Vías Pirineos de dificultad media, [escalada PD, AD, D (IIº/IVº, máx. Vº)]. Vivencias de montaña. Rincones desconocidos o escasamente divulgados. Y alguna que otra reflexión

viernes, 1 de febrero de 2013

En solitario

Érase una vez un joven montañero, enamorado de la elegante línea que una arista dibujaba elevándose, nítida, hasta arañar el cielo. Tentación permanente; frío, tormenta, niebla y, en los amaneceres radiantes, él se encontraba lejos. Por fin, un día, todo invitó a la ascensión. Pero estaba solo. Entre el desaliento y la euforia, venció sus temores y poco a poco se encaramó sobre los ciclópeos bloques que emergían del hielo desafiando su entusiasmo. Coronó la cima...

La leyenda no cuenta cómo se las arregló para bajar. Pero ¿quién lo duda? había roto sus límites y, tras saborear las mieles del triunfo, un insospechado horizonte se abría esperanzador ante sus ojos. Por desgracia, abajo en el valle, olvidó también la compañía de alguien con quien compartir esas sensaciones, tan importantes en nuestra vida como para estimular la realización de una actividad que suele definirse por su riesgo.

Escalar en solitario puede ser una vocación. A menudo, es una necesidad impuesta por la carencia de compañeros unida al deseo imperioso de hacer montaña; en otras ocasiones, constituye la fórmula menos indeseable para escapar de una situación límite y buscar un socorro del que depende la vida de quienes nos acompañaban. Pero, cuando menos, es imprescindible saber por qué estamos allí... solos. Y asumir nuestras propias limitaciones.

Para solitarios reincidentes: Aspe, arista de los murciélagos. Midí, travesía de las cuatro puntas. Balaitus, cresta de Costerillou... vías que (todo es relativo) casi pueden realizarse sin cuerda, pero a las que sería temerario atacar desnudos de material, tanto por las condiciones variables que impone la alta montaña como por la dificultad de ciertas zonas. ¿Por qué renunciar?

Parece aconsejable el conocimiento de algunas técnicas para asegurar –siquiera pasos aislados– de una ruta difícil. Desde hace bastantes años he utilizado una amplia diversidad de métodos de autoaseguración y asimilado una experiencia que me gustaría trasladar a quienes, por una u otra razón, puedan beneficiarse de ella.

Pero, sean cuales sean nuestros trucos y recursos, nadie nos librará de bajar a recoger el material y en todo momento habremos de proceder con un orden y vigilancia extremados. Nada puede dejarse al azar. A pesar de ello, se pondrá a prueba nuestra capacidad de previsión e improvisación. El imprescindible nudo final en el cabo libre de la cuerda (para retener la caída en caso de fallo del freno) sugiere atasco y mucho más aún lo hace el bucle pendiente, si aquel lo encordamos al arnés. Tampoco sirve de mucho llevar la cuerda sobrante recogida en la mochila (hábito recomendable durante los tramos no asegurados) y nos desesperará la instalación de reuniones fiables (salvo que nuestro ángel de la guarda excave previamente sólidos puentes de roca). Para que el peso de la cuerda no la arrastre a través del freno, deberemos sujetarla de vez en cuando con gomas elásticas a los mosquetones de seguro... Hay más, pero no pretendo aburrir. Tan sólo recordar todavía un mal trago: los problemas pueden surgir precisamente en un delicado paso de adherencia. Esas cosas pasan...

Semejante relación de inconvenientes –realmente inconclusa– no desanimará a quienes hace tiempo tomaron ya una decisión irrevocable. Pero queda lejos de mi intención hacer apología de una actividad potencialmente arriesgada y siempre laboriosa.

Yo he sobrevivido. Tal vez he tenido suerte. Pero, aunque pueda parecer sorprendente, la dosis de peligro ha sido siempre reducida.

Así que, en mis primeros pasos en la escalada de cierta dificultad (para mí, todo lo que exceda de Vº grado es, sencillamente, inaccesible), me armé de un cordino de siete milímetros para escapar de una ruta o descender de un paso quizá superable pero complicado de destrepar. Ante todo, se trataba de una medida elemental de prudencia.

Presto a cargar con una cuerda y un arnés... ¿por qué no utilizar ese material para progresar? Pervertida la prudencia inicial, un poco de imaginación y diversos artilugios, más o menos afortunados y siempre dudosos, fueron alimentando sucesivamente la Gran Máquina de Reciclar. En cambio, yo no fui reciclado, porque como los viejos montañeros, permanezco fiel a la máxima de que el primero nunca debe caerse –y, el solitario, menos aún–. Por cierto, entre los chismes probados figuraba un shunt, el cuál –eso creía yo, iluso de mí– debía comportarse dinámicamente en cuanto la fuerza generada por un vuelo superase su capacidad de retención estática. Un ensayo de caída simulada con un vehículo rodando muy lentamente bastó para destrozarlo en el primer intento (fue suficiente una fuerza muy reducida que dejó indemne una vieja cuerda). Conclusión: cualquier aparato (con especial mención de los bloqueadores para ascenso por cuerda fija) usado para distintas finalidades de las recomendadas y probadas por el fabricante, implica un suicidio anunciado.

Entre toda clase de artefactos sin olvidar diversas combinaciones de ochos y chapas de freno, el catálogo podría incluir otras candidaturas como el famoso gri-grí, cuya palanca de desbloqueo puede oprimirse involuntariamente y que, además, tiene un marcado carácter estático, lo que supone una fuerte sobrecarga para los elementos de la cadena de aseguramiento. Idéntico problema presentan otros accesorios más específicos para la escalada en solitario como el soloist y el soloaid.

Sin embargo –por su sencillez y eficacia–, es recomendable para emergencias el método más simple, los nudos autobloqueantes, a pesar de su caprichoso comportamiento (pueden cerrarse estáticamente o deslizar mucho, con riesgo de fusión al transformarse la energía de la retención en calor).

De todas formas, ninguna de las soluciones reseñadas ha superado la prueba capital (no, no se trata de una caída importante): realizar seguidamente el mismo largo sin material ni cuerda. Es fácil comprobar cómo nos sentimos mucho más libres... e, incluso, seguros. Si el sistema al que encomendamos la misión de eludir las nefastas consecuencias de un accidente, resulta tan engorroso como para provocarlo... pocas razones subsisten para persistir en su utilización.

El sistema ideal de autodetención ha de ser simple y bidireccional, ha de permitir la alternancia ascenso/descenso (tanto destrepar como rapelar) sin necesidad de cambiar nada ni desencordarnos. Deberá retener dinámicamente la caída (con una fuerza de frenado variable en función de las circunstancias) y, durante el ascenso, no entorpecer los movimientos... ¿por causalidad he descrito la actuación de un experto compañero de cordada?

Continuo persiguiendo una quimera, pero, mientras tanto, he encontrado en el ABS una solución razonablemente válida. El deslizamiento del sistema se consigue gracias a un anillo elástico (léase vulgar goma de oficina) y el ABS ha de colgar con la máxima libertad. Como mosquetón utilizo un maillón (los de seguridad parecen insuficientes) encordado al arnés con la suficiente holgura para no perjudicar su movilidad, pero ni el maillón es fácil de colocar ni todos los modelos sirven; la cuerda es simple de 10’5 milímetros y es preciso contar con una cuerda auxiliar para recuperar el rapel (basta con un cordino muy delgado). El funcionamiento del ABS es poco intuitivo y exige familiarización previa; podría surgir algún problema por ser el ABS el que se deslice por la cuerda en lugar de esta por el ABS...

Diciembre 1998.