendí la bajada por una rampa de 50º, legado de una antigua cornisa, aunque muy pronto el corredor se estabilizó en una cómoda pendiente de poco más de 40º. Tras un par de sustos en los que el corredor parecía estrangularse, las falsas alarmas devinieron en un problema real, casi ya en la base del corredor: efectivamente, este quedó cortado por las cascadas Silvia, un resalte vertical para el que no contaba con una cuerda suficientemente larga. Ante la perspectiva de remontar toda la canal, con el horario previsto desbordado y cuando el sol vaticinaba potenciales desprendimientos, busqué y encontré una escapatoria por la margen izquierda, por la que descendí encadenando tres cortos rápeles de siete u ocho metros. ¡Había estado a punto de emprender esta excursión sin cuerda! En caso de necesidad, debe buscarse esta salida justo encima de las cascadas Silvia, en el margen izquierdo del corredor. Es de advertir que, con suma frecuencia, una importante cornisa cierra la salida de la canal; no obstante, suele ser franqueable por el margen izquierdo.

el espléndido trazo de la Gran Diagonal, ascensión más que recomendable.

En cualquier caso, la vertiente norte de la Partacua no ofrece ninguna opción realmente fácil; en condiciones adversas, cualquiera de los itinerarios descritos puede convertirse en un episodio de muy incierto desenlace. Y, a pesar de su menor aliciente, la opción de descender por el mismo camino de ida, que ya conocemos, es una posibilidad que nunca debiéramos menospreciar.
Más alejadas y al margen de este comentario, quedan las también relativamente accesibles Canal Ancha, Canal Estrecha o del Cuarté y Canal del Ganado.

Consultar también La canal del Burro (al Este de la Corona del Mallo), en: 
http://rondapyrene.blogspot.com.es/2015/01/canal-del-burro-pena-blanca-partacua.html

En relación con el nombre de la Forca de Cavichirizas, es esta la denominación más plausible, de acuerdo con testimonios de personas originarias de Piedrafita; también podría ser Cavechirizas o, según alguna otra fuente, Clabicliriza (Ana María Escartín Santolaria, estudio toponimia tensina).


Según referencias recientes, los rápeles del la Canal de Retos o de la Y son de 50 metros.


sábado, 2 de marzo de 2013

La arista de Cap de Long

Los itinerarios que alcanzan la cumbre a través de una arista nos descubren la montaña más hermosa: la dificultad rara vez angustia ni tampoco distrae la contemplación de un paisaje maravilloso y siempre mutante, muy alejado de la monotonía en la que nos sumergen las vías de vertiente.

El macizo francés de Néouvielle alberga dos de las rutas más interesantes: la arista de los Trois Conseillers, de fama reconocida, que trepa hasta el Pic de Néouvielle desde la brecha abierta junto al Pic de les Trois Conseillers y la arista de Cap de Long, entre la cara norte y el glaciar de la vía normal del Pic Long. Tanto a la una como a la otra, se accede desde el embalse de Cap de Long, a cuya presa se puede llegar con vehículo tras atravesar la frontera por Bielsa.

el Pic Long, la arista de Cap de Long y el Maubic
La arista de Cap de Long es francamente accesible, relativamente corta y muy atractiva en cuanto a sus panorámicas. La marcha de aproximación nos llevará desde el ibón de Cap de Long, rodeado por el Sur, hasta el pico Maubic, al este del Long. Supone un paseo algo fastidioso, sobre todo durante el regreso, perdiéndose altura en varias ocasiones. Desde el Maubic, la arista se tiende horizontal durante unos metros, erizada de algunos bloques que no plantean problemas, hasta un pequeño y característico gendarme, aproximadamente en el centro del paseo horizontal. Es posible descender a la brecha que lo delimita para superar después un tramo delicado de hosco aspecto (III+), o bien instalar un corto rápel de siete u ocho metros que nos depositará en una terraza amplia en plena cara norte, la cual se prolonga hasta unos bloques al abrigo del resalte principal de la arista. Tanto si elegimos una u otra alternativa, el terreno plantea pocas dificultades e incluso puede superarse sin aseguramiento, a pesar de algún paso aislado de IIIº que entretiene el camino hacia la cumbre. 

