Vías Pirineos de dificultad media, [escalada PD, AD, D (IIº/IVº, máx. Vº)]. Vivencias de montaña. Rincones desconocidos o escasamente divulgados. Y alguna que otra reflexión

jueves, 7 de febrero de 2013

Quijada Pondiellos / Infierno

—¡Esto es un infierno!

La tempestad asedia a Henry Russell, una de esas tormentas a las que está tan acostumbrado, que casi desea, mientras siente cómo las fuerzas de la naturaleza lo envuelven transformándolo en un elemento más, fuego, aire, hielo, en una armonía tan hermosa como terrible... El Conde, poeta y padre del pireneismo más romántico, bautizó* de este modo a esa inmensa mandíbula que se cierne sobre los ibones helados de Pondiellos y los Azules. El nombre ha perdurado y pocos conocen hoy a estas cimas con otro nombre que el de Picos del Infierno, pero es fácil perdonar a Russell tal desatino, siquiera sea por el amor que siempre mostró hacia nuestros Pirineos. *(No está clara la atribución a Russell de este bautizo)

La travesía circular a la Quijada de Pondiellos es uno de los más hermosos periplos, un encuentro con la alta montaña que labrará en nuestra memoria recuerdos imperecederos. Excursión muy dura, nueve o diez horas de marcha efectiva, y exigente, pues requiere sólida experiencia y material adecuado si aún persiste la nieve en las cotas altas.

Es casi de noche. Las primeras luces iluminan las crestas por encima de las Argualas; abajo queda el Balneario sumido aún en la oscuridad: sólo hace unos minutos hemos ascendido una amplia escalinata, junto al Hotel Mediodía, en cuyo rellano superior se abre un camino bien marcado que conduce a la Fuente del Estómago y a los ibones de Brazato. Es una pista generosa, con algunos bancos escondidos entre la fronda; tras las primeras revueltas, nace, a la izquierda, una nueva vereda casi horizontal y de piso atormentado, que nos conducirá en un instante junto a un muro para la contención de aludes. Hemos de cruzar, justo por encima, al otro lado del torrente hasta reencontrar el camino que se introduce decididamente en el barranco de Bachimaña. Una señal nos advierte pronto de la proximidad de un mirador sobre la cascada del Pino (Salto dero Pino): merece la pena tomar un respiro prematuro para admirar la caída del torrente que se desploma bravío hacia las praderas de los baños.

Prosigamos; inmediatamente, cruzaremos el río por un puentecillo de piedra y nos uniremos a otro camino que viene directamente de la Casa de Piedra, en el Balneario. Seguiremos ascendiendo, próximos al cauce del barranco, rodeados por un marco fascinante que agua y hielo han tallado en el granito. Las cascadas se suceden entre bloques ciclópeos sobre los que la erosión ha dibujado una curiosa labor de encaje; el pino negro pugna por la supervivencia en este mundo de piedra que, tras cernirse como una bóveda inconclusa sobre nuestras cabezas, se abre de repente en una dulce pradera. Es O Bozuelo, punto estratégico en el que será fácil encontrar algunas tiendas en cuyo interior se remueven algunos montañeros aún somnolientos. Un estrecho sendero confluye en el llano por la derecha: también sube desde el Balneario, como un alcorce quizá más cómodo pero poco elocuente.

Ibón Azul y Quijada de Pondiellos
Bachimaña y O Peñón




















El camino continúa, siempre por la margen derecha del Caldarés, remonta un enorme risco anclado sobre la garganta y desciende al otro lado unos metros; después se dirige sin titubeos hacia el fondo del gran anfiteatro que reprime al circo lacustre de Bachimaña. Habremos de superar su fuerte desnivel por la izquierda, junto al Salto dero Flaire: olvidaremos prisas... y pausas. Apenas hora y media ha transcurrido desde nuestra partida y dominamos ya el ibón bajo de Bachimaña; un poco más y nos detendremos para admirar la espléndida vista panorámica que rodea al ibón principal: Hacia Oriente, agazapadas entre gigantescos domos, desnudos ya de vegetación, se alzan la pared Oeste de O Peñón y la Peña de Xuans; enfrente, un vallecillo tributario de Bachimaña que alberga a los ibones de Gramatuero, sobre cuyo lago inferior se alza el Pico de Patarniello (Peterneille). Al Norte, una gran cúpula tapizada de prados nos esconde los lagos de Pecico y la impresionante cara Sur de la Gran Facha, erguida sobre el vecino Puerto de Marcadau. Más a la izquierda, Punta Zarre se revela majestuosa y, aunque reserva celosa sus mejores perspectivas, guiará nuestros pasos como la estrella de Belén mientras rodeamos el Gran Bachimaña.