el Long desde el Maubic
Pronto alcanzaremos una zona más abierta y confusa, siempre fácil, por la que progresaremos sobre una roca excelente conducidos por nuestro instinto. La cima, que advertimos próxima, nos atraerá como un imán y dictará el mejor itinerario sobre un terreno poco definido que las cordadas suelen superar en “ensamble”, a despecho de su exposición sobre los abismos de la vertiente norte. Sin contratiempos culminaremos una ascensión que puede calificarse de AD y que nunca apura, justo lo suficiente para evitar una relajación peligrosa. 

la cresta hacia el Badet y Maou, de fiero aspecto
En cuanto al regreso, es preciso alcanzar el collado abierto entre el Long y el Badet, guiados por una sucesión de hitos a través de la cara SO; desde allí podemos bajar por la vía normal con el auxilio de algún rápel hasta el glaciar, pues la regresión del hielo ha descubierto un tramo de roca muy lavada en un ambiente severo. Es más interesante y recomendable proseguir por la propia cresta hasta el Pic Badet o incluso hasta el Pic Maou. A despecho de su fiero aspecto, esta solución nos sorprenderá por su facilidad y rapidez; el descenso entre las dos últimas cimas es evidente y factible por varios puntos y apenas exige el uso de las manos en las proximidades del Badet, aunque en algún punto la roca se muestra muy descompuesta. Tanto por esta razón como por su escaso interés, apenas merece la pena culminar el Pic Maou, salvo que nuestro itinerario incluya la ascensión al Lentilla, Campbieil y Estaragne, para descender directamente a la carretera del embalse. Tal proyecto no resulta descabellado, pero discurre por cimas aborregadas y pedruscos hacinados de penoso caminar, sin otros alicientes que el paisaje o la altura del cresterío, siempre superior a los tres mil metros.

el Long, sobre el lago Tourrat
Es factible acampar en una zona acotada junto al lago, también represado, de Orédon. Probablemente, bien entrado julio, nuestro piolet viajará inútil en la mochila, salvo que utilizemos la vía normal, la cual puede exigir crampones; sin embargo, resulta un tanto temerario prescindir de estas herramientas. Y conviene evitar fines de semana o épocas de gran afluencia pues la carretera de acceso a la Reserva Natural de Néouvielle registra con frecuencia importantes problemas de tránsito, especialmente en sus catorce últimos y sinuosos kilómetros.

sábado, 23 de febrero de 2013

Encadenar tresmiles.

Cada época imprime su propio carácter a la generación que la define: cuando antaño pocos soñaban con hacer más de una cima por excursión, constituyen legión quienes hoy saltan de risco en risco para acumular en la mochila cuantos más trofeos mejor, siempre —por supuesto—, que en ellos figure inscrita una cifra mítica: tres mil metros. Parece tan curioso como contradictorio que todos los defensores del límite de los tres mil (sea de forma aislada o en cadena) citen, como excusa previa a una argumentación en la que se sacrificará calidad por cantidad, algunos nombres de prestigio entre los que nunca falta el Midi... Pero resulta difícil criticar una moda, hábito o costumbre, simplemente porque no nos gusta; aún peor si somos susceptibles de caer en ella e, incluso, potencialmente reincidentes (ánimo y salud eterna para ello). En todo caso, la frontera de los tres mil marca una nítida divisoria en los objetivos pirenaicos, pero, afortunadamente, es posible señalar al menos dos casos en los que calidad y cantidad caminan unidas: hermosas travesías de crestas, con alguna mínima dificultad y regreso por diferente ruta de la utilizada en el ascenso, donde la travesía en sí misma constituye un objetivo de primer orden, independientemente del número de cimas a las que se asciende. La primera opción consiste en la circunvalación del circo cimero del Vignemale (desde el Petit al Monferrat); la segunda atraviesa el macizo de la Munia.

la cresta que proviene del Petit Vignemale

El Vignemale supone una cima de acceso prolongado y fastidioso por el valle del Ara. Hace años subí, desde Bujaruelo, por la gran canal de Cerbillona; pero esta excursión es poco recomendable y excluye el recorrido de las cumbres. Sin embargo, desde el valle d´Ossoue resulta francamente accesible. Podemos aproximarnos al embalse mediante una estrecha y sinuosa carreterilla que deviene pista en buen estado hasta su tramo final más empinado. Si nos preocupa la salud de nuestro vehículo, es siempre aconsejable recorrer al menos un kilómetro sobre piso irregular para eludir potenciales desprendimientos de piedras cuando la tierra releva a la calzada asfaltada, tras una angosta garganta. Un marcado sendero nos trasladará con rapidez desde el lugar elegido para aparcar o desde el embalse d´Ossoue (1.834 m.) hasta la cima del Petit Vignemale. En la ruta visitaremos las grutas Bellevue (2.378 m.) que Russell mandó excavar y podremos completar nuestra reserva de agua con garantías en el refugio de Bayssellance (2.651 m.), lo que permite una aproximación con menor peso. 

Pitón Carré y Pointe Chausenque 

Desde el Petit Vignemale nos espera un estimulante descenso al col des Glaciers, a través de una bellísima cresta cuya descripición detallada induce a preocuparnos por una dificultad mayor que la real. Nunca excede del IIIº grado sobre roca segura, y el famoso descenso por la chimenea es evidente, salvo que nuestro exceso de entusiasmo nos invite a destrepar directamente una corta placa un poco más difícil: los problemas sólo pueden derivar de las malas condiciones de la roca (probablemente muy fría al alba). Proseguiremos desde el collado, apenas sin utilizar las manos: la Pique Longue nos aguarda próxima, apenas un poco más allá de la Pointe Chausenque. Pero despreciaremos urgencias inadmisibles, pues sería imperdonable ignorar el espléndido espectáculo que la Naturaleza nos brinda a uno y otro lado: especialmente notable —e impresionante— es la contemplación de la salida del Couloir de Gaube, que observaremos desde un balcón de primera categoría, la cima del Pitón Carré, mientras la luz se desborda a nuestra izquierda en el glaciar d´Ossoue y, a la derecha, los séracs del glaciar de Oulettes se difuminan en las sombras proyectadas por la muralla. 

salida couloir de Gaube
Petit Vignemale
cresta Petit-Chausenque

Así llegaremos un poco después al punto culminante del macizo, oportunidad para un breve reposo y ocasión, también, de contemplar el tránsito de numerosas caravanas que ascienden por la vía normal, bombardeándose unas a otras con numerosas piedrecillas sueltas, presentes con prodigalidad en el descompuesto muro final. Nuestra ruta nos permitirá eludirlo en el descenso, así como las insidiosas grietas, más o menos enmascaradas, que todavía pueden encontrarse en el glaciar d´Ossoue. La continuación a través del Clot de la Hount, a despecho de algunos fáciles pasos, es muy rápida (en presencia de hielo, al principio de la temporada, podría resultar algo más compleja en un determinado punto). Muy pronto pisaremos el collado en el que muere la gran canal y afrontaremos (siempre andando) las cumbres de Cerbillona y Central, para alcanzar sin problemas el Monferrat, algo más altos pero con escaso retraso sobre las cordadas —a veces imprudentemente desencordadas— que descienden por el glaciar... Es aconsejable interrumpir aquí nuestro paseo, que también podríamos prolongar hasta el Tapou y Millieu a condición de superar unos tramos muy descompuestos. El descenso del espolón oriental del Monferrat es sencillo, aunque nos obligará a usar las manos de vez en cuando. Regresaremos al coche tras una excursión que nunca debería superar las doce horas y podría acortarse bastante (mi ritmo, tan constante como parsimonioso, exigió diez horas efectivas desde el embalse), hasta completar uno de los más bellos recorridos que nos brinda la cadena. 

comienzo de la travesía de la Munia bajo el Gerbats

Ascender a la Munia y regresar por el mismo camino nos condena a una monotonía de la que podemos escapar mediante una hermosa travesía partiendo del aparcamiento del circo de Troumouse —vecino al de Gavarnie y accesible desde la población de Gèdre—. Desde aquí, una travesía en el flanco del Gerbats nos conducirá a la cresta, dejando a nuestra derecha los abismos que nos separan del fondo del Circo: será preciso atravesar un terreno, sin dificultad aunque muy expuesto, en el que hierba y roca pueden estar tapizadas de escarcha (al menos, ese fue mi caso); de poco sirve encordarnos, pero sí es aconsejable fijar la vía de descenso en el otro extremos del macizo y tomar referencias para localizarla incluso con mala visibilidad.