En la cola del ibón, el camino, apenas marcado, gira descaradamente hacia el Oeste: en la bifurcación, la rama principal trepa hacia los lagos Azules y hacia el collado de Tebarrai, que nos seduce ilusoriamente próximo. Falta más de lo que parece, pero nuestra ya larga excursión estará constantemente amenizada por sugestivas imágenes: el ibón Azul Baxo, encantador, el Alto, en el que acaso aún persistan grandes témpanos y en el que se refleja, con toda su grandiosidad, la cumbre tricéfala de la Quijada de Pondiellos. Más tarde llegará una visión fugaz del glaciar, todavía surcado por algunas grietas; una reliquia de hielo que se debate con agonía negándose a desaparecer. 

la Quijada de Pondiellos desde Punta Zarre

El Collado de Tebarrai es la puerta mágica que nos abre al mundo de la alta montaña. Si hasta aquí hemos llegado sin más bagaje que nuestro entusiasmo, necesitaremos a partir de ahora toda la prudencia y la experiencia de curtidos montañeros. El ibón de Tebarrai yace dormido a nuestros pies, como un gran pozo cubierto de aguas negras y misteriosas, prestas a engullir la vana prepotencia de los humanos enfermos de necedad y soberbia. Pero si nuestros pies se cobijan en buenas botas, la mano sujeta con firmeza un piolet y la confianza justificada anida en nuestra mente, emprenderemos una juiciosa subida en diagonal, bajo la atenta mirada del Garmo Blanco, al que rodearemos hasta alcanzar la cresta cimera de la Quijada de Pondiellos. Atrás y a la derecha ha quedado el pico de Piedrafita; junto a él, se adivina el descenso hacia la cuenca de Respomuso. A nuestra izquierda, se extienden algunos gendarmes de la arista entre el Garmo Blanco y el Pico Occidental de l’Infierno (3.073 metros): si no deseamos emplear las manos, conviene evitar la línea de la cresta antes de alcanzar el filo casi horizontal que une esta primera punta con la del Pico Central (3.082 metros).

La cumbre. Por fin. A nuestra derecha se hunde una placa de roca clara, As Marmoleras, dominando la depresión de los ibones de Pondiellos y, de la otra vertiente, el glaciar nos brinda su faz brillante abrazado por un collar de rocas. Un poco más allá, el Pico Oriental (3.076 metros) se dejará vencer en pocos minutos más, una insignificancia, comparada con las cinco o seis horas que nos habrá costado llegar hasta aquí. 

Aguja de Pondiellos, Garmo Negro, Algas

Afrontaremos el descenso en dirección al collado de Pondiellos, entre el pico del mismo nombre y el de Garmo Negro, señor de las Argualas. Podemos descender hacia ese paso directamente por la vertiente Sur de la cima central, entre el corredor y la arista. La pendiente se acrecienta y turba nuestro ánimo, pero apenas será preciso recurrir a las manos; por el contrario, es preciso vigilar el asiento de nuestros pies sobre numerosos cascotes sueltos, que pueden desprenderse y dañar a nuestros compañeros. Se alcanza rápidamente el collado y, con él, una majestuosa visión del entorno del Balneario. Hemos de perder altura por la izquierda del barranco, orientados por algunos hitos de piedra, hasta salvar algunos cortados que defienden el acceso a la Mallata Alta deras Argualas. Muy pronto hallaremos trazas de sendero y, enseguida, los primeros árboles que crecen entre arroyos risueños y briosas cascadas por encima del ibón de los Baños, al que retornaremos tras una inmensa jornada, uno de esos días cuyo recuerdo nos acompañará toda nuestra vida.

Publicado en revista Aragón, número 356, diciembre 2003