la Munia desde Troumouse

El recorrido —Petit Pic Blanc, Heid, Troumouse, Serre Mourène, Petite Munia y Munia— se efectúa andando, con la única excepción de un corto paso de III, y escasos metros de fácil trepar a continuación. Tampoco el descenso ofrece inicialmente problemas de relevancia, y probablemente no identificaremos el conocido “Paso del Gato”. Sin embargo, podría resultar complicado encontrar el único punto débil que ofrecen las verticales paredes: desde el collado de la Munia rodearemos el glaciar por su margen derecho. Ya en el borde superior de los escarpes, una vaga canal orientada al Este desciende paralela a la muralla hasta un cono de nieve, amplio y perpendicular al corredor. Algunas guías señalan como alternativa la utilización de un empinado pasillo que desciende directamente desde una pequeña olla intermedia, próxima a un espolón que corta la continuidad de las paredes; tanto nuestro buen sentido como las referencias tomadas en el inicio de la excursión nos aconsejarán la mejor opción. 

desde Serre Mourene hasta la Munia

Podría tentarnos la travesía en sentido opuesto. Solucionaríamos así el problema de localizar la vía de descenso, pues generalmente la niebla sólo oculta las cumbres, y, además, el riesgo de desprendimientos se reduce mucho al amanecer. Por el contrario, el precio psicológico de un retroceso al término de la jornada nos induciría a cruzar las rampas bajo el Gerbats incluso si allí perdurasen malas condiciones. Otra peculiaridad de esta excursión reside en que es factible regresar para comer en el fondo del valle, a costa de madrugar un poco.

Tanto la travesía del Vignemale como la de la Munia carecen de exigencias técnicas (máximo III+) y están al alcance de cualquiera. No obstante, ambas exigen un compromiso importante que no debería afrontarse con tiempo inseguro o con escaso bagaje de experiencia y sentido de la montaña. Resulta fácil interrumpir el recorrido en el Vignemale, pero es mucho más complicado —en la práctica imposible, salvo el descenso a Pineta por La Larri— hacerlo en la Munia; el rodeo de Serre Mourène por sus flancos es más peligroso (neveros empinados) que la superación de la arista (AD). Resta, por fin, añadir que esta descripción no pretende sustituir a la de una buena guía, sino aportar algunas precisiones fruto de mi experiencia personal en ambas rutas.

domingo, 17 de febrero de 2013

La travesía Peyralún / L´Ouradé

Montañas tan visibles como poco visitadas, las Ferraturas cierran al Norte el Valle de Tena entre el Portalet y el collado de la Soba, junto al Pico de Arriel. En su mitad occidental, la travesía entre las cumbres de Peyralún y L’Ouradé es un interesante ejercicio para quienes aman el terreno de aventura y profesan la filosofía de aceptar cualquier terreno y cualquier ocasión, pero deberían renunciar quienes no posean mucha experiencia y hábito de moverse sobre terrenos muy abruptos y comprometidos. 

el perfil de la cresta
El acceso al pico de Peyralún desde el puerto viejo de Sallent no presenta ningún problema, si bien merece la pena un pequeño desvío hasta la punta de Baldetosta. Superada la antecima del Peyralún, siempre andando, aparece una cresta afilada, de materiales atormentados que se desmoronan con suma facilidad y pueden obligarnos a usar discretamente las manos antes de pisar la cima. Desde allí, se abre una excelente perspectiva de la continuación, donde se concentran los principales obstáculos del recorrido: un doble resalte formidable, tras el cual no parece existir ninguna dificultad especial. Pero todo aquí es engañoso…

Tras descender tranquilamente del Peyralún por una cresta herbosa y dislocada, encontraremos en su punto más bajo una piedrecilla, apenas nada, la cual nos aconsejará un prudente retroceso cuando intentemos destreparla, tal es su insidiosa naturaleza. En el colladito que la precede suele existir alguna baga presta para facilitar el rápel de huída hacia una u otra vertiente. Por desgracia, el rodeo por la vertiente oriental, española, es bastante más largo de lo que aparenta y tiene lugar sobre un terreno francamente desagradable. Del otro lado y probablemente más recomendable, la alternativa francesa también se presenta engorrosa e incómoda: ¡qué remedio: merece la pena echar otra miradita a este minúsculo gendarme! (tiene una curiosa e importante prolongación hacia el Oeste). La roca, por fortuna, y como una gratísima excepción de lo que hemos pisado hasta aquí, es sólida; las presas reducidísimas y escasas, imponen un destrepe breve pero muy delicado (IV).

Un poco más allá, y tras otro corto paseo sobre cresteríos herbosos, llegamos al pie del primer resalte, cuya superación podría ofrecer varios puntos débiles. ¿Para qué complicarnos la vida? La chimenea más próxima, a la derecha, se deja subir bien (II/III-) y ofrece una roca suficientemente sólida, que nos parecerá excepcional en comparación con la soportada hasta aquí. Eso sí, tras su salida, será preciso girar hacia la izquierda y vencer un paso, corto, apenas expuesto (IV+), para dominar un labio extraplomado. Algunos metros, horizontales, también sobre hierba, nos conducen al pie del segundo resalte cuyo aspecto es poco acogedor. Sin embargo, los primeros escarceos por su filo son muy fáciles, de bloque en bloque, con enormes presas. Hacia la mitad, la hierba y pequeñas terrazas de tierra húmeda e inestable, sustituyen a la roca y nos complican la ascensión. La pendiente es muy escarpada y el terreno trasmite una embarazosa sensación de peligrosidad. Será preciso tentar cuidadosamente los vericuetos de esta trampa pérfida y desagradable para encontrar el itinerario que nos permita escapar de ella con mayor seguridad.

 doble resalte previo a la Coroneta
Arriba nos sorprende una pradera sosegada, como una ola mansa y sumisa, en la que uno esperaría encontrar un rebaño pastando apaciblemente. La dócil majada rompe de una forma brusca y sorprendente en todas direcciones, impidiendo la progresión hacia el ya próximo pico de L’Ouradé  Justo sobre la prolongación de la cresta, se abre una estrecha canal que permite el descenso: aunque sólo presenta algún problema en su mitad y sólo durante unos pocos metros, resulta sensato recurrir a la cuerda (rápel de 20 metros).
L´Ouradé
Una sucesión de suaves domos nos conducirán hasta las rocas de L’Ouradé desde donde, mediante una fácil y hermosa travesía cimera, alcanzaremos el pie de una esbelta agujilla desprendida de la pared. La rodearemos y nos desplazaremos unos metros a la derecha para superar una chimenea de dos metros (IV) encima del cual se abre una esplendida fisura vertical de unos cuatro metros. Al parecer, descendiendo unos metros hacia la derecha se alcanza una canal que conduce directamente a la cima sin mayor dificultad. Despreciando la atractiva y difícil fisura, también se puede girar a la izquierda, atravesar el colladito de la aguja y ganar la cima por otra chimenea (IV-) o fisura abierta. 

La prolongación de la travesía hacia el vecino pico de Ferraturas (Garmo Blanco en algunas publicaciones) es complicada y poco evidente, aunque merecería la pena extender el paseo hasta esta cima, cuyo descenso es algo incómodo (es también factible rodear el pico de L’Ouradé por la vertiente francesa, con escasa pérdida de altura). De otra forma, se impone el retorno a nuestro punto de partida, el Portalet, y, por tanto, el descenso, siempre fastidioso. Desde el collado de L’Ouradé hay que bajar por la vertiente española un talud acusado y sembrado de pequeños derrubios, hasta alcanzar los llanos del alto Arrigal y tornar al vehículo por la pista ganadera que nos dejará junto a las casas del Portalet. ¡Atención a esta bajada, que transcurre por un terreno muy empinado, desagradable y peligroso!... Para románticos y con disponibilidad de tiempo, en perfecta armonía con el espíritu de esta travesía, puede recomendarse el descenso por la vertiente francesa, así mismo arduo y complejo, para retornar al Portalet por el Puerto Viejo.